Esto es precisamente lo que ha ocurrido en las
últimas décadas. No son pocos los especialistas que afirman que hoy la
economía capitalista, en su conjunto, no es nada más que un enorme casino, en
donde los ricos del mundo van a jugarse el ahorro y la riqueza del planeta:
algunos perderán, pero otros van a ganar y mucho.
Mientras tanto, el ahorro de los trabajadores
que ponen sus fondos de pensión en las AFP y que éstas a su vez arriesgan en
los mercados financieros, se va distribuyendo etapa por etapa: una parte para
las utilidades de la AFP; otra para pagar las comisiones de los operadores
financieros que transan las acciones o instrumentos financieros que la AFP
compra; y una no despreciable porción para sustentar los costos de operación
–luz, agua, arriendos, almuerzos, viajes, materiales para oficinas lujosas,
etcétera- y los sueldos de los ejecutivos de bancos y fondos de inversión que
transan esos instrumentos financieros.
Todo ello con una promesa altamente riesgosa
de incrementar el fondo para su pensión, es decir, con una alta probabilidad
de que no sea cierto. Si se materializa, bien para el trabajador, para los
operadores financieros, los bancos y la AFP, si no, mal solo para el
trabajador, puesto que la AFP ya cortó su parte, los ejecutivos de los bancos
ya recibieron sus salarios, los costos de operación ya se pagaron y las
comisiones ya se cobraron. Todo ello con los fondos que se les obliga a los
trabajadores a proveer para sus futuras pensiones. Así como los trabajadores
que ponen sus fondos previsionales en una AFP, también hay otras personas que
ponen sus ahorros en bolsas de comercio y fondos de inversión que corren la
misma suerte.
Datos estremecedores que permiten sustentar
estos argumentos: el sector financiero ha sido el de más rápido crecimiento en
la economía mundial. A principios de los ochenta, el total de activos
financieros (acciones, bonos, préstamos, hipotecas) era aproximadamente igual
al Producto Interno Bruto mundial (PIB), es decir, igual a toda la riqueza del
planeta. Al final del 2005, era equivalente a 3,7 veces el PIB mundial, es
decir, casi cuatro veces la riqueza global, lo que significa que no hay
suficientes aviones, tomates, zapatos, trigo y leche, en el mundo, para hacer
efectivo el valor de todos los activos financieros. Unos cuantos hombres de
negocio tienen en sus manos la riqueza del planeta que se produce hoy y que se
producirá en los próximos 4 años.
En ese mismo período de tiempo, el valor
nominal de los derivados financieros –que son instrumentos o contratos cuyo
valor deriva del que tienen los activos financieros- representó tres veces el
valor del total de activos financieros y 10 veces el PIB mundial (Lynn Walsh).
Lo que vemos claramente en los últimos años, es que los dueños del capital no
solo han acumulado cada vez más riqueza, también han buscado mayores
rentabilidades a través de la especulación financiera y menos en la producción
real. Esto porque de alguna manera, el ciclo de negocios en la economía no
financiera se ha ido reduciendo y estrangulando, entre otras cosas, por la
creciente concentración de la riqueza que limita la expansión de la demanda y
por la disminución de la productividad de los ecosistemas naturales al ser
sometidos a sobre explotación.
Todo ello reduce la tasa de ganancia en la
economía real empujando a los capitalistas hacia la especulación financiera.
Esto, a su vez, refuerza la perdida de dinamismo de la economía real al
reducirse las inversiones pues el capital migra hacia el mercado financiero.
Vemos claramente cómo la avaricia se ha
desplegado por el mundo sin cortapisas y cómo ello ha desviado una riqueza
gigantesca de la producción real y útil, tangible o intangible, para sustentar
una orgía miserable y cruel de lucro y acumulación, mientras el desempleo, la
pobreza, el hambre y la desigualdad cunden como reguero de pólvora. Dato
curioso y francamente insultante: para combatir la hambruna que aqueja a más
de 800 millones de personas, las naciones del mundo recolectaron 16 mil
millones de dólares, mas, para resolver la crisis financiera del Wall Street
el gobierno estadounidense asignó 700 mil millones de dólares –amén de todos
los gastos que ya ha hecho ese país y otros del mundo desarrollado que suman
una cifra similar-, es decir, 44 veces más para continuar el desenfreno
absurdo de Wall Street que para enfrentar el hambre de los más necesitados
¿Perro mundo no?
