(IAR
Noticias)
08-Noviembre-08
El apocalipsis financiero no ha terminado. Se está transformando en recesión
global. Y todo indica que vamos hacia una Gran Depresión. Por espectaculares
que sean, las medidas adoptadas en Europa y en Estados Unidos no van a
provocar el final de las dificultades. Lo admitió el propio Henry Paulson,
Secretario del Tesoro estadounidense: "A pesar de nuestro gran plan de
rescate, más instituciones financieras van a ir a la quiebra".
Por Michael Hudson -
Counterpunch
Traducción para www.sinpermiso.info: Ernest Urtasun Domènech
El pasado viernes, 24 de octubre, la libra
esterlina cayó hasta $1,58 (una caída desde un valor de $1,73 a principios de
semana, una caída enorme para un tipo de cambio de divisa), y el euro se hundió
hasta $1,26 mientras el Yen Japonés se elevaba un 10%. Estos cambios amenazaron
con perturbar el desarrollo de los mercados de exportaciones y de ahí los
esquemas de las ventas industriales. Las bolsas extranjeras cayeron entre el 5%
y el 9%, y hubo negociaciones para cerrar Wall Street si el Dow Jones caía más
de 1000 puntos. La actividad previa a la apertura vio como el índice del “Dow
Jones Industrial Average” cayó hasta el límite máximo de los 550 puntos (en gran
parte por las ventas extranjeras), antes de remontar hasta perder “solamente”
312 puntos mientras el dólar se revalorizaba frente a las divisas europeas.
La confusión que creó la cotización monetaria y la caída de la bolsa fue un
típico caso de pollos volviendo a casa a cobijarse de la política de guerra de
clases iniciada por la industria europea y asiática y la reducción del mercado
de consumo interior de la banca (es decir, de los niveles de vida de los
trabajadores) en beneficio de la producción de la exportación hacia los Estados
Unidos. La contradicción interna en esta guerra industrial y financiera parece
ahora clara: la consecuencia de su éxito reduciendo los ingresos del trabajo es
la asfixia del mercado interior de consumo de bienes. Ello perturba el
desarrollo de la ley de Saw, el principio según el cual la “producción crea su
propia demanda”, basado en el supuesto de que los trabajadores serán y deberán
ser pagados lo suficiente para que compren lo que producen.
Eso no ha sido así desde hace muchos años en Europa y Asia. Pero la producción
ha sido capaz de continuar sin vacilaciones gracias a un deux ex machina
internacional: el consumo en los Estados Unidos.
No significa eso que no exista una guerra de clases en los Estados Unidos.
Efectivamente, los niveles de riqueza para la mayoría de los asalariados han
caído en relación a la “edad de oro” desde finales de los setenta. Pero la
economía norteamericana tenía su propio deus ex machina para aguantar el golpe:
la inflación de los precios de los activos de Alan Greenspan que inundó a los
bancos con crédito prestable a los compradores de viviendas y a los
especuladores bursátiles. El aumento del precio de las viviendas era aplaudido
como una “creación de riqueza” como si fueran un auténtico activo, como si
recompensas en forma de dividendos aparecieran en las cuentas corrientes de todo
el mundo.
Los compradores de casas era animados a usar el aumento marginal de su
patrimonio, el aumento (temporal) de los precios del mercado de sus viviendas
por encima de su deuda hipotecaria (permanente). Así, mientras el grueso del
dinero de las hipotecas era usado para subir el precio de la propiedad
inmobiliaria, alrededor de un cuarto del nuevo préstamo se usaba para el consumo
de bienes. La deuda de las tarjetas de crédito también aumentó. Frente a una
reducción de sus ingresos, los consumidores norteamericanos mantenían sus
niveles de vida a través de un endeudamiento cada vez mayor.
Eso no podía durar mucho. Las burbujas de la deuda financiera no pueden durar
más que algunos años, incluso cuando son mantenidas por una retroalimentada
inflación de los precios de los activos a partir de los cuales los propietarios
de casas y la empresa industrial toma prestado más y más dinero a costa del
aumento de precio de su garantía. Pero una vez reventada la burbuja financiera,
el juego terminó.
El juego terminó no solo para la economía norteamericana, sino también para las
economías extranjeras que destinaron su producción industrial a servir el
mercado de los Estados Unidos en lugar de satisfacer a sus propios mercados. Un
frenazo industrial global amenaza, y seguirá haciéndolo hasta que se recompongan
los mercados interiores extranjeros, lo contrario de la tendencia seguida por la
generación de políticas neoliberales hostiles al mundo del trabajo.
