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![[Hungary economy]](http://s.wsj.net/public/resources/images/NA-AT381C_Hunga_D_20081022224816.jpg) |
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Una casa de cambios de divisas en Budapest. (Foto Reuters) |
Ya no hay refugio donde guarecerse. La teoría del desacople -según la cual
los países emergentes podrían, por una vez, amortiguar el impacto de la crisis
financiera de EE UU y Europa- ha saltado por los aires.
Por M. Jiménez
y A. Bolaños
- El País, España
Países de Europa del
Este, Latinoamérica y Asia han visto desplomarse sus Bolsas, sus bonos y sus
divisas. Algunos han tenido que pedir ayuda al Fondo Monetario Internacional
(FMI), mientras que otros, como Brasil o México, intervienen para defender sus
monedas.
La impresión general de que la nacionalización de los fondos de pensiones
privados en Argentina obedece a las dificultades financieras del país ha
provocado un efecto en cascada. El fantasma del impago ha disparado la prima de
riesgo de la deuda de los países emergentes hasta su máximo en seis años y ha
acelerado la depreciación de sus monedas.
Las grandes economías emergentes afrontan la retirada masiva de capitales de
inversores, que necesitan dólares para cubrir sus devaluadas posiciones en los
mercados de valores y deuda de países avanzados. Además, las perspectivas de una
recesión en las economías industrializadas ha provocado una fuerte caída del
precio de las materias primas, claves en la balanza comercial y financiera de
buena parte de los emergentes.
La fuga de capitales, la especulación o el pánico se ha cebado con monedas
como las de Brasil, México, Turquía, Hungría, Polonia o Corea del Sur, lo que ha
llevado a algunos de esos países a salir en defensa de sus divisas.
Brasil tuvo que sacar la artillería pesada y anunciar una intervención masiva
en el mercado de divisas. Su banco central, que ya ha destinado este mes unos
18.000 millones de euros a la defensa de la cotización del real, ha decidido
gastarse otros 40.000 millones. El mero anuncio dio un respiro al real, que aun
así pierde un 28% de su valor frente al dólar en tres meses. El banco central
mexicano también elevó el jueves a unos 10.500 millones de euros la cifra empleada en
defender a su moneda, que acumula una devaluación del 26%. Incluso Chile, la
economía más estable de la región, padece los rigores de la crisis: el precio
del cobre, su principal producto de exportación, cae un 57% por el enfriamiento
de la demanda mundial.
Los países emergentes afrontan esta crisis en mejor situación que otras
veces, pero la acumulación de reservas y el superávit exterior son mucho más
abultados en Asia y los productores de petróleo árabes que en Latinoamérica y
Europa del Este.
Precisamente, los países del antiguo bloque soviético son el otro foco de
preocupación. Bielorrusia crecía aún al 10,6% a principios de año. Pero su
expansión, basada en las exportaciones de materias primas y el endeudamiento
para alimentar inversiones y consumo, se enfrenta a un drástico parón. Acaba de
lograr un préstamo de 1.800 millones de Rusia y es el último país en sumarse a
la lista de peticiones de ayuda al FMI, porque apenas cuenta con 4.000 millones
de reservas cuando debe pagar en 2009 casi 3.000 millones en intereses de deuda.
Ucrania también negocia con el Fondo un crédito de 12.000 millones para evitar
el colapso de su sistema bancario. Hungría, Islandia y Pakistán también han
recurrido al FMI.
La presión sobre los países emergentes dio el jueves otra vuelta de tuerca cuando
la agencia Standard & Poor's anunció que estudia bajar la calificación de la
deuda de Rusia. El Ejecutivo de Dimitry Medvedev ha tenido que desembolsar ya
200.000 millones de euros para afrontar la crisis (con inyección de capital a
los bancos incluida). Y la sangría de reservas (24.000 millones de euros en dos
semanas) para sostener al rublo se acelera, minando una posición que se creía
inexpugnable (con 480.000 millones de euros, Rusia es el tercer país con más
reservas, sólo tras China y Japón).
Las dificultades por las que pasan varios países para sostener la cotización
de sus monedas ha devuelto cierto protagonismo al FMI, cuya actividad fue casi
nula (sus préstamos no llegaron a 1.600 millones) en 2007. Ahora, el Fondo pone
a prueba su nuevo credo: menos condiciones a los receptores de los préstamos y
más facilidades para devolverlos.