o primero que salta a la vista cuando se observan las reacciones actuales
ante el derrumbe económico es que nadie sabe lo que hay que hacer. Esto surge
debido al hecho de que la incertidumbre es parte del juego económico; la
manera en cómo reaccionará el mercado depende no solamente de la confianza que
los principales actores otorguen a las intervenciones gubernamentales, sino
también, y es esto aún más importante, dependerá del grado de confianza que
ellos estén dispuestos a otorgar a los otros actores implicados; es decir, no
se puede tener en cuenta, con certeza, los efectos de sus propias
intervenciones. Estamos así obligados a hacer elecciones sin disponer del
conocimiento necesario que nos permita elegir claramente, o, como dice John
Gray: “Estamos obligados a vivir como si fuésemos libres”.
Pero, puesto que no cesamos de repetir que la confianza y la credibilidad
son determinantes, nos deberíamos de preguntar en qué medida el hecho de que
la administración americana esté, justo en medio del pánico, aumentando el
riesgo de sus apuestas, no ha agravado el peligro que ella misma intenta
conjurar. Es fácil señalar la similitud entre el lenguaje utilizado por el
presidente Bush en sus discursos tras los ataques del 11-S y aquel utilizado
ante el colapso financiero: se podría decir que son dos versiones de un mismo
discurso.
En ambas ocasiones, Bush alude a una amenaza que se cierne sobre la
“American way of life” misma, y por ende, la necesidad de reaccionar, de
manera rápida y decisiva, con el fin de hacerle frente. De manera reiterada,
hace un llamado para abandonar, provisionalmente, los valores típicos
americanos (las garantías concernientes a las libertades individuales, el
capitalismo del mercado, etc.) para poder salvar precisamente esos mismos
valores. Acaso, ¿es inevitable la paradoja?
La presión dirigida a “hacer cualquier cosa” ante un problema, aparece aquí
como una compulsión supersticiosa por hacer algo, lo que sea, cuando
observamos un proceso sobre el cual no tenemos ninguna influencia verdadera.
Llega también en esas ocasiones en que actuamos para eludir el tener que
hablar o pensar sobre aquello que hacemos. Por ejemplo, para responder
rápidamente a un problema, el liberar 700 millones de dólares en lugar de
preguntarse cómo es que esta situación llegó a este punto.
Recordemos que el pasado 15 de julio, el senador republicano Jim Bunning
atacó al presidente de la Reserva Federal de Estado Unidos, Ben Bernanke,
afirmando que su propuesta confirmaba que “el socialismo está bello y
saludable en América”: “La FED quiere ser, de ahora en adelante, el regulador
del riesgo en el sistema. Pero, la FED es el riesgo en el sistema. Incrementar
el poder de la FED vendría a ser como darle a un niño que ha roto nuestra
ventana, mientras jugaba beisbol, un bate más grande, pensando que eso
resolverá el problema”.
Bunning fue el primero en exponer públicamente las grandes líneas del
razonamiento que justifica la oposición del Partido Republicano contra el
rescate federal. Dicho argumento amerita que lo miremos más de cerca. Podemos,
así pues, remarcar que la resistencia al plan de salvamento fue formulada en
términos de “luchas de clases”: la Bolsa, Wall Street, contra la calle, Main
Street (1). ¿Por qué deberíamos ayudar a los responsables de la crisis (Wall
Street), y dejar que sean los simples prestatarios (en Main Street) los que
paguen la mayor parte? Esto último se define como “el riesgo que alguien
asume, de manea inmoral, debido a que se sabe protegido por medidas de
seguridad, leyes u otras instituciones, contras los prejuicios que su
comportamiento podría engendrar”. Dicho de otra manera, si yo estoy asegurado
contra los incendios, entonces tomaría menos precauciones contra él (o,
llevando esta lógica al extremo, yo mismo metería el fuego al edificio
asegurado que me está generando pérdidas). La misma cosa sucede con los
grandes bancos. ¿No están protegidos contra las grandes pérdidas, todo para
ser capaces de conservar sus ganancias? No nos tomará por sorpresa el saber
que Michael Moore ya ha escrito una carta pública en la que califica al plan
de rescate como el robo del siglo. Estas inesperadas imbricaciones entre la
izquierda y los republicanos conservadores deberían darnos algo sobre qué
pensar.