El Detonante de la Crisis: las Hipotecas Subprime
Como se ha repetido hasta el cansancio, a esta
crisis se le ha denominado la crisis subprime y dice relación con préstamos
hipotecarios que hizo la banca norteamericana a personas que eran incapaces de
hacer frente a sus obligaciones. Como sabemos, en el año 2001 hubo otra crisis
financiera conocida como la “burbuja Internet” que se desarrolló debido a la
entrada exitosa en las bolsas de comercio de las empresas de Internet -en
Estados Unidos con Yahoo y Amazon y en España con Terra- gracias a las
elevadísimas expectativas de negocio que se basaban en proyecciones demasiado
optimistas en cuanto al número de usuarios que se iban a captar.
Pues bien, éstas no se materializaron, lo que
llevó a la caída del financiamiento y fue causa de otra crisis de liquidez.
Entonces, la Reserva Federal –el Banco Central de Estados Unidos- para aportar
liquidez al sistema hizo caer en dos años el precio del dinero desde un 6,5% a
un 1%, lo que constituyó un fuerte incentivo para expandir el crédito, dado el
bajo costo que la Reserva Federal le cobraba a los bancos y a los fondos de
inversión por el dinero prestado. Esto favoreció el mercado inmobiliario y
contribuyó a que, en 10 años, el precio real de las viviendas se multiplicara
por dos en Estados Unidos, gracias a la mayor demanda que la disponibilidad de
préstamos favorecía.
Si a lo anterior agregamos el hecho de que,
durante años, las tasas de interés vigentes en los mercados financieros
internacionales han sido considerablemente bajas, podemos entender la
necesidad de los bancos por aumentar la oferta de créditos para compensar la
disminución de sus márgenes de ganancia que significaba la caída de la tasa de
interés. La racionalización lógica de la expansión de créditos inmobiliarios a
personas insolventes era muy simple: como son más riesgosos, les cobramos más
interés y si pagan, bien, pero si no pagan nos quedamos con las casas cuyos
precios considerablemente más altos nos permitirán recuperar el dinero
prestado y ganar un excedente.
El error es obvio, los precios de las casas
estaban siendo empujados hacia arriba, entre otras cosas, por el aumento de
los créditos hipotecarios de mala calidad que hacían subir la demanda y, en
consecuencia, el precio y la oferta futura de casas. Es decir, un boom
inmobiliario artificialmente construido. Estos créditos hipotecarios se
denominan hipotecas subprime, en contraposición a las denominadas hipotecas
prime que tienen muy bajo riesgo de insolvencia, puesto que sus deudores son
clientes con trabajo, activos e ingresos estables. Ahora bien, el aumento en
el número de operaciones de los bancos, no lo podían solventar cos sus propios
recursos, por lo que, gracias a la Globalización que mantiene en línea a todos
los mercados financieros del mundo, pudieron recurrir a la banca internacional
para obtener los fondos necesarios.
Esto, en virtud del mercado interbancario -que
es donde los bancos se prestan dinero unos a otros. Sin embargo, con ello
debilitaban el cumplimiento de las llamadas Normas de Basilea que le exigen al
banco un capital no inferior a un determinado porcentaje de sus activos –en
los que se incluyen los préstamos que otorgan. Eso fue precisamente lo que
estaba ocurriendo: el aumento en los créditos hipotecarios de alto riesgo les
hacía quebrantar dichas normas.
Para salvar la situación, los bancos actuaron
implementando dos operaciones articuladas mutuamente: primero, creando los
denominados conduits, que consisten en filiales de los bancos bajo la forma
jurídica de fondos de inversión que, gracias a la normativa hoy vigente, no
estaban obligados a mostrar balances consolidados con los bancos que los
habían creado y que pertenecían al mismo dueño; segundo, creando la llamada
“Titulación” que consiste en la invención de un nuevo instrumento financiero
que no es nada más que un paquete de deudas hipotecarias, en los que se
mezclaban tanto las prime como las subprime.
En consecuencia, ahora el banco tenía un
conjunto de nuevos instrumentos que se denominaban MBS (Mortgage Backed
Securities) y que consistían en un conjunto de obligaciones garantizadas por
la hipoteca de los inmuebles y que no eran más que canastas que agrupaban
créditos de distinta categoría de riesgo. La gracia es que esto hacía que los
MBS tuvieran un riesgo menor que las hipotecas subprime por si solas, dado que
promediaban su riesgo con el de las prime.
