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Seymour Hersh
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Reveló la masacre de My Lai, los
bombardeos secretos de Nixon en Camboya, el papel de la CIA en el
derrocamiento de Allende y ha acosado a Bush y Cheney por el abuso contra
los prisioneros de Abu Ghraib. No es de extrañar que los republicanos
describan a Hersh como “la cosa más cercana que tiene el periodismo
norteamericano a un terrorista”.
Por Rachel Cooke -
The Observer, Gran Bretaña
Con bastante frecuencia, un famoso actor o productor contactará a Seymour
Hersh, con la intención de hacer una película sobre su más famosa historia: su
revelación de la masacre de My Lai, en 1969, en la que una patrulla
estadounidense irrumpió en un aldea de Vietnam del Sur y, al encontrar sólo a
ancianos, mujeres y niños, se entregó a una orgía de disparos, cuchilladas y
violaciones masivas. El relato le significó un Premio Pulitzer y aceleró el fin
de la guerra de Vietnam.
Después de My Lai, Hersh fue contratado por "The New York Times" para seguir
la pista del escándalo Watergate, una historia que había sido lanzada por un
periódico rival, "The Washington Post". Aunque fueron Bob Woodward y Carl
Bernstein quienes revelaron el significado de la irrupción en el edificio
Watergate, Hersh se convirtió en uno de las más duros críticos de Nixon y dio a
conocer historias de cómo el gobierno había apoyado el golpe de Pinochet en
Chile, en 1973; bombardeado secretamente a Camboya y utilizado a la CIA para
espiar a enemigos domésticos. Su libro de 1983 sobre Nixon, "El precio del
poder", es definitivo.
Su reciente libro sobre la "guerra contra el terrorismo", "Cadena de mando",
está basado en una serie de artículos que escribió para la revista "New Yorker".
Entre otras cosas, Hersh nos cuenta allí de los torpes esfuerzos para capturar a
Osama bin Laden en Afganistán; de los dudosos tratos comerciales del super
halcón Richard Perle, un artículo que condujo a la renuncia de Perle como jefe
de la oficina de política de defensa del Pentágono. (Hersh sostuvo que Perle
mezcló indebidamente sus negocios con su influencia en la política exterior
estadounidense cuando se reunió con el vendedor de armas saudita Adnan Khashoggi
en 2003. Perle amenazó con querellarse, pero prefirió optar por un extraño
silencio).
La huella de Abu Ghraib
Hersh también escribió sobre de qué manera los famosos intentos de Sadam
Hussein para comprar uranio en África, denunciados por el Presidente Bush en su
discurso sobre el estado de la nación en 2003, eran una ficción. La historia más
impactante, sin embargo, fue su triple andanada sobre el abuso contra
prisioneros iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib.
Hersh fue el primero que reveló la magnitud de estas torturas y siguió
cuidadosamente la línea de responsabilidad hasta los peldaños más altos de la
administración. "En cada reportaje sucesivo", escribe David Remnick, editor del
"New Yorker", en su introducción al libro, "se hace claro que Abu Ghraib no fue
un ‘incidente aislado’, sino más bien un intento concertado del Gobierno y el
liderazgo militar para burlar las convenciones de Ginebra a fin de extraer
inteligencia en contra de la insurgencia iraquí".
Se dice que Bush afirmó ante el entonces Presidente de Pakistán, Pervez
Musharraf, que Hersh era un "mentiroso"; después de su tercer reportaje, un
vocero del Pentágono anunció que Hersh no había hecho más que "lanzar un montón
de basura contra la pared y espera que alguien separe lo que es real". A
comienzos de este año, el periodista volvió su atención hacia Irán: al deseo de
Bush de bombardear este país y las operaciones encubiertas que realiza allí
Estados Unidos. Ahora se enfoca en Siria, donde estuvo recientemente. Dice que
en los días finales de la administración Bush es mucho más fácil reunirse con
contactos (Cheney, el vigilante, es menos poderoso) y la información que está
obteniendo es buena. Por coincidencia, fue en Siria donde escuchó por primera
vez sobre lo que ocurría dentro de la prisión de Abu Ghraib, mucho antes de que
viera evidencias documentadas. "Me contacté con una persona en Irak después de
la caída de Bagdad, un hombre del antiguo régimen. Vino a Siria en taxi.
