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Noticias)
14-Noviembre-08
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Por Arno J. Mayer (*) - Revista Sin Permiso
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Las predicciones sobre el inminente declive del imperio
americano son exageradas: sin un rival militar real, continuará siendo por algún
tiempo el único hiperpoder mundial.
E stados Unidos puede emerger sano y salvo del fiasco de Irak. Si bien
momentáneamente desconcertado, el imperio americano continuará su camino, bajo
dirección bipartidista, presionado por las mega-corporaciones y con las
bendiciones evangélicas. Una característica que define a los estados imperiales
maduros es que pueden permitirse errores burdos y caros que no pagan las élites,
sino las clases bajas. Las predicciones sobre el inminente declive del imperio
americano son exageradas: sin un rival militar real, continuará siendo por algún
tiempo el único hiperpoder mundial.
Pero aunque aguanten, los imperios demasiado extensos sufren daños en su poder y
prestigio. En tales momentos, tienden a golpear violentamente para evitar que se
los tome por tigres de papel. Dada la situación de Washington en Irak,
¿aumentarán los Estados Unidos su intervención en Irán, Siria, Líbano,
Afganistán, Pakistán, Sudán, Somalia o Venezuela? Los EEUU tienen el ejército
más fuerte que el mundo haya jamás conocido. Preponderantes en el mar, en el
aire y en el espacio -incluido el ciberespacio—, los EEUU tienen una capacidad
impresionante para proyectar con rapidez su poder a través de enormes
distancias, con un sheriff autodesignado para ir a controlar o explotar crisis
reales o figuradas en cualquier parte del planeta.
En palabras del anterior Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld: “Ningún rincón
del mundo es lo suficientemente remoto, ningún monte lo suficientemente alto,
ninguna cueva o bunker lo suficientemente profundos, ningún todoterreno lo
suficientemente rápido, para dejar a nuestros enemigos fuera de nuestro
alcance”. Los EEUU gastan más del 20% de su presupuesto anual en defensa, casi
la mitad del gasto del resto del mundo en su conjunto. Lo cual es bueno para las
grandes corporaciones fabricantes de armas y para sus exportaciones. Los estados
del Golfo, liderados por Arabia Saudita, les compran miles de millones de
dólares del más moderno armamento.
En lugar de las clásicas colonias territoriales, los EEUU aseguran su hegemonía
a través de unas 700 bases militares, navales y aéreas distribuidas en más de
110 países, las últimas en Bulgaria, la República Checa, Polonia, Rumania,
Turkmenistán, Kirjikistán, Tajikistán, Etiopía y Kenya. Por lo menos 16 agencias
de inteligencia con estaciones en todo el mundo proporcionan oídos y ojos a este
imperio sin fronteras.
Los EEUU tienen 12 portaaviones. Salvo tres, todos están provistos de energía
nuclear, diseñados para transportar 80 aviones y helicópteros, así como
soldados, marineros y pilotos. Un equipo basado en un súpertransportador
comprende buques, cazatorpederos y submarinos, muchos de ellos provistos de
energía atómica y equipados con misiles teledirigidos, ofensivos y defensivos.
Apostada en bases globales y patrullando constantemente vías marítimas vitales,
la armada estadounidense constituye la espina dorsal y el sistema arterial del
nuevo modelo de imperio. Los barcos están sustituyendo a los aviones como
principales suministradores tácticos y estratégicos de tropas y equipos. La
armada tiene actualmente preponderancia sobre los ejércitos de tierra y aire en
el Pentágono y en Washington.
La presencia militar en el Mediterráneo oriental, Mar Rojo, Golfo Pérsico y
Océano Indico desde 2006 a 2008 demuestra que Estados Unidos puede imponer su
poder más allá de medio globo (y ofrecer ayuda humanitaria a punta de pistola
para obtener ventajas políticas). Al menos dos grupos de combate aeronavales con
equipo de aterrizaje, vehículos anfibios y miles de soldados y marinos, junto
con equipos de Operaciones Especiales, operan en las costas de Bahrain, Qatar y
Djibouti. Constituyen el testimonio de que, según declaró en Kabul en enero de
2207 el actual Secretario de Defensa, Robert Gates, los EEUU seguirán teniendo
“una fuerte presencia en el Golfo durante mucho tiempo”.
