Los republicanos, en condiciones normales un partido minoritario en el
Congreso, pasaron a dominar la agenda política (la Nueva Guerra Fría, la
rebelión contra los impuestos, la guerra a las drogas, etc.), y se mostraron
capaces de orientar la reestructuración de las funciones gubernamentales
(abolición de la ayuda federal directa a las ciudades, uso deliberado de la
deuda para impedir el gasto social, etc.).
La respuesta de los demócratas a la revolución de Reagan en 1981 no fue
la de una resistencia de principios, sino la de una cobarde adaptación
acomodaticia. Los "Nuevos Demócratas" bajo Bill Clinton (cuyo modelo
personal era Richard Nixon) no solo institucionalizaron las políticas
económicas de Nixon-Reagan, sino que a veces superaron a los republicanos en
su celo por poner en práctica la doctrina neoliberal, como fue el caso con
las cruzadas de Clinton en favor de la "reforma" de las políticas de
bienestar (consistente, en realidad, en crear más pobreza) o en favor de la
reducción del déficit y de la firma de como el un acuerdo NAFTA [Tratado de
Libre Comercio de la América del Norte (EEUU, México y Canadá), por sus
siglas en inglés], sin derechos laborales.
Aunque el núcleo de la clase obrera del New Deal siguió proporcionando el
60% de los sufragios del Partido Demócrata, la política del partido se
orientó de todo punto conforme a la obnubilación de los Clinton con las
elites de la "nueva economía", con los reyezuelos de la industria del
entretenimiento, con la prosperidad de las conurbaciones residenciales, con
los yuppies gentrificadores y, por supuesto, con el mundo entero según
Goldman Sachs. Las cruciales deserciones de los votantes demócratas en favor
de Bush en 2000 y 2004 tuvieron que ver menos con la manipulación
republicana de los "valores familiares" que con el entusiasmo de Gore y
Kerry con una globalización que había resultado devastadora para un
sinnúmero de fábricas y zonas industriales.
Paradójicamente, lo que las elecciones de esta semana auguran es tanto un
realineamiento como una continuidad.
Los republicanos sabrán ahora lo que significó 1968 para los demócratas.
Victorias azules [el color de los demócratas] en antiguos bastiones rojos
[el color de los republicanos] significarán incursiones asombrosas en el
corazón del territorio enemigo, comparables a los éxitos conseguidos, hace
más de una generación, por George Wallace y Richard Nixon en el norte
étnicamente blanco, en los territorios del sindicato CIO [Congreso de
Organizaciones Industriales, por sus siglas en inglés]. Paralelamente, el
infernal matrimonio a la desesperada entre Palin y McCain apunta al
inminente divorcio entre los fieles de la megaiglesia y los pecadores de los
country clubs. La coalición de Bush, construida por el genio
rufianesco de Karl Rove, está en plena descomposición.
Y lo que es más importante aún: decenas de millones de votantes han
invertido el veredicto de 1968, optando esta vez por la solidaridad
económica antes que por la división racial. En realidad, estas elecciones
han sido un plebiscito virtual sobre el futuro de la consciencia de clase en
los EEUU, y el sentido del voto –gracias, especialmente, a las mujeres
trabajadoras— es una extraordinaria vindicación de las esperanzas
progresistas.
No puede decirse lo mismo del candidato demócrata, respecto del cual no
deberíamos hacernos la menor ilusión. Aun cuando la crisis económica y la
particular dinámica de campaña en los estados con peso industrial obligaron
finalmente a Obama a prestar atención a los puestos de trabajo, su
"socialismo" ha sido demasiado exquisito como para percatarse de la enorme
indignación pública suscitada por el criminal rescate bancario, o siquiera
para criticar a las grandes petroleras (como sí hizo un McCain
intermitentemente populista).