Conversamos durante cuatro días y una de las cosas de las que hablamos fue el
tema de las cárceles. Me dijo que algunas de las mujeres encarceladas estaban
enviando mensajes a sus padres y hermanos pidiéndoles que fueran a matarlas
porque habían sido ultrajadas Por lo que cuando me enteré por primera vez de las
fotografías supe que eran reales ( )".
El colapso de la prensa
Cuatro décadas separan My Lai de Abi Ghraib. En 1970, después de su historia
sobre My Lai, Hersh habló ante una manifestación contra la guerra y le pidió a
un veterano que subiera al escenario y le contara a la multitud qué es lo que
hacían algunos soldados cuando regresaban a sus bases tras un día recogiendo a
sus heridos. El traumatizado veterano describió cómo pasaban en vuelo rasante
sobre los campesinos y a veces los decapitaban con las aspas de los
helicópteros. "Así es la guerra", dice Hersh. "La pregunta es, ¿cómo se escribe
sobre eso? ¿Cómo se le cuenta eso al pueblo estadounidense? Pero, como sea, es
mejor intentarlo que quedarse callado". Lo que realmente impresiona a Hersh es
la cómplice docilidad y, de hecho, el virtual colapso, de la prensa
estadounidense desde el 11 de septiembre de 2001. Desdeña sobre todo el fracaso
de los medios en cuestionar las "evidencias" acerca de las así llamadas armas de
destrucción masiva de Sadam. "Cuando veo ahora el ‘New York Times’ me siento
choqueado Ingresé (al diario) en 1972 y llegué con la marca de Caín sobre mí,
porque yo estaba claramente en contra de la guerra. Pero mi editor, Abe
Rosenthal, me contrató porque le gustaban las historias ( ). Por algún motivo,
los periodistas ahora no son capaces de conseguir historias. Me asombraba ver
cuántas personas buenas y racionales, gente a la que respeto, apoyaron ir a la
guerra en Irak. Y me asombraba la cantidad de personas que pensaban que se puede
ir a la guerra contra una idea".
Periodismo y sicoanálisis
Seymour M. Hersh nació en Chicago, hijo de inmigrantes de lengua yiddish
originarios de Lituania y Polonia. La familia no era rica; su padre, que murió
cuando Seymour tenía 17 años de edad, manejaba un lavaseco. Estudió derecho en
la universidad local, pero abandonó sus estudios e ingresó como reportero a
Associated Press. Allí fue ascendiendo hasta que renunció para trabajar con el
senador demócrata Eugene McCarthy. Pero pronto regresó al periodismo. "Usar
palabras para hacer que otras personas se sientan menos grandes me hace sentir a
mí más grande aunque no quiero explorar la dimensión sicológica de eso", señala.
Su esposa Elizabeth, a quien define como "el amor de mi vida" en la dedicatoria
de "Cadena de mando" y con quien tiene tres hijos crecidos, es sicoanalista.
"¿Ella nunca le habla sobre su ego?".
Hersh se nota incómodo: "No, no el matrimonio es diferente. Lo más duro para
ella es cuando me dice que saque la basura y yo le digo ‘¿perdón? No tengo
tiempo. Estoy salvando al mundo’". Sin embargo, después me dice que el
periodismo consiste, como el sicoanálisis, "en sacar fuera las cosas".
Una mañana en My Lai
Era un reportero freelance cuando supo lo de My Lai. Un abogado militar le
comentó que un soldado estaba enfrentando una corte marcial en Fort Benning,
Georgia, por asesinar a lo menos a 109 civiles vietnamitas. Hersh viajó a esa
base militar y no dejó piedra sin remover hasta que dio con el paradero del
teniente William L. Calley. Hablaron por más de tres horas. Calley le dijo que
sólo había seguido órdenes, pero igual le contó lo sucedido: más tarde resultó
que soldados de la Undécima Brigada habían matado esa mañana a 500 o más
civiles. Pronto, 36 diarios publicaron la historia firmada por Hersh. Otros, sin
embargo, no lo hicieron, entre ellos "The New York Times", pese al hecho de que
el abogado de Calley había confirmado su contenido. El relato causó no sólo
horror, sino también incredulidad. Hersh, sin embargo, no cejó. "Para la tercera
historia encontré a este tipo sorprendente, Paul Meadlo, de una pequeña ciudad
de Indiana; un muchacho campesino, que de hecho había matado a muchos niños
vietnamitas, probablemente a 100 personas. Siguió disparando y disparando y al
día siguiente le volaron una pierna y le dijo a Calley mientras lo atendían:
‘Dios me ha castigado y ahora te castigará a ti’". Hersh escribió esto, CBS puso
a Meadlo en las noticias de la televisión y finalmente la historia ya no pudo
ser ignorada. Al año siguiente, 1970, obtuvo el Premio Pulitzer.