Una semana más tarde, el Subsecretario de Estado para asuntos políticos,
Nicholas Burns, dijo en Dubai: “El Oriente Medio no es una región que deba ser
dominada por Irán. El Golfo no es una zona marítima que deba ser controlada por
Irán. Esta es la razón por la que hemos previsto el estacionamiento de dos
grupos de combate aeronaval norteamericanos en la región”. No es nada nuevo. En
su discurso de despedida en Enero de 1980, semanas después del inicio de la
crisis de los rehenes en Teherán y de la invasión soviética de Afganistán, el
Presidente Jimmy Carter dejó “absolutamente claro” que cualquier intento de
apoderarse del Golfo Pérsico por parte de una fuerza exterior sería interpretado
como un ataque a los EEUU, y que dicho ataque sería repelido por todos los
medios, incluida la fuerza militar. Dijo que las tropas rusas en Afganistán no
sólo amenazaban a una región que “contiene más de dos tercios del petróleo
mundial exportable”, sino que estaban listas para la acción “a 300 millas del
Océano Indico y cerca del estrecho de Ormuz, una vía marítima a través de la
cual debe transitar la mayor parte del petróleo mundial”.
Un cuarto de siglo más tarde, el antiguo Secretario de Estado Henry Kissinger
puso al día la Doctrina Carter desplazando la amenaza de Moscú a Teherán: si
Irán “insiste en combinar la tradición imperial persa con el actual fervor
islámico, sencillamente no se le puede permitir que realice su sueño
imperialista en una región tan importante para el resto del mundo”.
Las fuerzas armadas y los armamentos ultramodernos y convencionales no se
adaptan bien a las guerras contemporáneas asimétricas contra actores
no-estatales que utilizan tácticas y armas no convencionales. Pero los
súpertransportadores, los aparatos aéreos supersónicos, misiles anti-misil,
satélite militares, robots de control y los vehículos y barcos no pilotados no
van a quedarse desfasados. La intervención, directa e indirecta, abierta y
encubierta, militar y civil, en los asuntos internos de otros estados ha sido
una política exterior paradigmática de los EEUU desde 1945. Los EEUU no han
dudado en intervenir, casi siempre unilateralmente, en Afganistán, Pakistán,
Irak, Líbano, Palestina, Irán, Siria, Somalia, Sudán, Ucrania, Georgia,
Kazakjstán, Bolivia y Colombia, persiguiendo sus intereses imperiales.
Tomando como modelo la USAID (United States Agency for International Development),
el Programa Fulbright y el Congreso para la Libertad Cultural de la guerra fría,
los adeptos de la nueva guerra global contra el terror han creado sus
equivalentes con el Desafío del Milenio y la Iniciativa de Partenariado del
Oriente Medio, del Departamento de Estado. El Departamento de Defensa recluta
universitarios a través del Proyecto Minerva para colaborar en el nuevo modelo
de lucha contrainsurgente y en operaciones no convencionales de construcción de
un estado militar.
La economía estadounidense, la cultura sincrética y la “Big Science” no tienen
igual. A pesar de los enormes déficits fiscal y comercial y del embrollo de las
compañías de seguros y los bancos de Wall Street, que han desestabilizado su
sistema financiero y repercutido en toda la economía global, en conjunto, la
economía de los EEUU continua robusta y competitiva en destrucción creativa. No
importan los costes sociales internos y externos. Pero sus sectores industrial y
manufacturero en retroceso pueden ser su punto débil.
Los EEUU todavía detentan un liderazgo substancial en investigación, desarrollo
y patentes en materia de cibernética, biología molecular y neurociencia. Ello es
debido a la investigación, financiada por el sector público, por particulares y
corporaciones, de universidades y laboratorios que establecen bases en el
extranjero y atraen al interior cerebros de todo el mundo.
