EE.UU. debe superar su alergia extrema a los impuestos en un
momento en que el Estado se desangra
Por
Jeffrey Sachs (*) - The New York Syndicate / La Vanguardia, España
La elección de Barack Obama ha alumbrado una fabulosa
esperanza de recuperación económica, una esperanza de proporciones históricas
para Estados Unidos y para todo el mundo. Sí, podemos cambiar, siempre que
escapemos de la mentalidad estrecha y al simple retoque de la política pública.
No bastarán los simples apaños que algunos proponen, como
los cheques de reembolso fiscal o los tipos de interés cero por parte de la
Reserva Federal. El gobierno necesita una estrategia a medio plazo clara que
revitalice el gasto en inversión privada, y tendrá que recurrir en los próximos
años a mayores ingresos presupuestarios para dedicarlos a inversiones públicas
urgentes y una reestructuración a largo plazo. La recuperación a corto plazo se
verá potenciada por la claridad en la orientación a largo plazo del cambio
económico.
La crisis económica estadounidense exige una nueva macroeconomía y esta es la
tarea más urgente a la que se enfrenta el presidente electo Barack Obama. El
Humpty Dumpty de las burbujas inmobiliaria y del consumo se ha caído del muro y
no podrá recomponerse otra vez, por muchos rescates de Wall Street, inyecciones
de liquidez y reembolsos fiscales que se apliquen.
El final del auge del consumo marca el derrumbe de una época que empezó con
Ronald Reagan. A algunos expertos y políticos les gustaría volver a las
políticas de los años de Clinton, pero esas políticas eran compromisos con el
reaganismo que ya no bastarán. La economía estadounidense se encuentra en una
espiral descendente de recesión y de déficit presupuestarios descomunales. La
Reserva Federal infló durante años la economía y fomentó prácticas
irresponsables de préstamo y endeudamiento en el crédito inmobiliario y del
consumo, todo ello para mantener la economía en crecimiento.
Un país que respalda durante años unos niveles cero o negativos de ahorro
familiar y se endeuda intensamente en el exterior está condenado a pagar un
elevado precio por esas prácticas, y a Estados Unidos le ha llegado el momento
de pagar. Peor aún, mientras crecían las burbujas inmobiliaria y del consumo, la
guerra de Iraq proseguía con su sangría de vidas y dinero y se hacía caso omiso
de una serie de problemas cruciales, como el medio ambiente, la energía, las
infraestructuras o la pobreza mundial. Ahora se han desencadenado de forma
simultánea las crisis macroeconómica y estructural.
A continuación presentamos un breve repaso de nuestras penurias macroeconómicas.
La década de 1970 marcó el final de dos épocas: la del sistema monetario
respaldado por el oro (que finalizó entre 1971 y 1973) y la del petróleo barato
(que finalizó en 1973). Esta doble crisis condujo a unos dolorosos años de
estanflación en los cuales la escasez energética se asoció con la ineficacia de
la política monetaria para desencadenar una inflación elevada y una contracción
económica. Jimmy Carter tenía toda la razón del mundo en lo referente al
problema energético a largo plazo, pero sus esfuerzos fueron objeto de burla y
se abandonaron en cuanto dejó la presidencia.
Ronald Reagan hizo un mal diagnóstico de la estanflación y colocó a Estados
Unidos en un rumbo desastroso a largo plazo. El presidente Reagan y sus
partidarios sostuvieron erróneamente que los problemas residían en la regulación
estatal, los impuestos excesivos y las dádivas asistenciales, más que en la
necesidad de un rediseño de la política monetaria y una política energética
responsable a largo plazo.
En consecuencia, procedieron a desmantelar buena parte de la red de protección
social, con lo que crearon en Estados Unidos una clase marginada que resulta
escandalosa de acuerdo con los parámetros de cualquier otra economía avanzada:
dejaron el país en el puesto vigésimo cuarto del mundo por lo que respecta a la
esperanza de vida y en el vigésimo quinto en cuanto a mortalidad infantil.
El gran mito en Estados Unidos es que el capitalismo exige ese brutal desprecio
hacia los pobres, algo que queda en entredicho todos los días por los elevados
ingresos, el bajo nivel de pobreza y por la cohesión social de otras economías
avanzadas. Las reducciones de impuestos de Reagan condujeron a una generación
durante la cual hemos sido incapaces de invertir en infraestructuras básicas. Y
la época de Reagan inició la enorme desregulación financiera que ha provocado
nuestras actuales calamidades.
La época de Clinton invirtió algunos de los excesos, pero supuso en esencia un
compromiso con la época de Reagan. Durante la década de 1990, los ingresos
fiscales en tanto que parte del producto interior bruto se mantuvieron bajos, y
Washington siguió deshaciendo la red de protección social y acelerando la
desregulación del mercado financiero. La ayuda exterior cayó en picado durante
aquella década, lo que permitió la propagación de la pandemia del sida y la
hambruna africana. Tanto entonces como ahora, los estadounidenses no han
conseguido entender que no hacer nada para combatir el hambre, la enfermedad y
la pobreza es, precisamente, abonar el terreno para el extremismo y el
conflicto.
El gran dinero siguió infectando el sistema político. Tanto demócratas como
republicanos hicieron las paces con la inmensa riqueza y se vincularon a los
prometedores e innovadores de Wall Street. Y la súplica al mercado de bonos se
interpretó como el fin de las ambiciones de resolver los grandes desafíos de la
energía, el clima, la pobreza o las infraestructuras.