Con estos dos inventos financieros, el banco
hacía que los fondos de inversión (sus conduits) compraran dichos instrumentos
MBS y de esa manera lograba reducir mágicamente la vulnerabilidad en su
cartera de créditos y aumentar la relación entre su capital y los créditos
otorgados. Esto porque le vendían su cartera de clientes a sus fondos de
inversión. Lo absurdo es que el banco y los fondos de inversión le pertenecían
al mismo dueño, pero, de esa manera lograban cumplir con las Normas de
Basilea. A su vez, estos fondos de inversión, mediante los créditos
interbancarios conseguían los recursos para comprar los MBS y, por otra parte,
vendían estos MBS a otros fondos de inversión, sociedades de capital de
riesgo, aseguradoras, financieras, sociedades patrimoniales y administradoras
de fondos de pensión.
Ahora bien, para que todo esto pudiese operar
“limpiamente” se requería del apoyo de las clasificadoras de riesgo, es decir,
tenían que ser bien evaluados por las agencias de rating, que califican en
función de la solvencia de los instrumentos financieros. Para vender los MBS
altamente riesgosos a operadores como las sociedades de capital de riesgo, las
AFP u otros fondos que buscaban rentabilidades más altas, entre otras razones
porque eso implicaba recibir comisiones según la rentabilidad obtenida, los
bancos conseguían de las agencias clasificadoras de riesgo, una recalificación
de los instrumentos financieros. Para ello procedían a una nueva “Titulación”
o reestructuración, esta vez de los MBS, creando nuevos paquetes pero de MBS
que se denominaban tranches. Aquellos con mayor probabilidad de pago eran
reclasificados en categoría AAA, es decir, con el menor riesgo, los más
solventes.
Estos MBS ordenados en tranches fueron
rebautizados como CDO (Collateralized Debt Obligations), es decir, deudas
colaterales pues se apoyaban en las características de otras deudas. El cuento
sigue, puesto que con estos CDO creaban otros instrumentos como los CDS (Credit
Default Swaps) ofreciendo más y más intereses sobre deudas hipotecarias de
dudosa credibilidad.
Todas estas operaciones tenían como punto de
partida, o como hipótesis, el que las hipotecas subprime se iban a pagar y que
el boom inmobiliario en Estados Unidos no se detendría jamás, aumentando
constantemente el precio de los inmuebles. No obstante, a principios del 2007,
los precios de las viviendas norteamericanas se desplomaron. Los deudores
hipotecarios se dieron cuenta que estaban pagando por sus casas más de lo que
ahora costaban y no pudieron o no quisieron seguir pagando sus deudas.
Automáticamente, nadie quiso comprar MBS, CDO o CDS, y quienes ya los tenían
no pudieron venderlos.
Pérdida total. La crisis de credibilidad se
instaló inmediatamente y los bancos debieron recurrir, una vez más, a los
prestamos interbancarios, pero, o no conseguían créditos o lo hacían a tasas
muy altas. En consecuencia, se produjo la temida crisis de liquidez, es decir,
no había dinero, por lo que no se otorgaban créditos ni hipotecas, caía la
demanda de las empresas constructoras, caía el precio de sus acciones en
bolsa, empezaba a subir la tasa de interés y los deudores habitacionales
empezaban a pagar más por la deuda, a las empresas menos solventes se les
cerraba el acceso al crédito, los bancos se quedaban sin recursos y empezaban
a vender acciones, bonos, edificios, y todo esto empezaba lentamente a
repercutir en los precios y la demanda global, por lo que comenzaba a aumentar
el desempleo, la inflación y a caer toda la actividad económica real. Es
decir: recesión.
Las Causas Profundas de la Crisis
Muchos han sostenido que la causa de la
presente crisis financiera es la denominada burbuja hipotecaria subprime. No
obstante, eso solo corresponde al detonante de la crisis. Sus causas profundas
dicen relación con el proceso de desregulación del mercado financiero, el
comportamiento de las clasificadoras de riesgo y la conducta observada por los
bancos centrales del mundo.
En el sector financiero existe un conjunto de
fondos de inversión libre no reglamentados que apuestan a productos
financieros con un elevado riesgo -conocidos como hedge funds- y un grupo de
bancos de inversión autorizados a realizar operaciones en el mercado de
capitales. Ambos hoy representan más de la mitad de todo el crédito, mientras
que los bancos tradicionales están cada vez más comprometidos en acciones
especulativas no reguladas, tales como los mecanismos de “Titulación” que no
están obligados a informar en sus balances.
