ace unas cuantas semanas comenzó la especulación acerca de cuáles
podrían ser las novelas de la crisis financiera. ¿Dónde estaba el F. Scott
Fitzgerald, el John Steinbeck, el Martin Amis de 2008, el novelista que
pudiera hablar a esta era económica locamente caótica? En el momento justo,
la semana pasada, Aravind Adiga ganó el Premio Booker con The White Tiger.
Los críticos se han mostrado desdeñosos, refiriéndose a él con perceptible
altivez como antiguo periodista (fue corresponsal económico de la revista
Time en Asia). Pero ganó precisamente por haber estado en primera fila
en los años de auge de la globalización; ganó porque, pese a las posibles
limitaciones de la novela, su libro entierra el mito de una benéfica
hegemonía norteamericana que ha "sacado" a millones de la pobreza en Asia.
En lugar de eso, lo que retrata es espantoso: un mundo en el que miles de
millones viven en lo que el personaje principal describe como "Obscuridad",
la abyecta pobreza arraigada en las franjas de la India rural y las
barriadas de infravivienda. Mientras tanto, una élite que se desliza sobre
una ola de consumismo y crédito barato se zafa por completo de la mayoría
del país. Es este el país en el que se enriquecen los millonarios
informáticos de Bangalore al tiempo que se produce una crisis agraria
caracterizada por un extraordinario fenómeno, la protesta silenciosa de los
18.000 campesinos endeudados que se suicidan cada año, 200.000 en los
últimos 12 años.
Del mismo modo que Steinbeck removió la conciencia de Norteamérica con
sus novelas sobre el "dust bowl" (la polvorienta cuenca de Oklahoma) y la
Gran Depresión, y Charles Dickens desafió la complacencia de la Gran Bretaña
victoriana, así también Adiga se lee como una crítica devastadora de un
sístema económico que sólo puede describirse como grotesco. El economista
indio Jayati Ghosh apunta que Mumbai es la segunda ciudad del mundo en la
que se venden más Mercedes, pero más de la mitad de la India vive en la
pobreza sin tener suficiente para comer.
Lo relevante del premio de Adiga estriba en que la India ha hecho las
veces de ejemplo ilustrativo de las últimas décadas de globalización; Bono
me dijo una vez que soñaba con que el África subsahariana encontrase una
forma de emular el éxito de la India. Pero su modelo de crecimiento
importado de los EE.UU. se basaba en el consumismo impulsado por el crédito
para una quinta parte de la población mientras se reducía la inversión del
Estado en salud, educación, agricultura, infraestructuras, componentes
cruciales del desarrollo sostenible. La novela de Adiga es una potente
andanada en la crisis de legitimidad que atenaza la dominación occidental de
la economía global.
Europa y los Estados Unidos han pasado el fin de semana hablando de la
reforma del capitalismo global y de un Bretton Woods II, pero necesitan
empezar por disculparse poniéndose de hinojos. En las últimas décadas, han
utilizado su poder a través del FMI para redactar las reglas e imponerlas en
todo el mundo por medio de una implacable manipulación e
> intimidación. Bélgica, Luxemburgo y Holanda tienen más votos en el FMI en
conjunto que China, India y Brasil.
En el mes pasado, los EE.UU. han quedado humillados por el catastrófico
fracaso de sus propias reglas, y se han visto forzados a dejarlas hechas
trizas. El doble rasero de los interese occidentales ha quedado crudamente
al descubierto: su rescate financiero es exactamente lo que se ha negado
repetidamente a permitir que hicieran otros países en crisis semejantes.
Quienes tendrán que pagar el precio más gravoso de la temeridad del
capitalismo financiero desregulado están entre aquellos que han sido los
menos responsables, como señaló airadamente el presidente Lula de Brasil.