Aciertos versus errores
¿Cómo opera Hersh? Como siempre lo ha hecho: todo se basa en contactos. Al
revés de Bob Woodward, cuyos recientes libros sobre Irak han incluido largas
conversaciones con el Presidente Bush,
Hersh busca sus datos más abajo en la cadena alimenticia. Woodward fue de
aquellos que se convencieron de que en Irak había armas de destrucción masiva.
"Él reportea arriba", dice Hersh. "Yo no lo hago porque pienso que es más bien
inútil. Me reúno con personas a las 6 de la mañana, en algún lugar,
informalmente". ¿Son en su mayoría personas a las que ha conocido por mucho
tiempo? "No. Yo busco personas nuevas". Sus críticos apuntan a lo que consideran
su uso excesivo de fuentes no identificadas. Tuvo un bajón en los años noventa,
cuando preparaba un libro sobre Kennedy, "El lado oscuro de Camelot". Se le
mostraron documentos que afirmaban que Kennedy estaba siendo chantajeado por
Marilyn Monroe y, aunque descubrió que eran falsos y tuvo tiempo para eliminar
toda referencia a ellos en su libro, el daño a su reputación ya estaba hecho y
los críticos de todas maneras lo destrozaron por su descripción de Kennedy como
un adicto sexual y bígamo. En 1974 acusó al embajador de Estados Unidos en
Chile, Edward Korry, de participar en un complot de la CIA para derrocar al
Presidente Allende. Algunos años más tarde,
Hersh tuvo que escribir una larga corrección; salió en la portada del "New
York Times". Sus partidarios, sin embargo, creen que sus errores debieran ser
siempre puestos en el contexto de su tasa de aciertos. Un ex periodista del
"Washington Post", Scott Armstrong, lo dijo una vez de la siguiente manera:
"Supongamos que
Hersh escribe una historia sobre un elefante que golpea a alguien en un
cuarto oscuro. Si era un camello, o tres vacas ¿qué diferencia hace? Estaba
oscuro y se suponía que no tenía que estar allí ( )".
¿Qué otra cosa voy a hacer?
¿Le preocupa que a veces lo describan como "el último reportero
norteamericano"? ¿Quién viene después de él? Hersh tiene más de 70 años de edad
es un año menor que John McCain, aunque no lo representa- y no puede seguir para
siempre. ¿O puede? La mayoría de los reporteros arrancan hambrientos pero en
algún lugar del camino quedan saciados. No
Hersh. "Tengo información, tengo gente que confía en mí. ¿Qué otra cosa voy a
hacer? Me gustan el golf y el tenis, y si fuera lo bastante bueno sería
profesional. Ya que no lo soy ¿qué otra cosa voy a hacer? ¿Por qué no debiera
ser enérgico? Nuestro país está en riesgo. Nunca habíamos tenido una situación
como esta. Estos hombres han arruinado completamente a Estados Unidos. ¡Es tan
deprimente mi oficio!". ¿Le gusta ganar dinero? "¿Está bromeando? ¡Claro que me
gusta!".
En su oficina está enmarcado un memorando que Lawrence Eagleburger y Robert
McCloskey enviaron a Henry Kissinger, entonces su jefe en el Departamento de
Estado, fechado el 24 de septiembre de 1974. Dice: "Creemos que Seymour Hersh
pretende publicar nuevas afirmaciones sobre la CIA en Chile. No se detendrá en
esta campaña. Usted es su blanco final"