Sólo una acción
anticapitalista puede enfrentar el derrumbe.
Por
Jorge Altamira - Prensa Obrera
El diario Le Monde no se anduvo con vueltas, el lunes 27, a la hora de
graficar el estado de la economía mundial: luego de anunciar en tapa, con
título catástrofe, que las bolsas habían perdido la friolera de 25 billones
de dólares desde su punto más alto, en las páginas interiores aportó una
conclusión aún más lapidaria: "Los mercados bursátiles, chupados por el
vacío". Los diarios ingleses del día siguiente le disputaban también la
primera página con la noticia de que las pérdidas bancarias y financieras ya
llegaban a los 2,8 billones de dólares. Hasta el Financial Times se metía en
esta competencia ‘catastrofista' para mostrar que detrás de las bolsas de
Indonesia y Rusia - que habían perdido el 95 y el 76% de su capitalización-
había una larga fila de países cuyos mercados de capitales se estaban
desintegrando. Nouriel Roubini, el economista que más se ha destacado en los
análisis de la crisis, había pedido unos días antes el cierre temporal de
las bolsas en todo el mundo.
Aceptar esta medida, como un último recurso para detener la bancarrota de
los capitales internacionales, equivale a proclamar la abolición de la
economía de mercado. Al señalar un pronóstico del banco J.P. Morgan, de que
el PBI de los países desarrollados caería un 4% anual en el trimestre en
curso, el editorialista del Financial Times, Martin Wolf, comenta: "Dada la
virtual desintegración del sistema bancario mundial, la fuga hacia activos
seguros, la carencia de crédito para la economía real, el colapso de las
acciones, la turbulencia en los mercados de divisas, la continua caída
abrupta de los precios inmobiliarios, el veloz retiro de dinero de los
fondos de cobertura y el colapso en marcha del llamado ‘sistema bancario en
las sombras', estos pronósticos lucen optimistas. El resultado el próximo
año podría ser bastante pe! or". Una volatilización semejante de las
relaciones de crédito y una desvalorización de capitales de esta magnitud -
que sigue sin encontrar su piso- es, como acaba de confesarlo el
vicepresidente del Banco de Inglaterra, la mayor crisis "en la historia de
la humanidad".
Estampida en los fondos de inversiones
Las medidas extraordinarias de
rescate adoptadas por los bancos centrales y las Tesorerías del Estado "no
han detenido la turbulencia" (Financial Times, 29/10). No se ha logrado
siquiera restituir la normalidad en el mercado intra-bancos o monetario,
donde se piden tasas de interés considerablemente por encima de las fijadas
por los bancos centrales. Los llamados inversores están retirando en masa su
dinero de los fondos de cobertura y de los fondos de capitales privados (el
llamado ‘sistema bancario en la sombra'), responsables por la mayor parte
del mercado de derivados que maneja arriba de 550 billones de dólares. Las
deudas pendientes que dejó el quebrado Lehman Brothers aún continúan sin
saldarse e incluso se encuentran en disputa los montos en juego. El español
Santander se ha visto obligado a responsabilizarse por los títulos de Lehman
Brothers que colocó entre su clientela, pero solamente por el valor que
registraban en la víspera de la declaración de bancarrota. La maniobra de la
automotriz Porsche de comprar Volkswagen elevó las acciones de ésta en un
147%, lo cual ha llevado a la quiebra a los numerosos fondos que habían
apostado a la baja, porque descontaban un derrumbe de Volkswagen debido a la
caída de la demanda mundial de automóviles. Estos fondos mueven inversiones
sesenta veces superiores al monto de su capital.
