"Las políticas macro, atrapadas en una trampa de liquidez”: tal es el título
de un nuevo informe redactado por Jan Hatzius et al., de Goldman Sachs (no
disponible online) Los chicos de Goldman, como yo, traen a colación cifras
espeluznantes sobre las dimensiones del hiato de demanda que es preciso cubrir:
cifras que sugieren la necesidad de un estímulo fiscal enorme, si lo comparamos
con antecedentes históricos. Su enfoque es distinto del mío, y probablemente
mejor; luego me referiré a eso. Pero antes quiero entrar en un asunto
conceptual.
Es curioso que, precisamente ahora que nos hallamos en una trampa de
liquidez, tengamos a un montón de economistas dispuestos a negar que tal cosa
sea siquiera posible. El argumento parece discurrir así: crear inflación es
fácil: los pájaros lo hacen, las abejas lo hacen, Zimbawe lo hace; de modo que
eso no puede constituir un problema para países competentes como Japón o los
EEUU.
Esa forma de argüir pasa por alto un problema sobre el que algunos tratamos
de llamar la atención en los 90 a propósito de Japón y sobre el que volvemos a
insistir ahora: crear inflación es fácil, si eres un país irresponsable. Puede
no ser fácil, si no lo eres.
Hace una década, cuando traté de explicar los apuros del Japón, me serví de
un modelo sencillo e irrealista para resumir lo que realmente sabemos sobre la
relación entre la oferta monetaria y el nivel de precios. Normalmente, lo que
decimos es que un incremento de la oferta monetaria, manteniéndose iguales las
demás cosas, trae consigo un incremento proporcional igual del nivel de precios:
dobla M, y doblarás el IPC. Pero eso no realmente así. Lo que un modelo con
todos los puntos sobre la íes dice es que el IPC se doblará, si doblas la actual
oferta monetaria y todas las ofertas monetarias futuras esperadas.
¿Y cómo se hace eso? Cualquiera que sea el incremento presente de la oferta
monetaria en el Japón, las expectativas de futuras ofertas monetarias no se
alterarán, si la gente cree que el Banco del Japón tomará medidas para
estabilizar el nivel de precios en cuanto la economía se recupere. Y una vez te
percatas de que posiblemente los bancos centrales no son capaces de alterar las
expectativas de la gente sobre las ofertas monetarias futuras, tienes que
admitir también la posibilidad de que la economía se halle en una trampa de
liquidez: si las tasas de interés se acercan a cero, el dinero impreso ahora
será simplemente guardado, y la política monetaria quedará sin fuerza de
tracción sobre la economía real.
Zimbawe no tendría este problema: la gente cree que todo el dinero que se
imprima entrará en circulación. Pero los países como Japón o los Estados Unidos
imprimen dinero con propósitos políticos, no para pagar sus facturas. Y eso,
perversamente, es lo que los hace vulnerables a la trampa de liquidez. En 1998,
yo sostuve que el Banco del Japón tenía que encontrar un camino que le
permitiera “prometer creíblemente que iba a ser irresponsable”. La cosa no fue
demasiado bien, pero es lo que prescribía un análisis económico sobrio y
escrupuloso.
Todo el asunto de la trampa de liquidez tiene un cariz del tipo de
Alicia-a-través-del-espejo. Virtudes como el ahorro, o como la convicción de que
el banco central está firmemente comprometido con la estabilidad de precios,
transmutan en vicios; para salir de la trampa, un país tiene que aflojarse el
cinturón, persuadir a sus ciudadanos para que se olviden del futuro y convencer
al sector privado de que el gobierno y el banco central no son tan serios y
austeros como parecen.
Muy bien; volvamos al informe de Hatzius et al. En ese informe se destaca el
papel desempeñado por la alteración de los mercados crediticos en precipitarnos
a una trampa de liquidez. Luego pasa a estimar la probabilidad de cambios
parecidos en el “los balances del sector privado” –la diferencia entre el ahorro
del sector privado y la inversión del sector privado—. Y el resultado es
asombroso:
El pronóstico del informe de Goldman Sachs sobre el precio de la vivienda,
combinado con las actuales cotizaciones bursátiles y la actual difusión del
crédito, implica un incremento del balance del sector privado, el cual pasaría
de representar un +1% del PIB en el segundo trimestre de 2008 a representar un
+10% en el cuarto trimestre de 2009: un incremento de 9 puntos porcentuales, o 6
puntos a una tasa anual.
¿Cuál es la respuesta? Un estímulo fiscal gigantesco, a fin de colmar el
agujero. Una actividad prestamista más agresiva por parte de las empresas
patrocinadas públicamente. Tal vez un “precompromiso” firme por parte de la
Reserva Federal para mantener bajos los tipos por un largo período (un versión
educada de mi “promesa creíble de ser irresponsable”). Y, acaso, compras a gran
escala de activos de alto riesgo.
Lo más importante es entender que, en el momentos presente, nos hallamos en
un universo alternativo en el que nada resultaría tan peligroso como la decisión
de los políticos de proceder con cautela.
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(*)
Paul Krugman ganó el premio Nobel de economía de 2008.