Obama probó que es un maestro de los juegos de
estrategia, y ser un dirigente eficaz –presidente de la nación, o comandante en
jefe— no tiene sino que ver con la estrategia.
Por
Franklin "Chuck" Spinney
(*) -
Revista Sin
Permiso
La
estrategia de "maternidad y desencaje" o M&M (por las siglas de Motherhood and
Mismatch) fue inventada por un estratega militar norteamericano, el coronel John
R. Boyd. El objetivo básico de una estrategia M&M es construir apoyos a tu causa
y atraer a ella a los indiferentes o no comprometidos por la vía de perfilar una
posición "maternal" –es decir, una posición verdaderamente inobjetable, como la
mítica "maternidad, tarta de manzana y estilo americano de vida"—, para luego
invitar a tu enemigo a atacarla repetidamente de forma tal, que él mismo se haga
trizas en los niveles mental y, aún más decisivo, moral del conflicto. Lo que
inevitablemente seguirá es la autodestrucción del enemigo, si consigues
inducirle a atacar tu posición de maternidad de forma tal, que quede al
descubierto el desencaje existente entre los tres polos de su triángulo moral,
definidos por: 1) lo que tu enemigo dice ser; 2) lo que realmente es, conforme a
sus acciones; y 3) el mundo con el que él tiene que lidiar. Conscientemente o
no, yo creo que Obama tiene un sentido intuitivo de la concepción
estratégico-moral inherente en la estrategia M&M, lo que le ha permitido
deshacerse de McCain y desbaratar la campaña de éste, arrastrándolo al abismo
del colapso mental y moral. Que Obama lograra hacer lo propio con Hilary Clinton,
tal vez sugiere que no se trata de una casualidad.
La clave para llevar a cabo con éxito una estrategia M&M pasa por construir,
primero, una posición de maternidad y, luego, convertirla en una fortaleza
moral. Esto es más fácil de decir que de hacer, porque implica ser capaz de
definir tu causa de una manera no trivial en términos evidentes y positivos,
para luego modelar el ambiente y definirte a ti mismo de un modo tal, que
siempre salga reforzada la posición de maternidad. El señor Obama se definió al
comienzo a sí mismo como un unificador y un agente del cambio para un país
dividido en el que una clara mayoría de la población creía que su nación se
hallaba en un camino equivocado de futuro. ¿Quién podría objetar algo a esa
definición? Es obvio que se trata de una nave vacía, pero es pura maternidad, y
funciona como un ensalmo, si puedes manipular a tu enemigo para que juegue según
tus reglas.
Astutamente, Obama se sirvió de una retórica apasionada, soliviantante, capaz de
comunicar energía a las manifestaciones de masas, a fin de afianzar en la
consciencia pública la autodefinición inicial y de construir entusiasmo y dar
impulso, para luego, bajo presión, exhibir sangre fría y una cuidadosamente
elaborada oratoria destinada a reforzar esa posición de maternidad con su
autodefinición. Algunas veces lo hizo subliminalmente, como en su discurso ante
el Sindicato del Cobre, que llevó al historiador Gary Wills a comparar ese
discurso con el de Lincoln ante el mismo sindicato. Otras veces fue más directo,
como en el meditado discurso de Filadelfia, que convirtió el caso [del
reverendo] Wright en una reflexión de más amplios horizontes sobre el impacto
del racismo tanto en los blancos como en los negros.
Obama dio los toques finales a su autodefinición en los debates, y la remató con
una publicidad comercial televisiva brillantemente producida. Pero al tiempo que
apelaba, subliminalmente, a Lincoln y se refería, directamente, a los [lincolnianos]
"ángeles buenos" que llevamos todos dentro, Obama también invitaba a McCain a
atacarle, a menudo sutilmente, con el equivalente político de la táctica
pugilística de esperar al enemigo [como famosamente hacía el boxeador Mohamed
Alí; T.] en las cuerdas del cuadrilátero para, atolondrado, golpearlo mejor. No
se cansó de mencionar los votos de McCain en el Senado a favor de Bush, y se rió
de las contradicciones implícitas en las posiciones de McCain. De vez en cuando,
los golpes de Obama fueron descarados; por ejemplo, cuando desafió públicamente
a McCain a hablar de la conexión de Obama con [el supuesto exterrorista Bill]
Ayers antes del tercer debate. McCain entró furiosamente al trapo, y al hacerlo,
se desacreditó a sí propio ante millones de telespectadores.