Para entender las dinámicas que actúan, uno tiene que fijarse en la balanza de
pagos, no tanto en la balanza comercial misma, sino más bien en la especulación
monetaria, el préstamo internacional y el arbitraje que ha dominado los índices
de cambio monetario durante las dos últimas décadas. Los índices de cambio
monetarios ya no reflejan niveles de riqueza relativos; tampoco “paridades de
poder de compra”, ni tampoco el coste de la vida. Hoy reflejan, por un lado, el
flujo de la absorción de crédito internacional allí donde los tipos de interés
son bajos, y el de préstamo, allí donde el crédito es limitado, así como, por el
otro, la cobertura del arbitraje y la especulación sobre la cotización de las
divisas.
De esta forma la balanza de pagos y el valor de la divisa han sido
“post-industrializados” igual que las economías nacionales. En lugar de promover
el crecimiento industrial basado en un mercado interior próspero, los gobiernos
de todo el mundo han perseguido una estrategia financiera “post-industrial” de
“creación de riqueza”.
La crisis del yen japonés: pagar por el “carry trade”
En ninguna otra parte este fenómeno se ha producido con más fuerza que en Japón,
cuya economía ha permanecido inactiva desde el estallido de la burbuja en 1990.
Desde entonces, y durante 17 años, el precio del suelo bajó, así como los
precios bursátiles, y como consecuencia de ello, también la garantía que cubría
los préstamos. Eso dejó rápidamente a los bancos japoneses en números rojos. La
respuesta del Banco de Japón fue idear una manera de reconstruir sus balances,
de encontrar un camino para salir de los préstamos intoxicados que anteriormente
produjeron.
La política no fue la de resucitar el vacilante mercado interior en Japón o sus
compañías industriales. Desde 1945 hasta 1985, los japoneses tenían un sistema
bancario industrial modélico. Pero en 1985 los diplomáticos norteamericanos
conminaron a Japón al suicidio. Enfurecidos por el importante éxito de la
industria japonesa, los gobernantes americanos exigieron a su sumiso socio
japonés que aumentara el tipo de cambio del yen –para hacer las propias
exportaciones menos competitivas— y que, en su debido momento, inundara su
propia economía con crédito –para reducir los tipos de interés—, permitiendo así
a la Reserva Federal Norteamericana inundar el mercado estadounidense con
suficiente crédito barato como para darle una pátina de prosperidad a la
Administración Reagan. Esta política, anunciada en el llamado Acuerdo del Hotel
Plaza de 1985, permitió al economista David Hale bromear sobre un Banco del
Japón convertido en el distrito decimotercero de la Reserva Federal y en un
Gobierno japonés trocado en Comité de reelección republicano.
Japón, así pues, inundó su economía con crédito, bajando los tipos de interés e
hinchando la burbuja financiera más grande del mundo en los años ochenta. La
bolsa también se disparó, reflejando el aumento de las ventas industriales y las
ganancias japonesas. Pero tras el pinchazo de la burbuja el 31 de diciembre de
1989, las deudas hipotecarias y las reservas que los bancos japoneses tenían en
sus reservas de capital se quedaron cortas para cubrir el pasivo. Para rescatar
a los bancos, el gobierno japonés les animó a enrolarse en lo que se acabó
llamando el carry trade: dar ofrecer libérrimamente crédito en yenes a
instituciones financieras extranjeras a unos tipos de interés considerablemente
bajos, permitiendo a dichos prestamistas convertirlo en otras divisas para
comprar bonos y otros activos a un interés mayor. Si el mercado interior japonés
carecía de prestatarios solventes, que presten a los extranjeros. Una nueva
fuente de ingresos apareció para los bancos: en lugar de conceder créditos al
mercado interior inmobiliario e industrial, los intereses bajos les permitían
inundar a la economía mundial con más crédito. Lo que contribuyó a que las
finanzas globales se llenaran de especuladores e intermediarios financieros que
vieron la oportunidad de subirse a las ganancias del arbitraje.
Los tipos de interés para tomar créditos seguían altos en Japón. Tal y como me
describió recientemente el veterano observador del Japón Richard Werner (autor
de Príncipes del Yen), “mientras las pequeñas empresas japonesas iban siendo
destruidas por la continuada negativa de los bancos a expandir el crédito
(muchos presidentes de pequeñas empresas fueron destituidos por tener que vender
un riñón con que subvenir a las exigencias de los tiburonescos acreedores que
les asediaban), los especuladores extranjeros recibían grandes cantidades de
fondos en yenes a un precio miserable”. El negocio que amagaba tras la creación
de este crédito consistía en que los exportadores japoneses recibían ayudas en
la medida en que la conversión del yen en divisas extranjeras reducía el tipo de
cambio. (El crédito en yenes era “suministrado” a los mercados globales de
divisas, era gastado para comprar y, por consiguiente, empujaba al alza el
precio de euros, dólares, libras esterlinas y otras divisas).
