Clarín
Desde la perspectiva de las encuestas nacionales -y de la "encuesta de
encuestas" que ensayan algunos medios como CNN- la campaña presidencial
estadounidense que culminará el martes parece haberse convertido en la clase de
puja que uno no puede ganar (John McCain) a menos que el otro contendor (Barack
Obama) cometa el error de su vida y la pierda. Si esto no sucede, que la Casa
Blanca vuelva a tener un ocupante demócrata es una posibilidad abrumadoramente
mayoritaria.
¿Tiene aún esperanzas fundadas McCain cuando está no menos de siete puntos
porcentuales detrás de Obama en los principales sondeos? El está convencido de
que se puede ganar y, entre otros casos, cita el del demócrata John Kerry
derrotado en el 2004 por George W. Bush quien en esa oportunidad obtuvo su
segundo mandato. Kerry mantuvo en las últimas semanas una ventaja de dos puntos
porcentuales para luego perder en el voto popular.
McCain y los suyos están ahora dedicados a una alquimia que pretende arrancar
algún estado azul (demócrata) y a evitar que Obama le birle los estados
colorados (republicanos). No es más sencillo que lo que hacían los alquimistas
de la antigüedad: transformar cualquier metal en oro.
Pero el 2008 no es el 2004. Lo de Obama -impecable proyección de una imagen de
estrella de cine en la política y eficiente apropiador de contribuciones
económicas- se parece en este tramo final a una profecía a punto de cumplirse a
sí misma. El clima es de victoria demócrata en ciernes y, después de embestir
contra Obama desde cualquier ángulo -socialista que pretende repartir la
riqueza, inexperto para asumir el gobierno de la hiperpotencia, amigo de
terroristas, como el profesor Bill Ayers ex militante de los insurgentes
Weathermen en los 60 y 70- McCain tiene poco que mostrar como resultado.
Obama ha tenido más suerte con argumentos más sencillos. Retratar a McCain como
un adlátere de George W. Bush y de sus políticas resultó menos agresivo y más
cierto que las andanadas del candidato republicano. Prometer una reforma
impositiva que equilibre las cargas entre sectores sociales y a favor de los
menos opulentos es atractivo en estos tiempos de tormenta económica y social.
Lo que McCain no ha podido lograr es que la sociedad olvide que sólo en lo que
va de este año Estados Unidos ha perdido más de 700.000 puestos de trabajo en lo
que lo expertos describen como el inicio de un proceso de destrucción laboral.
Tampoco que un ejecutivo gana hoy un 90% más que el empleado en el otro extremo
de la jerarquía empresaria ni olvidar que esa diferencia, hace 25 años, era de
menos del 20%.
Cualquiera de las fórmulas que triunfe el martes en las urnas -McCain-Sarah
Palin; Obama-Joe Biden)- la tarea que deberá encarar es ciclópea tan sólo para
evitar que los augurios más oscuros, una reiteración de la devastadora crisis
que se inició el 29, no se vuelvan realidad. Y quizá como parte de ese proceso
le toque conducir la forzada renuncia al rol de hiperpotencia -la definición es
del antiguo canciller socialista francés Hubert Vedrine- que se autoasignó
cuando la implosión de la URSS.
Un pensador posmoderno definiría este hecho como prueba de que Jean François
Lyotard tuvo razón cuando escribió que la humanidad había perdido la fe en las "metanarrativas"
de la historia -aquellas organizadas en función de consignas totalizadoras, como
libertad, etcétera- y que ahora sólo quedaba la incertidumbre como materia de
toda decisión humana. Si la consigna de la metanarrativa de Estados Unidos fue
la del faro de la democracia -que mantenía encendido una república de leyes,
como lo definió John Adams- que iluminaba y guiaba a todo el planeta hay que
convenir que esa luz se ha vuelto, por ahora, mortecina en el mejor de los
casos.
Una pregunta que conviene hacerse para no creer que esto es una suerte de gran
espectáculo que la historia está ofreciendo a quienes estamos geográficamente
distantes del epicentro de esa crisis económica y social: 'Puede algún habitante
del alguna región o nación del planeta declararse inmune a lo que está
sucediendo en Estados Unidos y creer que puede permanecer al margen de la
decisión que los votantes estadounidenses adopten el martes? La respuesta es
breve: no.