Continúan siendo el modelo para el resto del mundo, así como lo son sus museos
globalizadores, el lenguaje arquitectónico de sus empresas corporativas y sus
estrategias de marketing (políticas y comerciales). No es sorprendente que los
EEUU tengan una cosecha desproporcionada de Premios Nobel, no solo en economía
sino también en ciencias naturales; o que el inglés americano se haya convertido
en una lengua global. Ello es a la vez causa y efecto de la inmensa influencia
de las transnacionales estadounidenses. Las culturas popular y consumista de los
EEUU penetran en los más remotos lugares del planeta. Al lado de la periferia
móvil, Washington y K Street (la calle de Washington conocida por sus lobbies)
juntan fuerzas con las élites y los regímenes colaboradores.
Este imperio americano tiene semejanzas familiares significativas con imperios
pasados por lo que respecta a su acaparamiento de recursos naturales críticos,
mercados de masa y bases exteriores. Los americanos saben que tienen intereses
considerables en la permanencia de su imperio. Algunos estratos sociales se
benefician más que otros de sus estropicios. Sin embargo, es provechoso desde un
punto de vista social, cultural y psicológico, especialmente para sus
intelectuales, profesiones liberales y medios de comunicación.
El imperio tiene reservas extraordinarias de poder duro y suave para persistir
en su intervencionismo. Los EEUU tienen la capacidad y la voluntad para intentar
salvar la cara en Irak. Hay un déficit de tropas de combate para amplias
operaciones de terreno convencionales y una incoherencia estratégica frente a
una guerra irregular contra la guerrilla insurgente y las fuerzas terroristas.
Pero se pondrá remedio al déficit de soldados. Los constructores privados
reclutarán mercenarios armados y civiles, preferiblemente procedentes de sus
dependencias del tercer mundo, con salarios de saldo.
Washington disimula sus intereses egoístas con declaraciones sobre la promoción
de los derechos civiles, bienestar social, feminismo, el estado de derecho y la
democracia.
Sin embargo, para las élites en el poder en los EEUU, de cualquier partido que
sean, hay una necesidad y una prioridad absolutas: hasta la implosión de la
Unión Soviética era agitar el espectro del comunismo; desde el 11 de septiembre,
pasa por agitar el espectro de la serpiente del islamismo radical.
El informe del Grupo de Estudios sobre Irak de 6 de diciembre de 2006, preparado
por la comisión bipartidista Baker-Hamilton, mostraba menos preocupación por los
disturbios en el Tigris que por su impacto en el imperio estadounidense: “Irak
es vital para la estabilidad regional e incluso global y es crítico para los
intereses de los EEUU. Se sitúa a lo largo de las líneas de separación del Islam
chiita y sunita y de las poblaciones kurdas y árabes. Tiene las segundas mayores
reservas de petróleo mundiales conocidas. Actualmente es una base operativa del
terrorismo internacional, incluida Al-Qaeda. Irak es una pieza central de la
política exterior norteamericana, que influye en la percepción de la región y en
el resto del mundo respecto a Estados Unidos”.
Irak es importante porque si “continúa despeñándose por el caos”, corre el
riesgo de perjudicar “la posición global de Estado Unidos”. James Baker
(Republicano) y Lee Hamilton (Demócrata) dan por sentado que Washington
continuará dictando la ley en el Gran Oriente Medio, tal como ha venido haciendo
desde 1945. El informe lo deja claro: “Incluso después de que Estados Unidos
haya retirado todas sus tropas de combate de Irak, deberíamos continuar
manteniendo una presencia militar considerable en la región, con unas fuerzas
todavía significativas en Irak y con fuertes despliegues aéreo, terrestre y
naval en Kuwait, Bahrain y Qatar, así como una mayor presencia en Afganistán.”
