istóricas, transformacionales: estos son los adjetivos de que se han hecho uso
y abuso para describir las selecciones de 2008. ¿Qué historia se está haciendo y
qué se está transformando? Hay respuestas cortas y largas para estas dos
preguntas.
La respuesta corta
es que nunca en la historia de Estados Unidos un negro ha estado tan cerca de
ganar la presidencia. Independientemente de lo que suceda el 4 de noviembre,
Barack Obama ya ha hecho historia. Si gana, como indican las encuestas actuales,
Obama haría HISTORIA.
La respuesta corta
a la segunda pregunta es que, en dependencia del resultado de la votación y con
una gran ayuda del colapso de la economía mundial, estas elecciones podrían
significar el fin de una era caracterizada por un modo especialmente salvaje de
la política y la economía. No estoy hablando ni remotamente acerca del “fin del
capitalismo” o del regreso del Sr. Smith a Washington o incluso del eclipse de
la hegemonía norteamericana o de la muerte de los mitos del Destino Manifiesto y
del excepcionalismo norteamericano.
En el mejor de los
casos podemos esperar lo que los expertos en estadística llaman la “regresión al
promedio”, una tendencia hacia el centro, el modo de la política y la economía
que prevaleció en Estados Unidos antes de que el Imperio contraatacara y
nuestros líderes abandonaran la razón. Quiero decir menos choque y
sobrecogimiento y más poder suave e inteligente; menos capitalismo salvaje y más
social democracia en su forma más diluida y disfrazada. Cuando más, pudiera
significar el fin de Estados Unidos como la “nación correcta”, el país
reaccionario que se separa del listado de democracias capitalistas.
La evidencia de eso nos lleva a las respuestas largas. Los republicanos han
estado en la Casa Blanca durante 28 de los últimos 40 años. Sin embargo, la
ascendencia del Partido Republicano ha sido menos significativa que la casi
monolítica dominación ideológica de la derecha durante las últimas cuatro
décadas. Después de todo, los dos demócratas que vivieron en la Ave.
Pennsylvania No. 1 600 durante esa era
--Jimmy Carter y Bill Clinton-- representaaban a la centro-derecha de su partido
y gobernaron fundamentalmente desde esa posición. Los dos presidentes
republicanos más importantes --Ronald Reagan y en especial George W. Bush-- han
gobernado desde la derecha dura. Por tanto, desde la presidencia de LBJ hemos
estado bajo variantes de conservadurismo, desde el “lite” (Ford, Carter, Bush I,
Clinton) hasta el duro (Reagan, Bush II).
Para algunos analistas, la larga era ideológica de Reagan (1980-?) ya ha
terminado; llegó a su fin en algún momento de los últimos años, quizás en 2006,
cuando los demócratas ganaron el control del Congreso. ¿Y qué? De hecho, los
demócratas han sido incapaces de deshacer el daño provocado por los republicanos
--en el caso de Irak, las libertades civilles o cualquier otra cosa, al haber
estado bloqueados por Bush, las reglas del Senado, un Tribunal Supremo dominado
por la derecha y sus propios temores e insuficiencias. Las elecciones de 2008
revelarán si el 2006 fue un presagio o, si gana John McCain, apenas un destello
en la pantalla del radar.
Pero es más importante comprender eso que el hecho de que el éxito republicano
siempre ha tenido que ver menos con la ideología que con la solidaridad. Hay un
infinito número de estudios que demuestran que las actitudes de los
norteamericanos acerca de casi todos los temas son más liberales en la
actualidad que en la década de 1960. Entonces, ¿qué les sucedió a los
demócratas?
La solidaridad los derrotó, y con eso quiero decir la solidaridad
racial. El Partido Republicano obtuvo un dominio total en muchas localidades y en toda
una región porque los demócratas apoyaron el movimiento de los derechos civiles,
no porque los norteamericanos de pronto desarrollaran un amor por Adam Smith
según lo interpretaron Ayn Rand, Newt Gingrich y George W. Bush. El problema de
Kansas y la clase media y trabajadora blancas no es fundamentalmente acerca de
Dios, armas de fuego y gays; es que los republicanos convencieron a suficientes
blancos de que ellos eran el partido dispuesto y capaz de proteger sus
decrecientes privilegios raciales ante una “discriminación al revés”. Más una
nación racista que una nación derechista. Considérenlo simplista si quieren. Yo
lo considero la “navaja de Ockham”
(i)
Por lo tanto, una
victoria de Barack Obama sería transformacional en dos sentidos, pero
definitivamente de forma más racial que ideológica. Barack Obama no es ningún
socialista, por supuesto, pero tampoco está una milla a la derecha del Papa,
como sí lo están Bush y McCain..
El racismo continuará, no importa quién gane el próximo martes, pero estas
elecciones dirán mucho acerca de si es válido hablar de este país como racista.
Si Obama gana, el adjetivo sería relegado al cesto de basura –y por buenas
razones. Igualmente claro sería si McCain sacara una victoria de la manga. ¿Qué
otra explicación que no sea la raza en caso de una victoria de McCain, ya que a)
el revoltijo que han formado los republicanos con todo, incluso con su propio
campo de juego (Wall Street) y su propio dios (la ideología de
laissez-faire);
b) el talento, carisma y potencial de Obama, comparados con la campaña mediocre
de su oponente y la carencia total calificación de la candidata republicana a la
vice presidencia; y c) la casi unanimidad de las encuestas unos pocos días antes
de las elecciones (ver más adelante)?