Un aspecto clave de los golpes tácticos de Obama es que nunca estuvieron
revestidos de odio y casi nunca fueron personales, a menos que estuvieran
legitimados por el toma y daca de los ataques personales que le dirigía McCain,
que buscaba culparle por asociación recordando antiguas relaciones personales
suyas. En cambio, los golpes tácticos de Obama se centraron normalmente en
contradicciones implícitas en las acciones y en los discursos de campaña de
McCain, golpes que, siendo McCain por naturaleza un hombre beligerante, tomaba
como ataques personales. Retrospectivamente, resulta claro ahora que las
acciones de Obama nunca se desviaron de su imagen, construida desde su posición
de maternidad, de ser un unificador que, tan serena como competentemente, busca
cambiar el status quo. Reforzó esa definición con un comportamiento disciplinado
y siempre congruente con los tres polos de su propio triángulo moral, incluso
cuando los inevitables acontecimientos exógenos hacían inopinadamente su
aparición en el mundo con que tenía que lidiar, cosa, ésta última, que resultó
especialmente clara durante el pánico financiero, del que Obama tomó distancia,
manteniendo la sangre fría.
El contraste entre la estrategia M&M de Obama y el comportamiento de McCain
resultó asombroso. Obama, un recién llegado virtualmente fuera de todo circuito,
se sirvió de una oratoria inflamada, aunque vagarosa, para modelar el ambiente
popular de un modo que reforzara su propia autodefinición. En cambio, McCain,
como Hilary antes que él, no podía dejar de verse como una criatura del status
quo de Washington, una magnitud conocida. Y, como antes Hilary, McCain optó por
hacerse eco de la llamada de Obama al cambio. Cayó, pues, en la misma trampa, y
vino a aceptar la definición de maternidad de Obama: unidad y cambio. Era una
trampa, porque la definición de maternidad de McCain, como la de Hilary, carecía
de lógica en su mismo núcleo. La argumentación de McCain, implícitamente, exigía
de los votantes que se tragaran el siguiente galimatías: "Yo soy una experta
criatura del status quo en un país en el que la mayoría de ustedes lo cree
peligrosamente dividido y transitando por un camino de futuro equivocado, pero
mi experiencia (¿cómo forjador del status quo?) me convierte en un candidato
mejor calificado para conseguir el objetivo de la maternidad (¿que el recién
llegado ha tenido la temeridad de establecer?)".
Tomar prestada del enemigo la posición de la maternidad no es el mejor modo de
fijar tu propia estrategia M&M.
Resulta claro ahora que McCain no tenía la intención de desarrollar una
estrategia M&M, aun si se plegó al juego de Obama. Veamos, si no, el triángulo
estratégico de McCain en el contexto de su punto de partida, fundamentalmente
débil. Recuérdese que un triángulo es una abstracción de conveniencia; la
realidad, ni que decir tiene, es más compleja; las categorías se solapan y las
distinciones más nítidas a menudo caen en zonas de penumbra en el mundo real.
Sin embargo, creo que aplicar esta abstracción puede resultar una herramienta
analíticamente útil para aclarar nuestra afirmación de que la estrategia M&M que
tan vigorosa se mostró en el caso de Obama, resultó bien destructiva en el caso
de McCain:
(1) Lo que McCain dice ser: siendo McCain como es una criatura del establishment,
tiene menos margen de maniobra que Obama para definirse a sí mismo. Eligió
engrandecer el mito que había venido repetidamente forjando sobre sí mismo,
definiéndose como un hombre de honor, con una sabiduría nacida de la
experiencia, como un hombre independiente y sin ataduras, y como un
superpatriota, cuyo valor moral más básico era poner el país por delante de
cualquier interés personal, sea cualquiera el coste. En realidad, "El país, lo
primero", fue el parachoques emblemático de su campaña.
(2) Lo que McCain es realmente: Las acciones de McCain, que definen lo que
realmente es, resultaron una y otra vez contradictorias con su autodefinición, y
de modo crecientemente palmario. Llamo la atención sobre lo siguiente: a) al
librarse negativamente a ataques personales, crecientemente rayanos en lo
maccarthyesco, en su oratoria de inculpación por asociación, McCain, y
especialmente su pareja de campaña, Sarah Palin, trataron de destruir el
carácter de Obama por la vía de atacar sus motivaciones, su patriotismo, sin
privarse siquiera de referencias oblicuas a su "otreidad" (código para la raza).
