(IAR Noticias) 28-Octubre-08
Por
Antoni Domènech
(*)-
Revista Sin Permiso
K arl.- ¿Viste, viejo, que este chico, Joseph Stiglitz, anda diciendo por ahí
que el colapso de Wall Street equivale al desplome del muro de Berlín y del
socialismo real?
Adam.- No es para estar contentos, ni tú ni yo. Y tú, menos aún que yo,
Carlitos.
Karl.- Hombre, a cuenta del suicidio del capitalismo financiero, mi nombre
vuelve a estar en boga, mis libros, según informa The Guardian, se agotan.
Hasta los más conservadores, como el ministro de finanzas alemán, reconocen
que en mi teoría económica hay algo que aún merece la pena tener en cuenta…
Adam.- … no me vengas ahora con mezquinas vanidades académicas post mortem,
Carlitos, que en vida jamás te abandonaste a ellas. Yo hablo en un sentido
más fundamental, más político. Ninguno de los dos puede estar contento, y,
te repito, tú menos todavía que yo.
Karl.- ¿Y eso?
Adam.- El “socialismo real” que se construyó en tu nombre no tenía nada que
ver contigo. Pero al menos, tú sí que te llamaste “socialista”. Yo, en
cambio, ¡ni siquiera me llamé nunca a mí mismo “liberal”! Eso del
“liberalismo” es una cosa del siglo XIX (la palabra, como sabes, la
inventaron los españoles en 1812), y van y me lo endosan a mí, un tipo que
murió oportunamente en 1793. ¡Es ridículo! ¿Cómo va a afectarme eso?
Karl.- Ya veo por dónde vas. Quieres decir que ni el desplome del muro de
Berlín ni el colapso del capitalismo financiero en 2008 tienen mucho que ver
ni contigo ni conmigo, pero que, aun así, nos cargan el muerto.
Adam.- Exactamente. Pero en tu caso es peor, Carlitos: porque tú sí te
dijiste socialista, y el socialismo real, quieras que no, contaminó al
ideario socialista. A mí me importa un higo que fracase el “liberalismo”,
cualquier liberalismo. No tendré que explicarte a ti, precisamente, uno de
mis discípulos más inteligentes, que ni mi teoría económica ni mi filosofía
moral tenían nada que ver con el tipo de ciencia económica, positiva y
normativa, que empezó a imponerse en tus últimos años de vida, eso que tú
aún alcanzaste a llamar “economía vulgar” y que tanto gustó a los liberales
de impronta decimonónica.
Karl.- Desde luego; tú y yo fuimos aún clásicos. Luego vino esa caterva
vulgar de neoclásicos, incapaces de distinguir nada.
Adam.- Por ejemplo, entre actividades productivas e improductivas, entre
actividades que generan valor y riqueza tangible y actividades económicas
que se limitan a recoger rentas no ganadas (rentas derivadas de la propiedad
de bienes raíces, rentas derivadas de los patrimonios financieros, rentas
resultantes de operar en mercados no-libres, monopólicos u oligopólicos).
Nunca ha dejado de impresionarme la agudeza con que elaboraste críticamente
algunas de estas distinciones mías, por ejemplo, en las Teorías de la
plusvalía.
Karl.- Es evidente. Tú hablaste repetidas veces de la necesidad imperiosa de
intervenir públicamente en favor de la actividad económica productiva. Eso
es lo que para ti significaba “mercado libre”; nada que ver con el
imperativo de parálisis pública de los liberales y de los economistas
vulgares, incapaces de distinguir entre actividad económica generadora de
riqueza y actividad parasitaria buscadora de rentas.
Adam.- En mi mercado libre los beneficios de las empresas de verdad
competitivas y productivas y los salarios de los trabajadores de esas
empresas ni siquiera tendrían que tributar. En cambio, para mantener un
mercado libre en mi sentido, los gobiernos tendrían que matar a impuestos a
las ganancias inmobiliarias, a las ganancias financieras y a todas las
rentas monopólicas…
Karl.- … es decir, a todo lo que, después de darme a mí por perro muerto, y
en tu nombre, Adam, ¡en tu nombre!, se ha hecho que dejara prácticamente de
pagar impuestos en los últimos 25 años. ¡Hay que joderse!
