(IAR
Noticias)
07-Noviembre-08
El sistema capitalista ha demostrado en numerosas ocasiones –particularmente
cuando se conjuga con ausencia de organización social y sindical que se
enfrente a la lógica del beneficio– un peculiar “virtuosismo”: una enorme
capacidad para privatizar ganancias y para socializar pérdidas. Esa es una
de las principales características de la crisis económica actual.
Por Nacho Álvarez y Bibiana Medialdea (*)- Espacio Alternativo
E sta crisis estalla sobre un terreno ya abonado de derrotas y retrocesos
laborales. La ofensiva neoliberal contra las conquistas históricas del
trabajo –desarrollada tanto por los gobiernos de derechas como por aquellos
que se reclamaban de la izquierda– se traduce desde principios de los años
ochenta en medidas de privatización, apertura externa de las economías,
liberalización, recorte del gasto público y de las partidas sociales,
erosión de la legislación laboral y desreglamentación del mercado de
trabajo.
Estas medidas –junto con el elevado desempleo que caracteriza a las
economías de los países desarrollados desde los años setenta– suponen la
quiebra en la capacidad reivindicativa de los asalariados, el avance
galopante de la precariedad laboral, congelación salarial y una enorme caída
del peso de los salarios en la renta nacional (que pasan en las últimas tres
décadas del 70% al 58% en la UE, y del 67,9% al 54,5% en el caso español).
Los asalariados llevamos ya treinta años pagando la crisis. Llueve sobre
mojado.
Sobre este retroceso laboral permanente es sobre el que recae la crisis
actual, que ya ha trascendido el campo de las finanzas para comenzar a
afectar seriamente a la “economía real”. Y, si no tejemos una resistencia
social y sindical que lo remedie, también seremos los trabajadores quienes
paguemos los platos rotos en esta ocasión, dado el proceso de socialización
de pérdidas en curso.
El pinchazo de la burbuja inmobiliaria en 2007 supone ya un primer e
importante golpe para aquellas economías en las que el sector de la
construcción actuaba de motor económico (como EE.UU. o España, donde este
sector emplea a un grupo de población particularmente vulnerable, los
inmigrantes). Pero además, este pinchazo arrastró a numerosas entidades
financieras, las que concedieron hipotecas subprime y las que contaban con
este tipo de hipotecas de mala calidad incrustadas de forma oculta en sus
balances. El resultado es que numerosas entidades han entrado en crisis de
solvencia (quiebras) y que en general cunde una crisis de confianza, lo que
se traduce en una enorme contracción del crédito otorgado por los bancos. El
sistema está seco de liquidez en este momento.
El crédito es una mercancía fundamental en la economía actual: engrasa el
funcionamiento económico permitiendo el desarrollo de las operaciones de
inversión, comercio y consumo. La fuerte contracción del crédito ha frenado
en seco los préstamos a empresas y particulares, así como la financiación
del comercio, cortocircuitándose con ello el crecimiento económico. En el
segundo trimestre de 2008, comparativamente al trimestre precedente, el PIB
de Japón se ha contraído un 0,7%, el de Alemania 0,5%, el de Francia el 0,3%
y el del conjunto de la zona euro el 0,2%. Todo apunta a que la crisis
tendrá una importante magnitud y una prolongada duración.
Los efectos que esta crisis tiene y tendrá sobre el mundo del trabajo son
muy importantes: aumento de los despidos y de los expedientes de regulación
de empleo, incremento del paro, congelación salarial y por tanto incremento
de la desigualdad entre las rentas del capital y las del trabajo, presiones
para recortar los gastos sociales y los servicios públicos, y para redoblar
los esfuerzos por privatizar los sistemas públicos de pensiones, etc.
Además, la gestión de la crisis desplegada por los principales gobiernos de
la OCDE, entre ellos el de Zapatero, no hace sino redoblar esta tendencia de
socialización de las pérdidas derivadas de la crisis, a costa de los
trabajadores. Los diversos gobiernos –tratando de ser bomberos cuando antes
fueron pirómanos– ponen cientos de miles de millones de euros a disposición
precisamente de aquellas entidades financieras que más se beneficiaron con
la especulación financiera, llegando incluso a “nacionalizar” algunas de
ellas (eso sí, sin participación ni capacidad de control en los consejos de
administración). Sin embargo, los inmensos planes de rescate, financiados
con dinero público, y por tanto fundamentalmente extraído de las rentas de
los asalariados, no tienen ninguna contrapartida que nos blinde a los
trabajadores ante la crisis. De hecho, los despidos y la congelación
salarial son los “ajustes” con los que las empresas saldrán de la crisis.
Esta crisis y el proceso de socialización de pérdidas que supone,
evidencian, una vez más, la incapacidad de la lógica capitalista –basada en
la rentabilidad privada– de satisfacer las necesidades sociales. La ecuación
es muy sencilla: si las ganancias de las últimas décadas se las apropió un
reducido estrato social, a costa precisamente de erosionar nuestras
condiciones de vida, no podemos permitir que las pérdidas sean ahora
asumidas también por los trabajadores. Sencillamente, porque nuestras vidas
valen más que sus beneficios.
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(*)Los autores son economistas y militantes de Espacio Alternativo.
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