Estas operaciones que cuentan con la
complicidad de las autoridades políticas, fueron autorizadas por los cambios
en la legislación gubernamental -la llamada “desregulación financiera”- al
punto que hoy, la principal actividad de los bancos de inversión y de los
hedge funds es comprar y vender deuda entre ellos mismos, obteniendo como es
obvio, alguna ganancia entre cada operación. A esto ha contribuido, también,
el desarrollo de la informática y de las telecomunicaciones que permiten
operaciones financieras en línea y las 24 horas del día a través de todo el
mundo.
No obstante lo anterior, tal como lo sostiene
Lynn Walsh, el factor más importante es de carácter político e ideológico. La
“desregulación financiera” se inscribe en el cambio ideológico que operó
durante las últimas tres décadas del pasado siglo, cuando se abandonaron las
políticas económicas de inspiración liberal-keynesiana y se asumieron las
recomendadas por la Escuela de Chicago de Milton Freidman. Una suerte de
retorno a las políticas liberales de principios del siglo XX. Así también, es
el resultado de la imposición asimétrica de las fuerzas políticas pro
capitalistas en la mayor parte del mundo occidental y de la abdicación –y en
muchos casos subordinación- de gran parte de las fuerzas políticas no
capitalistas a la lógica del capital.
La “desregulación financiera”, es la hija
predilecta de esas políticas económicas ultraliberales que han provocado las
diferentes crisis que ha enfrentado el mundo en los últimos 30 años y,
particularmente, la crisis subprime en curso. El mismísimo Fondo Monetario
Internacional, en 1998, sostenía que las crisis que han llegado a tener
efectos globales, se explican por los procesos de desregulación y
liberalización financiera, así como por la innovación en los mercados de
capitales de finales del siglo pasado y principios del siglo XXI, a más de
otros causas.
Girón y Correa sostienen que, entre los
cambios financieros estructurales más importantes ocurridos en los últimos 30
años, es posible señalar: el acortamiento de los plazos en depósitos e
instrumentos financieros y el desarrollo de un activo mercado secundario de
títulos, lo que ha reducido considerablemente el plazo para la realización de
la ganancia; el crecimiento de las prácticas de “Titulación” del crédito; el
enorme crecimiento de las operaciones “fuera de balance” de los bancos, en
particular con el uso de instrumentos derivados y la administración y el
comercio de títulos de deuda; y el fortalecimiento de los fondos de inversión
con un alto grado de concentración de activos financieros en manos de unos
cuantos administradores que pueden mover grandes volúmenes en muy corto plazo.
Todas estas transformaciones han conducido a
características muy preocupantes del sistema financiero internacional, una de
las cuales es la falta de transparencia, ya que nadie conoce realmente cuales
son los riesgos asociados a las inversiones Otra característica aterradora que
daña un fundamento crítico del sistema bancario –la honorabilidad de los
compromisos, es decir, la certeza de que las deudas se pagan- es la separación
entre los acreedores de deuda y quienes las arbitran, es decir, entre quienes
las deben cobrar -los bancos- y los que transan títulos basados en esas deudas
en mercados secundarios –los fondos o conduits- bajo el predicamento de que
cuando una deuda está asegurada y se vende, no tiene ninguna relevancia el
hecho de que los deudores originales estén capacitados o no para pagar dichas
deudas.
Según John Hoefle, la desregulación del
sistema financiero estadounidense –que regenta a los mercados financieros del
mundo- permitió que se fueran eliminando de manera sistemática las medidas
legislativas proteccionistas que resultaron de la lucha política del
presidente Roosevelt en contra los banqueros internacionales en los años
treinta. Hoefle recuerda que, en 1993, la Commodity Futures Trading Commission
(CFTC), institución gubernamental responsable de regular los mercados a
futuro, determinó que las transacciones de derivados efectuadas fuera de los
mercados de valores, estarían exentas de toda regulación. Esto incluía
operaciones de futuro de cualquier tipo, entre ellos los relacionados con los
energéticos. Así también, en el 2000, se aprobó la Commodities Futures
Modernization Act que dejó a ciertos derivados financieros huérfanos del
control gubernamental y sin la supervisión de la CFTC.