Lo que consiguió con eso McCain fue decirle al mundo a gritos que él mismo era
otro perro de presa Roviano [por Karl Rove, el "cerebro" de las campañas de Bush;
T.], que era más de lo mismo, y no el cambio que pretendía representar. Además,
mientras que McCain violó su propia pretensión de ser un agente del cambio, sus
desapoderados ataques no sólo dejaron intacta e incuestionada la definición de
maternidad de Obama, sino que probablemente la reforzaron. b) Al sembrar
división en el país, enfrentando regiones contra regiones, pueblos contra
ciudades, norteamericanos genuinos contra norteamericanos no genuinos, y aun
estimulando actitudes populacheras violentas en las mentes de sus partidarios,
McCain y, especialmente, Sarah Palin entraron en contradicción con la
autodefinición de McCain como hombre que ponía a su país por delante del interés
propio. c) Al nombrar a Sarah Pailin como compañera de campaña, eligió a una
persona manifiestamente incapaz de llegar a ser presidente en caso de muerte de
McCain en el cargo. Tal decisión no sólo reforzó la violación de su
autodefinición como hombre que ponía el país por delante de sí propio, sino que
entró en contradicción con su pretensión de ser un hombre independiente que va
por libre, porque la opción de Palin era, obviamente, un guiño a las bases más
derechistas del Partido Republicano. Y para empeorar todavía más las cosas, la
opción de Palin entraba en contradicción con su autodefinición como hombre de
sabiduría a prueba de presiones y forjada en el fuego de la experiencia, porque
a pesar de haber podido elegir compañero de campaña entre marzo y agosto, tomó
esa importante decisión guiado por una corazonada impulsiva de último minuto,
apostando a cierraojos sin tomar en cuenta las probabilidades matemáticas
asociadas al resultado.
(3) Veamos ahora el mundo con el que tenía que lidiar McCain: tenía que estar a
la altura de las maniobras estratégicas de Obama, así como de los
acontecimientos exógenos que siempre interfieren de tanto en tanto, siendo el
más importante de los ocurridos el desplome financiero. Según se observó antes,
McCain, como antes Hilary Clinton, cayó en la trampa de Obama al definir la
maternidad en los términos de Obama. Las consecuencias estratégicas fueron de
hondo calado: para ganar, McCain, como antes Hilary, tenía dos opciones: o bien
podía apuntar alto, jugando el juego de Obama en los términos de Obama, en la
esperanza de batir intelectualmente a un Obama manifiestamente inteligente, o
acaso esperando que Obama perdiera la serenidad y se destruyera a sí propio
atacando a McCain de una forma contradictoria con las tres patas del triángulo
estratégico de Obama; o bien… McCain podía ir por la vía de los golpes bajos,
violando a propósito los términos de su propio triángulo estratégico en la
esperanza de que lograría destruir a Obama con un ataque personal brutal antes
de que las consecuencias de la violación le pasaran a él mismo factura.
La primera opción resultaba poco halagüeña para McCain, porque Obama había
venido cuidándose de reforzar con meticulosidad las tres patas de su propio
triángulo estratégico durante por lo menos año y medio, y su épica batalla con
Hilary Clinton le había obligado a fortificar sus defensas contra cualquier
tentación autodestructiva. No hay la menor prueba de que McCain llegara a
entender siquiera la naturaleza de la opción estratégica a la que le había
obligado Obama. Se percatara o no de ello, McCain eligió la segunda opción
estratégica, la cual, por decirlo en términos militares, terminó siendo la
antítesis del consejo de Sun Tzu, según el cual hay que concentrar siempre las
propias fuerzas en el punto débil del enemigo. McCain, como Hilary, se avilantó
a debilitar su propio triángulo estratégico con un revoltillo de asaltos
tácticos dispersos que no hicieron otra cosa que robustecer directamente la
posición de Obama. En efecto, lo que en la campaña de McCain pasaba por
"estrategia" no era sino el alocado lanzamiento a Obama de cualquier cosa que a
mano se encontrara, en la esperanza de que algún golpe afortunado resultara
definitivo.
Pero un revoltillo de empujones y ataques a la desesperada no es una estrategia
en ningún sentido serio de la palabra; es, a lo sumo, un conjunto de tácticas
inconexas y dispersas. Y si el enemigo es astuto en el desarrollo de un juego
M&M, esas maniobras son la mejor receta para la autoinmolación. Cuando se hizo
evidente la futilidad de cada asalto, McCain cambió de táctica en lo que pasó a
ser un batiburrillo de intentos, cada vez más desesperados, de encontrar algo
que funcionara: Ayers, Joe el fontanero, Obama socialista, Obama redistribuidor
de la riqueza, vuelta a Joe el fontanero, etc.; la impresión resultante era la
de una inútil búsqueda de alguna combinación, de cualquier combinación, de
puñetazos afortunados que dieran en el blanco y tumbaran al contrario.