Baker-Hamilton pidieron la colaboración de las mejores y más brillantes
organizaciones no-o-bipartidistas y a los think tanks que proliferaron después
de la guerra de Vietnam. Algunas de esas instituciones, cuyo personal preparó
cuestiones, opiniones y borradores parciales para el informe sobre Irak, no
ocultan sus tendencias.
El Center for Strategic and International Studies (CSIS), "bipartidista",
financiado en parte por la fundación Bill&Melinda Gates, fue uno de los
principales participantes en la Comisión. Sus consejeros y patronos proceden
“tanto del mundo de la política pública como del sector privado”, y su objetivo
es “garantizar la seguridad global y la prosperidad en una era de transformación
económica y política, ofreciendo puntos de vista y soluciones prácticas a
quienes toman decisiones”.
El International Republican Institute, “no-partidista”, está profundamente
implicado en Irak y está presidido por John McCain; su objetivo es “garantizar
la libertad y la democracia en el mundo desarrollando los partidos políticos,
instituciones cívicas, elecciones abiertas, la buena gobernanza y el estado de
derecho”. El National Democratic Institute for International Affairs,
organización sin ánimo de lucro presidida por la Antigua Secretaria de Estado
Madeleine Albright, trabaja para “reforzar y extender la democracia en el
mundo”. El Washington Institute for Near East Policy, que se autodeclara
bipartidista, aunque sea de extrema derecha, dice “garantizar una comprensión
equilibrada y realista de los intereses americanos en Oriente Medio [así como]
promover un compromiso americano en Oriente Medio.”
La comisión Baker-Hamilton también pidió consejo a exfuncionarios y a
celebridades de institutos homologados de investigación y política pública,
tales como el Council on Foreign Relations, la Brookings Institution, la Rand
Corporation y el American Enterprise Institute. Cualesquiera que fueren sus
tendencias políticas, lo cierto es que muy pocos de los colaboradores, asociados
y patronos de estos centros de política cuestionaron de forma rigurosa los
costes y beneficios sociales, políticos o económicos del imperio para los EEUU y
para el mundo. Sus desacuerdos y debates versan sobre el mejor modo de afianzar,
sacar provecho y proteger al imperio.
Subrayando que el papel de los EEUU es único en un mundo en el que pocos
problemas pueden resolverse sin ellos, la Secretaria de Estado, Condoleezza
Rice, afirma que “nosotros los americanos nos comprometemos en política exterior
porque debemos, no porque queramos, hacerlo, y es una sana disposición: la de
una república, no la de un imperio”. El Secretario de Defensa Gates dice que los
EEUU deben mantener su “libertad de acción en los asuntos globales comunes y su
acceso estratégico a importantes regiones del mundo para mantener nuestras
necesidades de seguridad nacional”, lo que supone mantener un contingente
económico global preparado para el acceso a las fuentes de energía.
Ni siquiera las censuras centristas ponen en entredicho el apoyo incondicional
de Washington a Israel. Lo mismo que los neocons, rechazan sin pestañear
cualquier relación entre el marasmo iraquí y el impasse israelí-palestino. Ambos
se oponen a la sugerencia del informe Baker-Hamilton de que los US “no pueden
conseguir sus objetivos en Oriente Medio a menos que se ocupen directamente del
conflicto árabe-israelí y de la inestabilidad regional”. Demócratas y
republicanos están igualmente determinados a incrementar operaciones encubiertas
en Irán, respaldadas con la amenaza de un bloqueo económico total o una acción
militar.
Ninguno de los candidatos a la presidencia propone una alternativa a la
responsabilidad imperial, como no sea, acaso, la suavización de la retórica
moralizante y mesiánica en los contenciosos con Irán, China, India y la Rusia
resurgente, cuatro naciones con formas de capitalismo no experimentadas y
nacionalmente condicionadas. Ninguno de los dos candidatos se ha privado
realizar estancias en capitales extranjeras para dejar testimonio de la
genuinidad de su determinación imperial.
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(*)Arno J. Mayer es un prestigioso historiador norteamericano, profesor emérito en
la Universidad de Princeton.
Traducción para www.sinpermiso.info: Anna Garriga Tarrés.
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