Otra importante modificación que “desregulaba”
la actividad financiera, mediante el eufemismo de la modernización de los
servicios financieros, fue la Financial Services Modernization Act de 1999,
que representó el mayor cambio en la regulación del sistema financiero
norteamericano desde 1930. Esta ley creaba un nuevo tipo de entidades
financieras denominadas Financial Holding Company (FMC), autorizadas para
llevar a cabo actividades en valores, banca, seguros, así como también, en
cualquier actividad calificada como financiera. De esta manera se quebrantaba
la separación entre la banca comercial y la banca de inversión que estableció
la Banking Act de 1933, debido a que en la época de la Gran Depresión, un gran
número de quiebras bancarias se atribuyeron a la actividad especulativa de los
bancos en el mercado de valores.
El economista Emilio Ocampo agrega, además,
que en el año 2004 fue relajada la norma que obligaba a los bancos de
inversión como Goldman Sachs, Morgan Stanley, Merrill Lynch, Lehman Brothers y
Bear Stearns, a mantener una relación mínima entre endeudamiento y patrimonio.
Esto llevó a que en el período 2003/07, la relación endeudamiento sobre
patrimonio de Morgan Stanley pasara de 23 a 32 y lo mismo ocurrió con los
otros bancos. En contraste, a fines de 2007, la deuda total de un banco
comercial como JP Morgan (supervisado por la Reserva Federal) no excedía 12
veces su patrimonio.
Según el informe Nº 78 del Banco de Pagos
Internacionales (BPI) “es innegable que los cambios en el sistema financiero a
lo largo de los años también han contribuido de forma importante al desenlace
de los acontecimientos. En concreto, las numerosas innovaciones relacionadas
con la propagación del modelo financiero basado en originar y distribuir
riesgos han tenido una enorme influencia. Innovaciones recientes como los
productos financieros estructurados se consideraron en un principio una buena
manera de repartir los riesgos asumidos. Sin embargo, la forma en la que se
introdujeron empeoró significativamente la calidad de la calificación del
crédito en muchos mercados y produjo una clara falta de transparencia, lo que
acabó generando una enorme incertidumbre sobre el volumen real de las pérdidas
y su distribución.
En efecto, las innovadoras técnicas
financieras de «empaquetamiento» y redistribución de riesgos hacían que éstos
fueran más costosos pero menos probables, al menos durante algún tiempo. En la
práctica, esto suponía que los riesgos inherentes a los nuevos préstamos
parecían desaparecer, elevando con ello las calificaciones, hasta que
reaparecían de repente al materializarse una pérdida totalmente inesperada”.
El ya legendario premio Nobel de Economía, Paul Samuelson, autor de textos de
estudio que muchos economistas debimos revisar y aquilatar en nuestro años de
estudio, en un artículo publicado por el diario El País en enero pasado,
afirma que cuando Bush se hizo con la presidencia en el 2000 y los
republicanos obtuvieron mayoría en las dos Cámaras del Congreso, el
"conservadurismo compasivo" de Bush se tradujo en compasivos regalos fiscales
a los plutócratas, además de una nueva desregulación de la contabilidad
empresarial que les permitiría ocultar las pérdidas y exagerar los beneficios,
mediante un manejo de los balances que violaban las estrictas normas de
contabilidad creadas en los años anteriores a Bush.
El profesor Samuelson continúa diciendo que
“las bancarrotas y las ciénagas macroeconómicas que sufre hoy el mundo tienen
directa relación con los chanchullos de ingeniería financiera que el aparato
oficial aprobó e incluso estimuló durante la era de Bush”. No menos importante
ha sido el rol de los bancos centrales.
El papel que éstos desempeñaron jugó también
un factor crítico en esta crisis, puesto que, utilizando el mecanismo de tasas
de interés anormalmente bajas, proveían a los grandes operadores con dinero
fresco y a bajo costo para sus operaciones. Recuérdese que los bancos
centrales actúan como prestamistas del sistema bancario y financiero, para lo
cual establecen una tasa de interés que actúa como referente para las
operaciones de crédito.
En particular, la Reserva Federal –el Banco Central estadounidense- cada vez
que se enfrentaba a una amenaza de inestabilidad, respondía con nuevas
inyecciones de liquidez. Alan Greespan –largo tiempo a la cabeza de la Reserva
federal- fue el artífice de esta política que hoy continúa Ben Bernanke. Por
otra parte, la deuda de los gobiernos ha sido una de las bases más importantes
para el crecimiento de los activos financieros. Algunos sostienen que el
crecimiento del período 2001/07 fue alimentado por las bajas tasas de interés
de Greenspan y los enormes déficits fiscales de Bush que hacían subir los
títulos y los volúmenes de endeudamiento en el sistema financiero. Así
también, el Banco Central Europeo, ha ido inyectando liquidez monetaria para
que los Bancos puedan tener dinero.