Así que el yen permaneció deprimido, ayudando a la ventas japonesas de bienes de
consumo, mientras los tomadores de crédito extranjeros podían subirse a su
propia ola inflacionaria del precio de los activos. Los especuladores podían
tomar prestado a un tipo de interés bajo en Japón, convertir su deuda en divisa
extranjera y prestarla a países desesperados en busca de crédito, como Islandia,
a un tipo cercano al 15 por ciento.
Cientos de billones de dólares, euros y libras valorados en yenes era tomados en
préstamo y debidamente convertidos en divisas extranjeras para dejarlos en
préstamo, creando beneficios. Los árbitros hicieron billones de dólares actuando
como intermediarios financieros generando ingresos gracias al margen abierto por
el hiato entre el bajo cote de la compra de yenes y los altos tipos del cambio
de divisas. Como escribió hace un año Ambrose Evans-Pritchard en el Financial
Times, “el Banco de Japón mantuvo los tipos de interés a cero durante seis años,
hasta Julio de 2006, para evitar la deflación. Incluso ahora, los tipos están
solo al 0,5 por ciento. También inyectó alrededor de $12 billones en liquidez
por la vía de imprimir mensualmente dinero destinado a la compra de bonos. El
efecto neto ha sido una masiva fuga de dinero hacia la economía global.
Enfrentados a un lastimoso rendimiento en casa, los fondos japoneses y las
abuelitas ahorradoras mandaron sus ahorros al exterior. Bancos, hedge funds y la
proverbial señora Watanabe [el ama de casa que llegó simbolizar al inversor
individual japonés ávido de rendimientos; T.], todos eran capaces de tomar
prestado por nada en Tokyo para no dejar escapar activos en el exterior. BNP
Paribas calcula que este carry trade era de alrededor de $1,2 billones.
Todo ello dependía de la capacidad de los prestamistas para continuar cabalgando
libremente. Ahora que el banquete ha terminado, el modelo postindustrial japonés
rescatar del sector bancario vuelve a casa a cobijarse. Lo está haciendo de
manera que pone claramente de manifiesto el inherente conflicto entre el
capitalismo financiero y el capitalismo industrial. Mientras que la expansión
industrial debe en teoría continuar (y puede continuar haciéndolo mientras los
mercados estén en paz con la producción) las burbujas de la deuda terminan,
normalmente de forma violenta como vemos hoy en día. Ahora que Islandia está en
bancarrota, parece que Hungría seguirá su ejemplo.
En la medida en que los mercados globales de divisas no ofrecen ya las fáciles
elecciones de la pasada década, el carry trade del yen se deteriora a la baja.
Lo que trae consigo la reconversión en yenes de la divisa islandesa, del euro,
de la libra y de otras divisas no japonesas a fin de satisfacer las deudas con a
los bancos japoneses. Este reembolso, que entraña una reconversión al yen, está
haciendo subir el precio de la moneda japonesa. Lo que amenaza con encarecer a
las exportaciones japonesas en relación al dólar, al euro y a la libra. La
semana pasada, Sony previó que sus ingresos caerían como consecuencia de ello, y
otras compañías japonesas afrontan una reducción similar de sus ventas, no sólo
por la subida del cambio yen/dólar, sino también por la desaceleración global
resultante de dos décadas de políticas tan profinancieras y como hostiles al
mundo del trabajo.
Evans-Pritchard acusó acertadamente a los bancos centrales del mundo de haber
creado este desorden. “Fueron ellos (es decir , los gobiernos) quienes
intervinieron de incontables y complejas maneras para rebajar el precio del
crédito global hasta niveles distorsionaban que el comportamiento, como ha
señalado en repetidas ocasiones el Banco Internacional de Pagos. Fijando un
precio del dinero demasiado bajo, han estimulado el endeudamiento y penalizado
el ahorro. Los mercados se han limitado a responder con su habitual exuberancia
a esta señal distorsionadora. El capital privado estuvo tentado de lanzar una
“opa” a un cambio de liquidez por deuda del 5,4 porque la deuda era
extremadamente barata. El nivel de ahorro norteamericano se volvió negativo
porque los tipos de interés se mantenían por debajo de la inflación”. Más
acertado habría sido hablar aquí de inflación del precio de los activos. Las
ganancias de los estratos más altos de la pirámide económica trajeron consigo la
polarizaron de las economías. Lo que quedó para la base que representa el 90%
fueron deudas, no ganancias fundadas en el aumento del precio de los activos a
partir de dinero fácil.