En términos políticos: ¿cuál sería la diferencia, si hubiera ganado
Hilary Clinton? Tal vez un plan de asistencia sanitaria pública un poquitín
mejor, pero, en lo demás, el resultado es prácticamente el mismo. En
realidad, podría hasta argüirse que Obama es más prisionero del legado de
Clinton que los propios Clinton.
Al acecho para definir sus 100 primeros días se halla ya un equipo de
estadistas de Wall Street, de imperialistas "humanitarios", de operadores
políticos de sangre helada y de republicanos "realistas" reciclados que
darán un pálpito de entusiasmo a los corazoncitos del Consejo de Relaciones
Exteriores y del Fondo Monetario Internacional. A pesar de las fantasías de
"esperanza" y de "cambio" proyectadas en la atractiva máscara del nuevo
presidente, su administración estará dominada por bien conocidos y mejor
preprogramados zombies del centroderecha. Clinton 2.0.
Confrontado con la nueva Gran Depresión inducida por la globalización,
huelga decirlo, el barco del estado norteamericano, cualquiera que sea la
tripulación, pondrá proa al mundo conocido
En mi opinión, sólo tres cosas son extremadamente probables:
La primera: no hay la menor esperanza de que aparezca por generación
espontánea un nuevo New Deal (o, para lo que aquí importa, un liberalismo de
izquierda rooseveltiano), sin el fertilizante proporcionado por masivas
luchas sociales.
La segunda: tras el efímero Woodstock que supondrá la inauguración de
Obama, millones de corazones quedarán rotos por la incapacidad de la
administración para gestionar la bancarrota y el desempleo masivos y para
poner fin a las guerras en el Oriente Medio.
La tercera: puede que los bushitas estén muertos, pero la derecha
nativista vomitadora de odio (señaladamente, la tendencia de Lou Dobbs
(2) no está mal situada para experimentar un espectacular renacimiento
cuando fracasen las soluciones neoliberales.
El gran desafío para las pequeñas organizaciones de la izquierda es el de
ser capaces de anticipar esa previsible decepción de las masas y de entender
que nuestra tarea no consiste en hallar la forma de "mover a Obama hacia la
izquierda", sino en buscar la manera de rescatar y reorganizar unas
esperanzas destrozadas. El programa de transición no puede ser otro que el
del socialismo mismo.
******
Notas T.: (1) Jim Crow era el nombre del sistema radical
segregacionista que funcionó principalmente, pero no sólo, en los estados
meridionales y fronterizos de los EEUU entre 1877 y mediados de los años 60
del siglo XX. (2) Lou Dobbs es un célebre locutor de la cadena
televisiva CNN, conocido, entre otras cosas, como el "azote mediático de la
inmigración ilegal en EEUU". Su soez demagogia, su impertinente agresividad
y su capacidad para comunicar odio y resentimiento contra cualesquiera
valores políticos y morales progresistas y humanistas, cumple un papel
parecido al que podría representar en España el locutor Federico Jiménez
Losantos desde la cadena radiofónica COPE, propiedad de la Iglesia Católica
española.
(*)Mike Davis es miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO .
Traducidos recientemente al castellano: su libro sobre la amenaza de la gripe aviar ( El monstruo llama
a nuestra puerta , trad. María Julia Bertomeu, Ediciones El Viejo Topo, Barcelona, 2006), su libro sobre
las Ciudades muertas (trad. Dina Khorasane, Marta Malo de Molina, Tatiana de la O y Mónica Cifuentes
Zaro, Editorial Traficantes de sueños, Madrid, 2007) y su libro Los holocaustos de la era victoriana
tardía (Universidad de Valencia, Valencia, 2007). Sus libros más recientes son: In Praise of Barbarians:
Essays against Empire (Haymarket Books, 2008) and Buda's Wagon: A Brief History of the Car Bomb (Verso, 2007; traducción castellana en prensa en la editorial El Viejo Topo). Actualmente, está escribiendo un libro sobre ciudades, pobreza y cambio global.