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19-Noviembre-08
"¿Por qué se equivocaron tanto los
expertos? En general, se equivocaron porque la teoría económica es una
disciplina científicamente subdesarrollada, desvergonzadamente dominada por la
pura ideología. La escuela imperante de pensamiento económico durante la Gran
Depresión era, y sigue siéndolo a día de hoy, la escuela "neoclásica" o
marginalista. Pero en el mundo "neoclásico" no existen cosas parecidas a las
crisis. No habita en el mundo real en que vivimos, sino en un mundo sin clases
sociales, compuesto de "consumidores" y "productores"; un mundo armonioso,
modelado por lo general con instrumentos procedentes de la física matemática. En
ese mundo no hay historia; no hay pasado, no hay presente, no hay futuro.
Por Sasan Fayazmanesh (*) -
Revista Sin Permiso
Traducción para www.sinpermiso.info: Mínima Estrella
En
ese mundo nunca sucede nada importante, y desde luego ningún acontecimiento
catastrófico. Ese mundo marginalista irreal, insípido y a-histórico debería
haber sido abandonado hace mucho tiempo, particularmente después de la Gran
Depresión. Sin embargo, su apariencia de elegancia matemática, ligada a su
integrista y descarada defensa del capitalismo, o del "libre mercado", según
prefieren sus partidarios, lo ha mantenido con vida."
Una reciente invitación a hablar sobre "la causa o las causas de la actual
crisis financiera", me llevó a meditar sobre otro asunto: la causa o las causas
de la Gran Depresión. Hasta el día de hoy, no hay ningún consenso entre los
economistas en lo tocante a las causas de la grave depresión que duró desde 1920
hasta 1939. ¿Fue el desplome del mercado de valores en 1929 lo que trajo consigo
la Gran Depresión? ¿Fueron el consiguiente pánico bancario y la contracción
monetaria? ¿Fue acaso la reducción del crédito internacional y las políticas
proteccionistas practicadas por los EEUU –como la Ley Smooth-Hawley— lo que
causó la Gran Depresión? ¿O acaso fue causada la "gran contracción", como solía
llamarla Milton Friedman (1), por las medidas de la Reserva Federal, que
permitieron un descenso de la oferta de dinero, en parte para preservar el
patrón oro? Todas esas explicaciones son, ni que decir tiene, ad hoc.
Lo cierto es que los "cerebros" económicos de los años 20, los pretendidos
"expertos", ni lograron pronosticar el desastre venidero, ni, una vez desatado,
consiguieron predecir correctamente su magnitud y su duración. En su libro de
1984, Hablan los expertos: el compendio definitivo de la ignorancia con sello de
autoridad [The Experts Speak: The Definitive Compendium of Authoritative
Misinformation], Christopher Cerf yVictor Navasky mencionan muchas predicciones
y comentarios de "expertos" económicos durante la Gran Depresión. (2) Entre
ellos, los que siguen. El 17 de Octubre de 1929, siete días antes del crac
bursátil del Martes Negro, Irving Fisher, el gurú de la teoría económica
ortodoxa, profesor de economía en la Universidad de Yale, escribía: "Las
acciones han alcanzado lo que se diría es un nivel de cotización permanentemente
alto". Fisher, el "experto económico", no se detuvo aquí. Luego del crac, el 14
de Noviembre de 1929, escribía: "El final del bajón del mercado de valores … no
se hará probablemente esperar, a lo sumo, unos pocos días más". Un año después
del crac, y nueve años antes del fin de la depresión, Fisher todavía se
avilantaba a predecir: "Al menos de cara al futuro, las perspectivas son
brillantes". En 1933, la inversión neta ya era negativa, la producción de bienes
y servicios había caído un tercio, la tasa de desempleo había subido un 24%, los
salarios y los precios monetarios habían caído un tercio, cerca del 40% de todos
los bancos habían colapsado y las acciones habían perdido el 90% de su valor.
Tal era el "brillante" futuro augurado por el eminente profesor de teoría
económica.
Fisher, sin embargo, no fue el único "experto" suministrador de ignorancia con
sello de autoridad. El consejero presidencial y "experto" en mercados de valores
Bernard Baruch hizo la siguiente predicción el 15 de Noviembre de 1929: "La
tormenta financiera amainó definitivamente". Análogamente, el presidente del
Banco Continental de llinois en Chicago, Arthur Reynolds, predijo el 24 de
Octubre de 1929 que "el crac no tendrá mucho efecto en el mundo de los
negocios". Y para no quedarse corto ante esos "expertos", Thomas C. Shotwell
escribió un "Análisis de Wall Street" para el World Almanac de 1929 en el que se
podia leer: "El mercado está siguiendo leyes económicas naturals y no hay razón
para que la propsperidad y el Mercado no continúen durante años a este mismo
nivel, o incluso a un nivel todavía más elevado". Los expertos del gobierno no
se quedaron muy a la zaga. El Departamento estadounidense de Trabajo predijo en
Diciembre de 1929 que el siguiente año sería "un año espléndido para el empleo".