Torres López sostiene que los bancos centrales
son en parte responsables de la crisis, en primer lugar porque a ellos
corresponde la labor de vigilar la situación del negocio bancario, la de
advertir del riesgo y prevenir sus consecuencias. No son pocos los
instrumentos que tienen para realizar dicha tarea y tampoco es despreciable la
información de que disponen sobre la situación financiera real que se estaba
generando, pero, eligieron la complacencia y el silencio frente a la creciente
volatilidad y el peligro cierto de recesión mundial que se estaba incubando; y
en segundo lugar, porque los bancos centrales han utilizado la política
monetaria -que es un instrumento de política económica- exclusivamente para
controlar la inflación, olvidándose de cualquier otro objetivo, como el
crecimiento de la actividad o el empleo, y han actuado como un soporte del
sistema financiero aportándole liquidez para el negocio especulativo.
Como sostiene el Banco de Pagos Internacional
(BPI), en los últimos años se han puesto claramente de manifiesto una serie de
tendencias económicas y financieras inusuales, tales como el rápido
crecimiento del dinero y del crédito, en el contexto de una inadecuada
valoración del riesgo en forma generalizada. Las elevadas tasas de crecimiento
monetario y crediticio registradas en todo el mundo por un largo período,
entre otras causas, son el resultado de una política monetaria basada en tasas
de interés oficiales extraordinariamente bajas en los últimos tiempos, en
comparación con sus niveles de posguerra, lo que fue posible gracias a la
mayor credibilidad que han tenido los bancos centrales durante los últimos
años.
Por otra parte, en esta crisis, las agencias
clasificadoras de riesgo han sido francamente incompetentes o han incurrido en
graves conflictos de intereses. Las aseguradoras de deuda que actúan como aval
en todas las emisiones de deuda –denominadas Monline porque esa es su única
actividad- que comenzaron asegurando deuda pública de instituciones oficiales
en Estados Unidos y que desde hace algunos años decidieron ampliar su negocio
y lanzarse a las emisiones privadas, avalando cualquier tipo de bono o
instrumento financiero estructurado como los MBS, CDO o CDS, han perdido
credibilidad y, en consecuencia, valoración en las bolsas de comercio. A estas
incluso se les acusa de estar muy implicadas en el negocio y eso explica el
que no les interesara mostrar la verdadera y peligrosa naturaleza de los
títulos e instrumentos financieros.
El descontento en contra de estas
clasificadoras de riesgo se extiende por todo el orbe, puesto que fueron
incapaces de prever el riesgo y siguieron clasificando con nota AA (de bajo
riesgo) a instrumentos financieros contaminados con las hipotecas basura.
Clasificadoras de riesgo como Moody’s y Standard and Poor’s, entre otras,
otorgaron las calificaciones más altas (AAA) a instrumentos financieros que
tenían como respaldo los famosos créditos subprime.
Lehman Brothers –el gigante banco
norteamericano caído recientemente- ostentaba una clasificación de bajo riesgo
(AA) a pocos días de su estrepitosa quiebra. Las aseguradoras de riesgo
norteamericanas más grandes del planeta – Fitch, Standard & Poor’s y Moody’s-
han sido responsabilizadas por parlamentarios estadounidenses de la crisis y
sus consecuencias. Más crudo fue The Wall Street Journal, quien ha señalado
que estas aseguradoras no solo empujaron la crisis, sino que ganaron mucho
dinero con los títulos contaminados con las hipotecas subprime. Las
clasificaciones máximas de estos instrumentos financieros que otorgaban estas
clasificadoras, les permitieron vender y colocar esos “instrumentos basura” a
los bancos de inversión, a cambio –como no- de cuantiosas tarifas de mercado.
Duración de la Crisis
Ignacio Ramonet, citando al editorialista
Martin Wolf del Financial Times, nos informa que las estimaciones van entre
veinte años si tenemos suerte o menos de diez años si las autoridades actúan
con mano firme. La verdad es que la dimensión del problema no está bien
calibrada, aún hay mucha incertidumbre y eso se refleja en el frenético subir
y bajar de las bolsas. Tampoco se sabe quienes son todos los afectados,
cuántos bancos, cuántas AFP, cuántos fondos de inversión.
