a Casa Blanca de Bush conocía – pero lo ocultó al público
estadounidense – hechos respecto a la provocación por fuerzas georgianas
entrenadas por EE.UU., que mataron a civiles en la capital de Osetia del Sur
antes de que tropas rusas cruzaran la frontera. La provocación también ha sido
documentada en un informe investigativo de la BBC y por un creciente consenso
de otras fuentes fiables.
No es una sorpresa, pero recuerda lo ansiosos que están algunos por que
haya una nueva Guerra Fría y cuán indiferentes se muestran ante la realidad de
la situación. Los halcones belicistas profesionales son influyentes en ambos
políticos, lo que fue evidenciado por la reacción visceral de ambos
candidatos, que afirmaron que los rusos habían lanzado un ataque totalmente
no-provocado.
El senador John McCain, cuyo máximo asesor de política exterior fue un
cabildero pagado por Georgia, se mostró extremadamente ansioso de enfrentar a
los rusos, mientras que el senador Barack Obama fue algo más cauteloso. Pero
tan recientemente como en su infomercial del 29 de octubre, Obama prometió
“poner fin a la agresión rusa,” lo que difícilmente sugiere el cambio que
necesitamos respecto a la beligerancia unilateral de la política exterior de
Bush.
El resultado de esa política ha sido el aumento del alejamiento del
principal país cuya cooperación es totalmente indispensable en el esfuerzo por
controlar la propagación de armas nucleares, ya que Rusia posee
aproximadamente la mitad del arsenal nuclear del mundo y los medios
expeditivos para construir más armas nucleares. Pero, en lugar de presentar un
frente común contra la proliferación nuclear, e incluso antes del alboroto
georgiano, el gobierno de Bush insistió en colocar misiles en las fronteras de
Rusia rompiendo un acuerdo con Putin, que el presidente George W. Bush había
aceptado previamente.
La mejora de las relaciones con Rusia es crítica para el cambio hacia un
mundo más pacífico que Obama ha prometido, pero es extremadamente inquietante
que algunos de sus asesores más cercanos sean halcones inveterados con un
historial de innecesaria provocación de tensión con los rusos en los días de
la Guerra Fría. De importancia crucial entre ellos es Zbigniew Brzezinski,
quien, como consejero de seguridad nacional del presidente Jimmy Carter,
organizó la participación de EE.UU. al lado de fanáticos islámicos en
Afganistán.
Desde luego, la historia oficial en esos días fue que los soviéticos habían
invadido Afganistán para apoyar a su aliado, que daba la casualidad era el
poder gobernante en Kabul, contra fanáticos rebeldes muyahidín, a quienes el
presidente Ronald Reagan adoptó luego oficialmente como “combatientes por la
libertad.” Esos combatientes por la libertad fueron unidos por nuestra CIA con
gente como Osama bin Laden y Khalid Sheikh Mohammed, arquitecto de los ataques
del 11-S.
Décadas después salió a la luz la verdad de que los soviéticos invadieron
sólo después de haber sido deliberadamente provocados por los halcones
estadounidenses. Uno de ellos fue Robert Gates, quien trabajó para Brzezinski
en el gobierno Carter y quien es actualmente Secretario de Defensa; se dice
que el presidente electo Obama considera mantener a Gates en ese puesto. Un
comunicado de prensa de 1996 promoviendo las memorias de Gates prometía la
revelación del “apoyo clandestino, nunca antes revelado, de Carter para los
muyahidín afganos – seis meses antes de la invasión de los soviéticos.”
La revelación de Gates llevó a un entrevistador de la publicación francesa
Le Nouvel Observateur, a preguntar a Brzezinski en una entrevista en 1998 si
lamentaba “haber dado armas y asesoría a futuros terroristas,” y
Brzezinski respondió: “¿Lamentar qué? La operación secreta fue una
excelente idea. Tuvo el efecto de atraer a los rusos a la trampa afgana ¿y
quiere que lo lamente?... ¿Qué es más importante para la historia del
mundo?... ¿Unos musulmanes agitados o la liberación de Europa Central y el fin
de la Guerra Fría?”
Eso fue tres años antes de que esos “musulmanes agitados” nos atacaran el
11-S, pero Brzezinski no ha perdido el valor para escalar guerras. Mientras
asesoraba a Obama, dio entrevistas exagerando la “invasión” rusa de Georgia
como ocasión para un nuevo conflicto global, al decir al periodista Nathan
Gardels que la acción de Putin “era ominosamente similar a las de Stalin y
Hitler a fines de los años treinta.”
Ya lo sé, Obama todavía no ha asumido el mando. Voté por él con entusiasmo
en parte porque no parece haber ido más allá de las preocupaciones de la
Guerra Fría. Pero, como cliente, tengo que recelar de esos halcones belicistas
demócratas que andan revoloteando por ahí.