Es verdad que siempre hay quien predice "siete de las dos pasadas recesiones",
como reza el chiste. La Gran Depresión no fue una excepción. El New York Times
del pasado 12 de Octubre de 2008, que reproducía varias de las citas antes
mencionadas, añadía: "Evidentemente, no todo el mundo era tan optimista". De
acuerdo con el NYT, "Roger Babson, un conocido hombre de negocios y editor de
estadísticas económicas y financieras", dio una voz de alerta en un discurso
pronunciado el 5 de Septiembre de 1929 ante una conferencia empresarial: "Hay
más prestatarios y especuladores hoy que nunca en nuestra historia. Tarde o
temprano vendrá un crac, y puede ser terrorífico. Sabiamente proceden los
inversores que salen ahora de deudas y venden". Pero como el propio NYT señala,
un año antes, el mismo Babson había dicho que "la elección de Hoover y un
Congreso con mayoría republicana tendrían que resultar en la continuación de la
prosperidad en 1929".
¿Por qué se equivocaron tanto los expertos? En general, se equivocaron porque la
teoría económica es una disciplina científicamente subdesarrollada,
desvergonzadamente dominada por la pura ideología. La escuela imperante de
pensamiento económico durante la Gran Depresión era, y sigue siéndolo a día de
hoy, la escuela "neoclásica" o marginalista. Pero en el mundo "neoclásico" no
existen cosas parecidas a las crisis. No habita en el mundo real en que vivimos,
sino en un mundo sin clases sociales, compuesto de "consumidores" y
"productores"; un mundo armonioso, modelado por lo general con instrumentos
procedentes de la física matemática. En ese mundo no hay historia; no hay
pasado, no hay presente, no hay futuro. En ese mundo nunca sucede nada
importante, y desde luego ningún acontecimiento catastrófico. Ese mundo
marginalista irreal, insípido y a-histórico debería haber sido abandonado hace
mucho tiempo, particularmente después de la Gran Depresión. Sin embargo, su
apariencia de elegancia matemática, ligada a su integrista y descarada defensa
del capitalismo, o del "libre mercado", según prefieren sus partidarios, lo ha
mantenido con vida. Huelga decir que desde los días de la Gran Depresión la
teoría neoclásica ha sido enmendada aquí y allí con algunas ideas tomadas del
aristócrata británico John Maynard Keynes, ideas que trataban de enriquecer con
ciertas dosis de realidad a una teoría de todo punto irreal. Pero el resultado
de la llamada "síntesis neoclásica" o "neokeynesianismo" no es más que una
amalgama de ideas dispersas, confusas e incoherentes que sirven como pasto a los
estudiantes de teoría económica bajo la rúbrica de "micro" y "macroeconomía".
Esa triste situación no fomenta precisamente el análisis inteligente del pasado
o del presente. Tampoco permite pronosticar el futuro, señaladamente las crisis.
Como observaba críticamente un artículo firmado en 1988 por varios economistas
ortodoxos y publicado en el periódico económico ortodoxo por antonomasia: "Ni
los actuales especialistas en pronósticos, ni los analistas contemporáneos de
series temporales habrían podido predecir las imponentes caídas de producción
que siguieron al crac [de 1929]". (3) En otras palabras, no había nada en la
caja de herramientas de la teoría económica de la época de la Gran Depresión, ni
hay nada en la versión moderna de la teoría económica ortodoxa, que nos permita
entender la naturaleza de los desplomes económicos graves y predecirlos. Sin
embargo, proliferan las explicaciones de las "causas" de las crisis.