Claramente, la duración de la crisis dependerá
del monto de las pérdidas que podrían acontecer en el curso de ésta. Lynn
Walsh, citando el libro de Morris “The Trillion Dollar Meldown”, sostiene que
sólo las pérdidas por las hipotecas subprime ascenderían a 450 mil millones de
dólares, aunque hoy se sabe que es una estimación baja por los montos que ha
invertido el gobierno norteamericano en sostener el mercado financiero. Para
las empresas estima pérdidas potenciales mayores a 345 mil millones de
dólares; en tarjetas de crédito las pérdidas ascenderían a 215 mil millones de
dólares. En total, un billón de dólares en pérdidas o riqueza esfumada.
Si a esto se agregan las pérdidas potenciales
de los CDS –las deudas colaterales- y que son difíciles de precisar, no
quedarían muchas ganas de seguir contando, dado que, cualquier cifra que se
aventure no debería dejar de considerar que el valor nominal de éstos asciende
a la escalofriante cifra de 45 billones de dólares. Es por ello que Morris
sostiene que si caen los CDS “nos enfrentaríamos a una trombosis completa del
sistema de crédito” y que, dado el volumen, no tiene sentido tratar de estimar
la magnitud de las pérdidas. Para mayor abundamiento, Morris sostiene que una
crisis caótica, convulsiva, un desastroso colapso del sistema financiero,
podría producir pérdidas de hasta 3 billones de dólares.
Las medidas de solución
Las crisis financieras son difíciles de evitar
en el marco del desarrollo capitalista, más aún en el contexto de un
capitalismo con un sistema financiero hipertrofiado. El viejo dicho “la
ambición rompe el saco” se aplica matemáticamente a este capitalismo
financiarizado, aunque acá debemos hablar de bolsas y no de saco. La ambición
desmedida e incontrolada es el caldo de cultivo para estas crisis
monumentales, en donde las actividades especulativas no sólo son el pan de
cada día, también se muestran como las actividades más legítimas, técnica,
política y moralmente. Sin embargo, existen los instrumentos de política
económica y los mecanismos institucionales y jurídicos que pueden corregir y
contener dichas crisis.
Eso fue lo que se aplicó en los años treinta
como resultado de la Gran Depresión: todo un sistema institucional y de
regulación económica cuyo desmantelamiento ha provocado la crisis en curso.
Entre otras medidas, habría que considerar impuestos a los flujos de capital
internacional, sistemas de encaje que obligaran a los capitales golondrina de
corto plazo a mantener un porcentaje de sus capitales en los países de destino
de sus inversiones, lo que encarece y castiga las inversiones especulativas;
eliminar los famosos paraísos fiscales, obligar a los bancos a la
transparencia mediante el término de las operaciones “fuera de balance” que
los habilita para ocultar operaciones riesgosas; crear instituciones estatales
dedicadas a la clasificación de riesgo que impida los conflictos de intereses.
En definitiva, más control y regulación por
parte de las instituciones públicas que aseguren el interés ciudadano por
sobre cualquier otro objetivo político. No está lejos el día en que vuelvan,
en gloria y majestad, las leyes antimonopolio que nunca debieron ser
abandonadas.
Esto es, nada más, lo que propone Michael
Moore con su especial modo de comunicarse, al exigir que “todas las
regulaciones deben ser restauradas” y decretar la muerte de la revolución
Reagan quien señalara como marco de sus políticas de desregulación que “El
problema no es el Estado, el Estado es el problema”. En concreto Moore propone
para los Estados Unidos la revocación de la Financial Services Modernization
Act de 1999, promulgada por Clinton y promovida por el senador republicano
Phil Gramm, principal asesor económico del candidato republicano John McCain.
Esta propuesta es muy probable que sea bien acogida en un eventual gobierno
demócrata encabezado por Barack Obama.
En lo inmediato, sería posible poner en juego
el poder acumulado por los Fondos Soberanos de inversión, creados por los
Estados y bancos centrales con recursos procedentes principalmente del
petróleo y del gas. Rusia, Noruega, algunos países asiáticos y los Emiratos
árabes, han constituido este tipo de fondos cuya envergadura se estima en 3
billones de dólares. Tienen su origen en los años cincuenta bajo la idea de
constituir un “fondo para las futuras generaciones” y tienen, como sostiene
Ibrahim Warde, características, objetivos y modos de funcionamiento diferentes
a los que rigen los fondos especulativos responsables de la presente crisis.