Las ondas de choque de la crisis bancaria occidental harán naufragar a
países más vulnerables. En los países en desarrollo, la gente no dispone de
los recursos -servicios sociales, ahorros, seguros- que les permiten salir
del apuro. Por el contrario, sufren el hambre, se quedan sin hogar y se
mueren. En toda África y Asia, hay países que se preparan para recibir
múltiples sacudidas, ya con la amenaza de que disminuya la ayuda y se
reduzcan los envíos que mantienen a flote sus economías. En el Reino Unido,
el ministro de inmigración Phil Woolas empieza a dar señales de una línea
más dura en inmigración. El temor a una recesión global tirando hacia abajo
de los precios de las mercancías y reducirá la demanda de productos de lujo
como flores, productos vegetales y vacaciones en lugares cálidos. Aumentará
la ira de los países en desarrollo. Nuestra preocupación por nuestros
empleos y pensiones palidecerá en comparación con el desplome de los miles
de millones que no podrán alimentar o educar a sus hijos.
El modelo occidental de financiarización neoliberal lo impulsaba el
propio interés, según sostiene Ha-Joon Chang, economista de Cambridge.
Occidente no podía competir en costes de fabricación (sus costes laborales
son demasiado elevados), de modo que se centró en los mercados financieros y
utilizó el modo más sencillo de hacer dinero: ofrecer crédito, no para
inversiones productivas (fábricas, empresas) sino para los consumidores,
utilizando sus viviendas como aval. Las tarjetas de crédito y los pequeños
créditos son particularmente lucrativos. De modo que Occidente presionó para
que mediante la Organización Mundial de Comercio y el FMI estos países
abrieran su sector financiero. Entraron los bancos occidentales y las
empresas publicitarias y el resultado ha sido una explosión del consumo a
crédito. Con ello puede enriquecerse alguna gente, pero eso no significa,
por definición, desarrollo.
Chang, de origen surcoreano, vio esta intimidación gráficamente ilustrada
por la crisis financiera de 1997-98. No sólo impidieron los EE.UU. y el FMI
que los países asiáticos pusieran en práctica un rescate financiero por
parte del Estado, sino que aprovecharon la desesperada situación para forzar
a Corea del Sur y otras naciones de Asia a adoptar una mayor desregulación
financiera. La inversión productiva en Corea del Sur se ha reducido a la
mitad desde entonces y el crédito se ha disparado. Ahora el país se
encuentra en la lista de situaciones críticas de los economistas mientras se
desploma su sistema de valores. Irónicamente, sólo aquellos países
suficientemente afortunados para haber esquivado la intimidación del FMI se
encuentran relativamente seguros en el actual vértigo: los grupos de la
izquierda política india cerraron filas para proteger su sector bancario de
la peor desregulación.
Para la mayoría de los países en desarrollo, la moraleja de la crisis
asiática de 1997-98 fue que el propósito primordial de la gestión financiera
estribaba en garantizar suficientes reservas de capital para evitar volver a
ser vulnerable a los matones del FMI con sus trajes de raya diplomática.
India, Corea, China: todos tienen inmensas reservas exteriores, a menudo en
bonos del Tesoro norteamericano. Es la forma más segura de garantía en una
economía global en la que los flujos de intercambio internacionales son tan
ingentes que pueden destruir una divisa en cuestión de horas. Pero para un
país en desarrollo, vincular la mayor parte de su capital al exterior
resulta caro hasta la ruina; este capital debería invertirse en el propio
desarrollo del país, en carreteras, por ejemplo, y en escuelas que produzcan
ingenieros,científicos y técnicos informáticos.
Una vez más, ¿quién se beneficia de este absurdo del sistema financiero
global? Occidente, y en particular los Estados Unidos, cuyo déficit por
cuenta corriente lo financian los sacrificios futuros de millones de
asiáticos. La tesis de Chang en su libro Bad Samaritans - Guilty Secrets
of Rich Nations and the Threat to Global Prosperity, es que Occidente ha
echado a un lado la escalera que le permitió alcanzar la prosperidad. Niega
a los países en desarrollo la protección y la inversión en industrias que
resultaban esenciales para su propio desarrollo.
Lo más descarnado de este análisis muestra que Occidente tenía sus
intereses creados en mantener los niveles salariales bajos en los países en
desarrollo mientras hacía dinero ofreciendo crédito barato. Le bastaba con
enrolar a una élite colaboradora en cada país que pusiera en práctica dicho
acuerdo, lo que no iba, claramente, en interés del grueso de la población.
La globalización neoliberal era un sistema que garantizaba que los ricos se
hicieran más ricos y los pobres más pobres.