Adam.- ¡Hay que joderse, Carlitos! Porque lo que yo dije es que una economía
verdaderamente libre, al tiempo que estimulaba la producción de riqueza
tangible, podía generar, gracias entre otras cosas a un tratamiento
fiscalmente agresivo del parasitismo rentista y de su pseudoriqueza
intangible, amplios caudales públicos que podrían ser destinados a servicios
sociales, a la promoción del arte y de la ciencia básica –que es, como el
arte, incompatible con el lucro privado—, a establecer una renta básica
universal e incondicional de ciudadanía, como quería mi coetáneo Tom Paine,
etc. Ya ves, Carlitos, yo, que no pasé de ser un modesto republicano whig de
mi tiempo, ahora, si no me falsificaran cuatro profesorcillos más perezosos
aún que ignorantes, y si se me leyera con conocimiento histórico de causa,
hasta podría pasar por un peligrosísimo socialista de los tuyos. Y te diré,
si ha de quedar entre nosotros, que, visto lo visto, la vuestra me resulta
una compañía bastante grata…
Karl.- En realidad, toda tu ciencia, como la de tantos republicanos
atlánticos de tu generación, estaba puesta al servicio del principio
enunciado por el gran florentino malfamado, a saber: que no puede florecer
la libertad republicana en ningún pueblo que consienta la aparición de
magnates y gentilhuomini, capaces de desafiar a la república. Y si lo ves
así, la falsificación en tu caso es aún peor que en el mío: el “socialismo
real” abusó aberrantemente de la palabra “socialismo”, dando pie a la
refocilación general de todos mis enemigos; ¡pero es que tú ni siquiera
llegaste a enterarte de qué era eso del “liberalismo”!
Adam.- Quien no se consuela es porque no quiere, Carlitos. Lo cierto es que
lo que ha pasado en los 30 últimos años en el mundo va en contra de todo lo
que tú y yo, como economistas y como filósofos morales, queríamos. Mira a
estos pobres españoles, inventores del término “liberalismo”. A ti y a mí
nos importaba, sobre todo, la distribución funcional del producto social
(eso que ahora tratan de medir con el PIB): pues bien, la proporción de la
masa salarial en relación al PIB no ha dejado de bajar en España, y ha
seguido bajando incluso después de que volviera a asumir el gobierno en 2004
un partido sedicentemente marxista hasta hace muy poco…
Karl.- Sí, sí, un horror. Pero el caso es que cuando estos chicos,
supuestamente, me dejaron a mí por ti, y pasaron a llamarse
“social-liberales” a comienzos de los 80, lo que hicieron fue una cosa que
te habría puesto a ti también los pelos de punta. Fíjate que no sólo
retrocedió la proporción de la masa salarial en relación con el PIB, sino
que, en la España del pelotazo y el enrichisez-vous de Felipe González, lo
mismo que en la Argentina de “la pizza y el champán” de Menem y en casi todo
el mundo, los beneficios empresariales propiamente dichos empezaron a
retroceder también en relación con la parte que en el PIB desempeñaban las
rentas inmobiliarias, las rentas financieras y las rentas monopólicas…
Adam.- ¡Cómo nos han jodido, Carlitos!
Karl.- No desesperes, Adam. La historia es caprichosa, y ¿quién sabe?, a lo
mejor, ahora, hasta empiezan a tomarnos en serio. Fíjate que le acaban de
dar el Premio Nobel a un chico bastante espabilado que desde hace años
estudia la competición monopólica y rescata a Chamberlain y a Keynes, esos
muchachos que al menos se esforzaron por entendernos, a ti y a mí, en los
años 30 del siglo XX y que querían proceder a la “eutanasia del rentista”…
Adam.- Yo fui un republicano whig bastante escéptico, Carlitos. No viví el
movimiento obrero del XIX y del XX y la epopeya de su lucha por la
democracia. No puedo entregarme tan fácilmente al Principio Esperanza de aquel
famoso discípulo tuyo, ahora, por cierto, casi olvidado.
|