Esto y su poder financiero, los hace
funcionales a objetivos político-estratégicos distanciados del desenfreno
especulativo que caracteriza la economía finaciarizada. De hecho, ya han
estado jugando un papel importante en la política de salvataje de los bancos
caídos en desgracia a lo largo de los últimos trece meses que ha durado la
crisis subprime. Como destaca Warde, en noviembre del 2007, el fondo ADIA de
los Emiratos Árabes Unidos compró el 4,9% de Citigroup, primer banco mundial;
dos semanas más tarde, el fondo GIC de Singapur inyectaba 10.000 millones de
dólares en el grupo suizo UBS, décimo banco mundial. En diciembre del mismo
año, el fondo soberano chino CIC adquirió el 9,9% del capital del gran banco
de negocios Morgan Stanley; Merrill Lynch recibió 4.400 millones de dólares
del fondo Temasek de Singapur.
Esto entre otras operaciones que están
realizando estos fondos y que hoy, a la luz de la flagrante incapacidad del
mercado financiero de resolver los problemas que ha creado en el marco de la
desregulación, podrían ser hábil y políticamente utilizados para ordenar el
comportamiento de los flujos de inversión internacional. Otra de las
importantes reformas que deberían implementarse, dice relación con las
políticas salariales de los altos ejecutivos. Emilio Ocampo sostiene que las
compañías y bancos también deberán cambiar su cultura y su estructura de
compensaciones y bonos, ya que es improbable que estas instituciones puedan
seguir pagando a sus ejecutivos y a sus empleados el 50% de sus ingresos. En
la misma dirección Moore exige que “ningún ejecutivo debiera ser pagado más de
40 veces lo que gana su empleado promedio”.
Las cifras de Moore son estremecedoras: en
1980, el presidente promedio de una compañía ganaba 45 veces lo que ganaban
sus empleados; en el 2003 ganaban 254 veces y ahora, después de la era Bush,
cobran 400 veces, mientras en Gran Bretaña, el presidente de una compañía
promedio gana 28 veces lo que recibe un empleado típico y en Japón sólo 17
veces.
Conclusiones
En un artículo de Victor Ramos, titulado
“Derecho a alimentarse, derecho a rebelarse”, se sostiene que hace muy poco
tiempo, cuando las bombas caían en Irak, en marzo del 2003, las bolsas
internacionales, principalmente las europeas y Wall Street, reaccionaban con
euforia y que esto habría llevado a reconocer a dirigentes del Partido Popular
español (PP), que España había perdido una gran oportunidad al retirar las
tropas. La búsqueda de beneficios exorbitantes ha llevado al mundo a un
retroceso gravísimo en la estructura de valores que orienta el quehacer humano
y ello tiene implicancias monumentales haciendo crecer la desigualdad, la
pobreza y la destrucción de los ecosistemas naturales del planeta,
incrementando exorbitantemente el índice de dolor y sufrimiento de miles de
millones de personas.
Cuando la humanidad vuelva a encontrar su
centro y se restauren ciertos valores y virtudes humanas que han sido enviadas
a la zona de castigo en el curso de los últimos treinta años, muy
probablemente lo que ocurre en Wall Street será incorporado al grupo de las
grandes calamidades de la historia humana, como lo fueron los campos de
concentración nazis, el estalinismo, las explosiones nucleares de Hiroshima y
Nagasaki, el SIDA, el hambre africana y las dictaduras latinoamericanas, entre
muchas otras.
Mientras tanto, si bien esta crisis no sea
aquella tan esperada por el pensamiento de izquierda tradicional como la
“crisis terminal del capitalismo”, al menos esperemos que Ignacio Ramonet, uno
de los editores de Le Monde Diplomatique, tenga razón cuando sostiene que el
derrumbe de Wall Street es comparable, en la esfera financiera, a lo que
representó, en el ámbito geopolítico, la caída del muro de Berlín, con lo que
se terminaría con la era iniciada con Ronald Reagan en 1981, poniéndole fin a
la “edad de oro” de Wall Street. Si esto ocurre sería todo un logro y un
progreso para la humanidad, pero, tal como lo sostiene Paul Samuelson, todo el
mundo sabe que, hoy en día, el dinero sirve para comprar votos legalmente. Por
eso los realistas matizan su optimismo con cierta cautela.