Los de abajo financian a la economía norteamericana del goteo
La subida del yen y la caída del cambio de las divisas internacionales son el
resultado de deshacer la estrategia japonesa del carry trade para rescatar a sus
bancos. La industria japonesa pagará la factura. Y a pesar de la caída de la
libra y del euro, la política europea de reforzar las exportaciones hacia el
mercado norteamericano, en vez de robustecer el poder de compra de sus propios
trabajadores en el mercado interno, parece errónea a la vista de la inminente
desaceleración económica esperada. El gasto en consumo en los EEUU y los niveles
de vida caerán (y parece que de forma veloz) para financiar la economía de
“goteo” o “derrame” procedente de los de arriba. La actual política del Tesoro
es la de rescatar a los acreedores, no a los deudores. Los bancos están siendo
salvados, pero no la industria norteamericana, y en ningún caso los sueldos y el
consumo americano. En lugar de establecer un gasto deficitario keynesiano con
objeto de incrementar el empleo (con inversión pública en bienes y servicios,
infraestructuras y pagos en transferencias), el Tesoro y la Reserva Federal
están concediendo dinero a los bancos para que éstos se compren entre sí,
consolidando en EEUU un sistema financiero de estilo europeo, concentrado tan
sólo en algunos grandes bancos. Por esta vía, el sistema financiero se
monopolizará y creará grandes grupos, derrumbando dos siglos de política
económica destinada a prevenir el dominio financiero de la economía.
Pero es evidente que ninguna cantidad de dinero concedido a los bancos “goteará”
o se “derramará” hacia abajo. Lo que, en cambio, se producirá es la
transferencia hacia arriba más importante de dinero de los últimos setenta años.
La política de dar dinero a los sectores más ricos (hoy en día, el sector
financiero) convierte a la economía del goteo en un eufemismo debido a la
concentración de riqueza. Se pretende que la economía norteamericana necesita de
un sector financiero y de una propiedad saludables para que la economía “real”
vuelva a “despegar”. Pero un sector financiero más fuerte vendiendo más deuda al
conjunto de la economía amenaza resultar disuasorio para la recuperación, para
no hablar de un nuevo despegue.
Previendo el inminente encogimiento del mercado norteamericano, prestamistas e
inversores están vendiendo masivamente sus acciones a un precio más bajo, y no
sólo las de compañías norteamericanas, sino también acciones en sectores de
exportación europeos y asiáticos. Esta es la contradicción interna de la
operación actual de rescate financiero. Las finanzas por sí mismas no pueden
sobrevivir al lado de una economía real asfixiada.
Así que el mundo debería estar en un momento de inflexión ideológica. Pero la
última cosa que la oligarquía europea quiere ver son mayores niveles de ingreso
en el mundo del trabajo. Tampoco la clase financiera americana. Europa y Asia
orientaron su fe hacia el mercado de consumo norteamericano, descuidando el
propio. Al sector financiero le pareció atractivo el sistema mientras el consumo
fuera financiado a través de la deuda, no a través del aumento de los salarios o
de la reducción de impuestos al trabajo. Los dirigentes políticos e industriales
en todo el mundo han sido tan hostiles al trabajo, que nadie piensa ya en una
recuperación de los niveles de vida nacionales a través de un aumento de los
salarios y de un cambio en las cargas fiscales soportadas actualmente por el
trabajo y la industria en beneficio de la propiedad, en un cambio que reviviera
el espíritu de las tradicionales políticas fiscales progresivas.
Razón por la cual es imposible volver a un pasado considerado como una suerte de
condición natural que pudiera ser recuperada. Cuando Alan Greenspan inundó el
mercado hipotecario con crédito, los propietarios de viviendas tomaban prestado
con garantía sobre el aumento del precio de la vivienda como si sus casas fueran
huchas. La diferencia, sin embargo, es que cuando uno hace un retiro de una
cuenta bancaria hay menos dinero en ella, pero no hay deuda de por medio que
absorba los ingresos futuros en forma de programas de refinanciación. Los
préstamos hipotecarios han dejado una deuda residual que ahora ha trocado en
quiebra técnica (1) de muchos hogares y en préstamos sin satisfacer. Eso dejará
menos margen para el consumo: el gasto en consumo caerá porque, en primer lugar,
no hay más acceso al crédito hipotecario fácil o al crédito de las tarjetas de
crédito; en segundo lugar, a causa de la deflación de la deuda, en la medida en
que los consumidores tienen que devolver préstamos anteriores, lo que reduce
otras formas de gasto; y en tercer y último lugar, porque la menor actividad
económica y la pérdida de puestos de trabajo conllevan una caída en los ingresos
salariales.