Entre otras causas, las estropicios financieros de 2008 han sido atribuidos a
las obligaciones hipotecariamente respaldadas, particularmente a las vinculadas
con hipotecas sub prime; a la burbuja inmobiliaria, que fue a peor por culpa del
préstamo predatorio, temerario en la estimación de riesgos y laxo en los
criterios de concesión; a los instrumentos financieros exóticos o derivados,
supuestamente diseñados por algún niño prodigio de las matemáticas o de la
física en Wall Street, por ejemplo, los créditos de cobertura mutua; a los
acontecimientos del 11 de Septiembre de 2001, la posterior invasión
norteamericana de Irak y la consiguiente subida del precio del petróleo; a la
exuberancia irracional en el mercado de valores, seguida de un mercado bajista;
a la continuada reducción de las tasas de descuento por parte de la Reserva
Federal y a sus tasas directrices en 2001-2003, yerros del presidente de la Fed,
Alan Greenspan, que declaró recientemente sentirse en un "estado de
estupefacción e incredulidad" al descubrir que "el interés propio de las
instituciones de crédito" podía ser compatible con una "desprotección del valor
patrimonial" (4); a la desregulación del sector bancario, particularmente a la
Ley de Modernización de los Servicios Financieros de 1999 o Gramm-Leach-Biley
Act; a los problemas de liquidez en general; a la falta de confianza en el
sistema financiero y el mercado crediticio, etc.,
Aunque cualquiera de esas explicaciones "causales", o alguna combinación de
varias de ellas, podría resultar plausible y merecer una exploración más fondo,
hay que observar que son todas explicaciones dadas luego de los hechos. Ninguno
de los economistas que proliferan hoy en los medios de comunicación explicando
las causas de los estropicios de 2008 fue capaz de predecir la crisis un año o
dos antes. Es verdad que siempre hay un Roger Babson o un Dr. Muerte que predice
siete de las pasadas dos recesiones. Pero entre miles de economistas, las
probabilidades son que uno o dos acierten a pronosticar algo de cuando en
cuando. Sin olvidar, claro está, a quienes desvergonzadamente se avilantaron a
predecir cosas tales como "La Gran Depresión de los años 90". Puede que ganaran
fama y fortuna en 1990, pero ahora las copias usadas de sus libros se venden en
amazon.com por un centavo.
Los pánicos financieros y los desplomes económicos graves no son nada nuevo en
la economía capitalista. La historia del sistema económico, desde al menos la
época de la economía política clásica, muestra que las crisis monetarias y los
"atracones" se repiten con relativa frecuencia. Lo que resulta esperable. Una
economía en la que los bienes se producen no para su uso, sino para sacar
beneficios, está abocada a los excesos y los atracones, entonces y ahora.
Además, en un sistema económico en el que la conducta consumista se considera
una virtud y en el que se acepta como un bien la codicia, es de esperar la
incesante creación de nuevos y exóticos instrumentos financieros que permitan
estafarse unos a otros en Wall Street –como antes en Lombard Street— . También
son de esperar los persistentes e ingeniosos intentos de los prestamistas y de
los industriales para evitar nuevas regulaciones y eludir las existentes.
Además, en una economía en la que el sustento de las masas depende de los
caprichos y los deseos de los capitanes de la industria y de las finanzas, hay
que esperar que se recurra a esas mismas masas para que acudan en "rescate" de
los magnates cuando éstos se hallan en aprietos. Tales medidas, como dijo el
presidente Bush en su discurso económico del 14 de Octubre de 2008, "no están
concebidas para hacerse con el control del libre mercado, sino para
preservarlo". Todo eso es de esperar. Lo que no es de esperar es la capacidad
para predecir exactamente cuándo esta bestia dormida se despertará para dar sus
característicos zarpazos y sacudidas. No disponemos de un edificio teórico que
nos permita pronósticos de ese tipo. Quienes con la mayor confianza proceden a
explicar las causas de las crisis, como quienes, post mortem, explicaban con
certidumbre dignas de mejor causa las causas de la Gran Depresión, son
probablemente quienes menos entienden la naturaleza de la bestia.
En lo que a mí hace, felizmente, la entrevista que tenían que hacerme sobre "la
o las causas de la actual crisis financiera" tuvo que ser aplazada por
"dificultades técnicas". Mis respuestas no habrían sido, con toda probabilidad,
las que el entrevistador esperaba escuchar.
******
NOTAS:
[1] "The Role of Monetary Policy," Milton Friedman, The American
Economic Review, Vol. 58, No. 1 (Marzo, 1968), pp. 1-17. [2] Una
version ampliada y actualizada del libro apareció en 1998. [3] "Forecasting
the Depression: Harvard versus Yale," Kathryn M. Dominguez, Ray
C. Fair and Matthew D. Shapiro, The American Economic Review,
Vol. 78, No. 4 (Septiembre, 1988), pp. 595-612. [4] "Greenspan
Concedes Flaws In Deregulatory Approach," The New York Times, 24
de Octubre, 2008.
(*) Sasan Fayazmanesh es profesor de economía en la Universidad
del Estado de California en Fresno.
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