Ambos comparten el desprecio por los grandes especuladores y los CEOs (2)
que se hacen de grandes beneficios a costa de decisiones azarosas que, sin
embargo, están protegidas de fallos por “paracaídas dorados”. ¿No va esto
mismo en relación con el escándalo de Enron en el año 2002, que se ha
interpretado como una clase de comentario irónico sobre la idea de sociedad de
riesgo? Los miles de trabajadores que perdieron su empleo y sus ahorros fueron
expuestos a un riesgo, pero sin tener realmente ninguna otra opción. Aquellos
que, por el contrario, tuvieron un real conocimiento de los peligros, y
también la posibilidad de intervenir en la situación (los dirigentes),
minimizaron los riesgos e hicieron efectivas sus acciones y sus opciones antes
del derrumbe. Si es verdad que vivimos en una sociedad de elecciones
riesgosas, entonces, algunos (los patrones de Wall Street) hacen las
elecciones, mientras que son otros (las personas ordinarias que pagan
hipotecas) los que asumen los riesgos…
Entonces, ¿el plan de rescate es realmente una medida “socialista”, el alba
del socialismo de Estado en los Estado Unidos? Si ese fuera el caso, es claro
que lo es en un sentido muy singular: una medida “socialista” en la que el
primer objetivo no es ir en ayuda de los pobres, sino de los ricos, no de
aquellos que piden prestado, sino de aquellos que prestan. La ironía suprema
reside así en el hecho de que la “socialización” del sistema bancario es
aceptable cuando sirve para salvar al capitalismo: el socialismo es nefasto,
excepto, claro, cuando permite estabilizar al capitalismo.
¿Y si, al mismo tiempo, un “riesgo moral” estuviera inscrito en la
estructura fundamental misma del capitalismo? En otras palabras, el problema
es resultado del hecho de que es imposible separar ambos aspectos, en el
sistema capitalista, el bienestar en Main Street está subordinado a la
prosperidad de Wall Street. Así, entonces los populistas republicanos que se
oponen al plan de rescate financiero actúan incorrectamente, motivados por
buenas razones, y los partidarios del rescate actúan correctamente movidos por
malas razones. Para decirlo en los términos más refinados de la lógica
proposicional, su relación no es transitiva, pues aquello que es bueno para
Wall Street no lo es necesariamente para Main Street, y Main Street no puede
prosperar si a Wall Street le va mal. Y dicha asimetría le otorga, a priori,
una ventaja a Wall Street.
Todo eso muestra claramente que no existe algo así como un mercado neutro;
en cada situación particular, las coordenadas de la interacción mercantil
están siempre reguladas por decisiones políticas. El verdadero dilema no es
aquel de saber si el Estado debe o no intervenir, sino bajo qué forma debe de
hacerlo. Y en este punto nos confrontamos a la verdadera política: la lucha
por definir las coordenadas “apolíticas” de nuestras vidas. Todos los
problemas políticos son en un sentido no partidistas, ellos se relacionan más
con la pregunta: ¿Cuál es la naturaleza de nuestro país?
Así, es precisamente el debate sobre el plan de rescate lo que constituye
un verdadero problema político concerniente a las decisiones a emprender sobre
los elementos fundamentales de nuestra vida social y económica, yendo hasta el
movilizamiento del fantasma de la lucha de clases (¿Wall Street o los
acreedores hipotecarios? ¿Intervención del Estado o no?). No encontraremos
ninguna posición claramente “objetiva” que nos baste aplicar aquí; debemos
tomar partido políticamente.
¿Cuál es la solución? El gran filósofo idealista de origen alemán Emmanuel
Kant respondió a la divisa conservadora: “¡No piense, obedezca!”, no con otra
como: “¡No obedezca, piense!”, sino con: “¡Obedezca, pero piense!”. Cuando
somos sometidos a un chantaje como el del plan de rescate financiero, debemos
vigilar la intención de dicho chantaje, y esforzarnos entonces por resistir a
la tentación populista de dar expresión a nuestra cólera y darnos de golpes.
En lugar de ceder a una expresión impotente como esa, debemos dominar nuestra
molestia para transformarla en la firme resolución de pensar, reflexionar de
una manera realmente radical, de preguntarnos sobre el tipo de sociedad, que
estamos en camino de dejar, que hace posible chantajes de este género.