Tsunami en la periferia De cualquier manera, la liquidación de capitales que
acompaña a toda crisis financiera llegó a su punto más alto en la semana que
acaba de transcurrir, debido a la masiva salida de capitales de los ‘países
emergentes'. Tres grandes figurones de las finanzas mundiales aparecieron en
la semana para pedir un urgente rescate de estas naciones, en cuyo derrumbe
disciernen el peligro de una liquidación del comercio internacional. En
efecto, éste ha sido el tópico que movilizó a William Rhodes, Jeffrey Sachs
y George Soros, quienes reclaman que China y Japón le compren deuda al FMI
para que éste salga a rescatar a los Estados periféricos. Las monedas de
estos países se están, virtualmente, licuando. En el caso de Rusia, los
oligarcas más poderosos, como el zar del aluminio, Oleg Deripaska, están a
punto de perder sus emporios; el caso men! cionado, el de Rusal, es uno de
los número uno del mundo. La burocracia rusa se ve en la tarea de
reestatizar las empresas que había privatizado, colocando al Estado -ahora
en su forma capitalista- en el lugar que ocupaba -en forma no capitalista-
el viejo régimen. El FMI, desahuciado hasta hace poco porque no tenía a
quién rescatar con su abundante dinero, se encuentra de repente solicitado
para operaciones de rescate que superan largamente los fondos en su poder.
Pero la expectativa de que China salga a rescatar al FMI es completamente
infundada: las noticias de pérdidas cuantiosas por parte de capitales
chinos, debido a sus inversiones en los activos ‘tóxicos', obligan a China a
reservar sus fondos para consumo interno. La crisis ya ha obligado al cierre
de la mitad de las fábricas de juguetes de la industrializada provincia de
Guandong. Los fondos soberanos de China han perdido enormes sumas, como
consecuencia de sus inversiones en capitales europeos y norteamericanos, en
los primeros meses de la crisis actual.
En el derrumbe de la periferia opera naturalmente la caída de los precios de
las materias primas, pero también el desplome de la bicicleta financiera,
que consistía en tomar prestado en Japón, a menos del uno por ciento de
interés, e invertir por ejemplo en Brasil, que pagaba cerca del 20% en el
mercado interbancario y muchísimo más en las operaciones de crédito interno.
O invertir en el negocio hipotecario en Estados Unidos. El fin de esta
bicicleta y la apreciación del yen ha provocado una estampida de capitales
de la periferia y la caída estrepitosa de sus monedas. El anuncio del Banco
de Japón -de que reducía su tasa de interés de referencia del 0,5 al 0,25%
(acompañado por una medida similar de la Reserva Federal)- desató el
miércoles la euforia en Nueva York, que durará lo que un soplido. Dentro de
poco, solamente les quedará el recurso a los tipos de interés negativo.
Crisis política y lucha de clases
Es indudable que la inminencia de las
elecciones norteamericanas y el traspaso del gobierno a Obama desplazan la
expectativa política y financiera a la acción del nuevo gobierno
norteamericano. Pero esto mismo ha vuelto a paralizar a la Unión Europea y
ha renovado los choques internos. Luego de varias décadas de estudios acerca
de cómo enfrentar la crisis, los pilotos de tormenta del capital no saben
qué hacer. El ex banquero Alan Greenspan acaba de producir una autocrítica
por haber procedido como había recomendado Keynes en la víspera de la crisis
del '29, cuando la reivindicación de Keynes se ha convertido en la mayor
moda mundial. Contra la opinión más frecuente del progresismo, es claro que
la crisis no une a los capitalistas.
La prensa no quiere registrar las crecientes manifestaciones de lucha que
están protagonizando los trabajadores en todos los países, desde Rusia,
España, Italia, Estados Unidos hasta Argentina. Es el momento de la acción:
las reivindicaciones elementales de las masas -al trabajo, a la comida, a la
jubilación, a la vivienda- chocan verticalmente con las medidas de rescate
al capital. Sobre la base de estas reivindicaciones, los trabajadores se
organizarán cada vez más, como un poder rival al capital en desintegración.
No hay salida sin un ataque decisivo al capital, porque la crisis exige,
para defender a los trabajadores, la nacionalización sin indemnización de la
banca, el monopolio estatal del comercio exterior, la prohibición de
suspensiones, despidos o desalojos. Hay que tomar iniciativas en esta línea.