Niveles más bajos de consumo significan menos ventas para los industriales
norteamericanos y extranjeros, especialmente en aquellos en países cuya divisa
aumenta en relación al dólar (por ejemplo, Japón). Menores ventas significan
menos ingresos, lo que significa menores precios de las acciones en los mercados
de valores. Y en los propios mercados de valores, la razón precio/ingresos cae a
medida que el crédito que alimentaba la especulación financiera a través de los
fondos hedge y otras especulaciones se reduce. Así que la combinación de la
caída de la razón precio/ingresos con ingresos decrecientes significa la
disminución del denominador (ingresos) que hay que multiplicar por los precios
(ingresos capitalizados al tipo de interés del momento).
Las caídas de los precios bursátiles están reduciendo la cobertura de los fondos
de pensión (así como cuentas personales de jubilación), necesitando mayores
cantidades en reserva para financiar dichas cuentas. En la perspectiva de la
reducción del crédito bancario, ello reducirá el nuevo gasto empresarial en
infraestructura, ralentizando la economía.
Mientras los exportadores extranjeros se despiertan bruscamente del sueño de la
demanda americana, ¿cuándo llegará el momento en el que Asia y Europa intenten
reconstruir su propio mercado interior de consumo como alternativa? El primer
problema es el de superar el sesgo ideológico doctrinalmente imperante en los
bancos centrales en un mundo como el presente, en el que los políticos han
renunciado a la política económica en favor de banqueros entrenados en la
Escuela Financiera de Chicago para librar una guerra contra el mundo del
trabajo, y aun contra la industria. Sería mucho, probablemente, esperar de los
gestores del Banco Central Europeo de hoy y de sus compadres de la alta gestión
económica ejecutiva que cambien su ideología neoliberal hostil al trabajo; sería
demasiado esperar de ellos que se percaten de que, sin un próspero mercado
interior, sus propias compañías industriales languidecerán. La solución sólo
puede venir de un revitalizado movimiento político que represente los intereses
del trabajo y aun de los propios industriales conscientes de la necesidad de
reconstruir los mercados interiores.
******
NOTA T.: (1) La "negative equity" se traduce aquí por "quiebra técnica" por ser
la única voz del léxico económico con tradición castellana que se acerca al
significado original en inglés. Pero la locución inglesa es propiamente
intraducible, a causa de las diferencias legislativas. Mientras que cuando en
los EEUU se deja de pagar una hipoteca lo único que puede hacer la institución
financiera acreedora es subastar el bien inmobiliario y quedarse con el dinero
de la subasta, en la legislación hispánica, si el dinero conseguido en la
subasta no basta para cubrir la hipoteca, la institución financiera puede
proceder al embargo de otros bienes del deudor –incluida la nómina—, hasta
cubrir el total de lo adeudado. "Negative equitiy" es la situación que se
produce cuando el precio del inmueble cae por debajo de la deuda hipotecaria:
quien tiene entonces un problema es la institución financiera tenedora de los
títulos hipotecarios. Mientras el deudor norteamericano en situación de "negative
equity" tiene abierta la posibilidad de soltar el bien inmobiliario de consuno
con la hipoteca, los deudores europeos e hispánico se hallan, en cambio, en
situación de "quiebra técnica": deben más de lo que vale el bien por el que está
endeudado y no tienen otra salida que seguir satisfaciendo esa deuda.
(*)Michael Hudson es ex economista de Wall Street especializado en balanza
de pagos y bienes inmobiliarios en el Chase Manhattan Bank (ahora JPMorgan Chase
& Co.), Arthur Anderson y después en el Hudson Institute. En 1990 colaboró en el
establecimiento del primer fondo soberano de deuda del mundo para Scudder
Stevens & Clark. El Dr. Hudson fue asesor económico en jefe de Dennis Kucinich
en la reciente campaña primaria presidencial demócrata y ha asesorado a los
gobiernos de los EEUU, Canadá, México y Letonia, así como al Instituto de
Naciones Unidas para la Formación y la Investigación. Distinguido profesor
investigador en la Universidad de Missouri de la ciudad de Kansas, es autor de
numerosos libros, entre ellos Super Imperialism: The Economic Strategy of
American Empire. |