Según la famosa frase de Karl Marx, la historia ocurre una vez como tragedia y
se repite luego como farsa. Sin embargo, con Bush hemos tenido tragedia y farsa.
El Gobierno de Bush convirtió las compras y los recortes fiscales en la política
macroeconómica oficial de Estados Unidos. Las familias tenían que pedir
préstamos sobre su riqueza inmobiliaria para mantener en funcionamiento la
máquina del consumo. La desregulación financiera iba a mantener la salud del
mercado inmobiliario.
Como consecuencia de todos estos cambios, tenemos hoy una economía al borde del
desastre. El gasto del consumo está en caída libre y en ella se ven arrastrados
la vivienda, el automóvil y otros sectores del consumo. El desempleo crecerá
varios puntos porcentuales. El déficit presupuestario no deja de crecer.
La dependencia estadounidense del préstamo extranjero también ha adquirido
proporciones gigantescas e insostenibles, más de 700.000 millones de dólares al
año (más de medio billón de euros). Los bancos centrales extranjeros, en
especial los asiáticos, han acumulado billones de dólares en títulos
estadounidenses. Y, por supuesto, los bancos siguen en un estado de profunda
descapitalización y no pueden o no quieren conceder créditos.
El sector de la energía es un caos. No existe una estrategia nacional para
encarar el triple problema de la seguridad energética, la disponibilidad
energética y el cambio climático. En realidad, lo único para lo que el Gobierno
de Bush encontró dinero fue para invasiones y ocupaciones militares, seguramente
la única inversión que nos está proporcionando un rendimiento negativo continuo
de casi el 100%.
La estrategia económica que Obama hizo pública durante la campaña posee los
elementos adecuados, pero el nuevo presidente tendrá que ser valiente para
lograr el verdadero cambio. Está en lo cierto al afirmar que debemos gastar
muchísimo más en investigación, desarrollo y utilización de una energía limpia y
sostenible. Su propuesta de investigación y desarrollo de 15.000 millones de
dólares al año supone un gran avance, pero es probable que necesitemos el doble
de esta cantidad.
Tiene toda la razón al afirmar que Estados Unidos sería un país mucho más seguro
si invirtiéramos en desarrollo exterior más que en guerras exteriores. Ha
propuesto aumentar la ayuda al desarrollo hasta 50.000 millones de dólares en el
2012; se trata de un paso importante en la dirección correcta, pero eso sólo
supondrá un 0,3 % del producto interior bruto, un porcentaje demasiado bajo aún
para afrontar las crisis múltiples del agua, el hambre, la enfermedad, la
población y el clima en África, Oriente Medio y Asia Central, que alimentan gran
parte del malestar mundial..., y muy por debajo del objetivo del 0,7% del PIB
acordado internacionalmente.
Estados Unidos tendrá que superar su alergia extrema a los impuestos en un
momento en que el Estado se desangra a causa de los déficits y siguen sin
satisfacerse unas urgentes necesidades públicas. Los asesores económicos de
Obama han subrayado que el paquete impositivo propuesto dejará los ingresos
fiscales federales en torno al 18% del producto interior bruto y que ese
porcentaje es la media de los años de Ronald Reagan. El reaganismo permanecerá
vivo, como ocurrió durante los años de presidencia de Clinton, si Estados Unidos
se mantiene en la senda del pequeño gobierno, convencido de que no debe resolver
los problemas de la energía, las infraestructuras y la pobreza, tanto en el
ámbito nacional como en el exterior.
La cuestión básica debería quedar bien clara: nuestros problemas necesitarán un
vigoroso programa fiscal, con un incremento gradual de los ingresos impositivos
en tanto que parte del producto interior bruto durante la próxima década, o no
se resolverán. No debemos aumentar los impuestos a la clase media en medio de
una intensa desaceleración, pero tampoco debemos encerrarnos durante años en
unos ingresos impositivos crónicamente insuficientes. Nuestros problemas
macroeconómicos requieren grandes inversiones públicas en nuevas tecnologías,
infraestructuras, educación pública y reducción de la pobreza. En algún momento
no muy lejano, los estadounidenses tendrán que empezar a pagar esas inversiones
en lugar de recurrir al elevado endeudamiento exterior.
Estamos experimentando un cambio estructural desde una economía dependiente del
dinero fácil y unos préstamos internacionales aparentemente sin fin hasta una
economía que poco a poco se da cuenta de que en última instancia tenemos que
pagar nuestros gastos. Existen apremiantes necesidades de inversión nacional y
mundial y el dinero tiene que venir de algún sitio. Y el único sitio del que
puede venir es de una mayor base impositiva, lo cual exige el abandono de la
mitología Reagan-Bush.
En resumen, las recetas aplicadas desde 1981 de escasa intervención estatal y
soluciones de bajo calibre están anticuadas y son peligrosas para nuestra propia
supervivencia. Reagan fue burdamente ideológico, Clinton ligeramente reformista
y Bush sencillamente burdo en la aplicación de esas doctrinas del pequeño
gobierno,pero no nos servirá ninguno de esos enfoques recientes. Ha llegado el
momento de dejar de hablar de quién puede devolver más impuestos a los
ciudadanos y empezar a hablar de invertir en el futuro de un modo que salve a
los pobres, sostenga al resto y construya un mundo aceptable para nuestros
hijos. Esos son los verdaderos valores familiares.
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J. Sachs, economista y autor de ´El fin de la pobreza´ y ´Economía para un
planeta abarrotado´, director del Instituto de la Tierra de la Universidad de
Columbia, asesor especial del secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki
Mun
Distribuido por The New York Syndicate
Traducción: Juan Gabriel López Guix