La irreflexiva desesperación de McCain cobró un destacado perfil cuando el
efecto exógeno del desplome financiero hizo intrusión en la campaña y McCain se
dejó tentar para perpetrar un truco de altos vuelos que pronto terminó en una
embarazosa debacle. McCain comenzó por proponer públicamente un gran trato para
postergar el tercer debate, "por mor del país"; luego sembró confusión yendo a
Washington para construir un consenso bipartidista, pero, estando en Washington,
no hizo nada por encarar el problema o armar un consenso. Luego invirtió la
marcha, diciendo que las cosas estaban ya lo bastante encaradas, de modo que sí,
podría participar en el debate. Demasiado para su pretensión de poseer una
sabiduría nacida de la dura experiencia. Mientras un McCain agresivo
zascandileaba en el borde mismo del abismo, Obama se mantuvo sereno.
Aunque podría citar muchos otros ejemplos, creo que está claro ya que la
decisión de McCain de emular a Hilary y tomar la vía de los golpes bajo encajó
como anillo al dedo en la estrategia M&M de Obama: McCain gastó su energía en
hacer trizas su propio triángulo moral. No es, pues, sorprendente que su juego
mental degenerara en confusión y desorden, y lo que es todavía más importante,
que se destruyera moralmente a sí propio. Y al hacerlo, fue McCain quien más
contribuyó a demostrar que no era apto como presidente: como la mayoría de los
pilotos de combate –el coronel Boyd fue una asombrosa excepción—, McCain no pudo
o no quiso pensar más allá de la táctica. A pesar de la valentía personal que
pudo haber demostrado en sus años como oficial naval, la ineptitud en el juego
estratégico evidenciada en su duelo con el astuto Obama probó que es un hombre
moral y mentalmente incapaz para ser un comandante en jefe exitoso.
Obama, por otra parte, volvió a probar que es un maestro de los juegos de
estrategia, y ser un dirigente eficaz –presidente de la nación, o comandante en
jefe— no tiene sino que ver con la estrategia.
Dicho en los términos del Diseño Moral para la Gran Estrategia –la estrategia
M&M del Coronel Boyd—: McCain se esforzó por beneficiarse de la violación de
códigos y normas de conducta que se jactaba de observar estrictamente y que los
demás esperaban que observase estrictamente, y al hacerlo, se destruyó a sí
mismo en el nivel mental de la lucha corrompiendo su propio proceso de toma de
decisiones. En lo que hace al nivel moral de la contienda, McCain se deshonró a
sí mismo dejando que su ambición destruyera la misma identidad que tan
tenazmente había venido construyendo desde comienzos de los 80. Sólo en su
último discurso, ya como derrotado, trató de recobrar esa identidad.
Queda, sin embargo, una cuestión de más calado: ¿pretende realmente Obama honrar
su doble promesa de unidad y cambio? Ninguno de sus principales adversarios en
la carrera presidencial tuvo el sentido estratégico y la capacidad para obligar
a Obama a declarar cómo pretende colmar los elevados sueños y las grandes
esperanzas que logró suscitar con su estrategia M&M. Un primer indicador de sus
intenciones reales será el nombramiento de sus secretarios del Tesoro y de
Defensa. Si elige entre los aparatchiki demócratas o exclintonitas que
magnificaron los problemas existentes que luego Bush aún empeoró, la presidencia
de Obama no será sino un paso más en el despeñadero que comenzó con el estilo de
toma de decisiones con cañones y mantequilla en la guerra de Vietnam.
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(*) Franklin "Chuck" Spinney es
un antiguo analista militar del Pentágono que se hizo famoso en
los 80 por lo que llegó a llamarse el Informe Spinney, en donde
se criticaba la búsqueda implacable, por parte del Pentágono, de
complejos y costosos sistemas armamentísticos sin atender a
consideraciones presupuestarias. A pesar de los intentos de sus
superiores por enterrar el controvertido informe, logró
exponerlo ante una sesión de la Comisión Presupuestaria de
Defensa del Senado de los EEUU y convertirlo en portada del Time
Magazine en marzo de 1983. Cuando Chuck Spinney se retiró del
Pentágono tras 33 años de servicio, la entrevista que con
ocasión de su retiro le hizo Bill Moyers logró el premio Emmy al
mejor programa informativo de 2003. Actualmente, vive a bordo de
un barco velero en el Mediterráneo.
Traducción para www.sinpermiso.info: Ricardo Timón