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Warren Buffett, el máximo
especulador sionista-estadounidense a escala global.. |
El mundo
financiero es un caos, tanto en Estados Unidos como en el extranjero. Sus
problemas, además, se filtraron a la economía general, y estas filtraciones se
están volviendo hoy un pozo emergente. En el corto plazo el desempleo va a
aumentar, la actividad económica se va a resentir y los titulares de los diarios
seguirán dando miedo.
Por
Warren Buffet -
The
New York Times
Por ello es que compré acciones de Estados Unidos. Me refiero a mi cuenta
personal en la que antes tenía nada más que bonos del gobierno norteamericano.
(Esta descripción deja a un lado mis valores en cartera en Berkshire Hathaway,
que están todos comprometidos con la filantropía). Si los precios siguen siendo
atractivos, mi activo neto no Berkshire pronto estará en un 100% en acciones
norteamericanas.
'Por
qué? Una regla muy sencilla me lleva a comprar: hay que ser temeroso cuando los
otros se muestran voraces y hay que ser voraz cuando los otros tienen miedo. No
cabe duda de que en estos momentos el temor es generalizado y que afecta aún a
los inversores experimentados. Los inversores hacen bien en mostrarse cautelosos
frente a entidades fuertemente apalancadas o empresas en débiles posiciones de
competitividad. Pero los temores sobre la prosperidad a largo plazo de las
muchas empresas sólidas del país no tienen sentido. Estas empresas registrarán
subas y bajas en sus ganancias, como siempre ocurrió. Pero la mayoría de las
compañías grandes marcarán nuevos récords de ganancias de aquí a 5, 10 y 20
años.
No tengo la más mínima idea si las acciones estarán más altas o más bajas dentro
de un mes -o de un año-. Lo probable, sin embargo, es que el mercado se mueva a
niveles más elevados, considerablemente más altos tal vez, mucho antes de que
las emociones o la economía lo registren.
Durante la Depresión, el Dow Jones registró su nivel más bajo, 41, el 8 de julio
de 1932. Pero la situación económica siguió deteriorándose hasta que Franklin D.
Roosevelt llegó al poder en marzo de 1933. Para entonces, el mercado ya había
avanzado un 30 por ciento. Pensemos, si no, en los primeros días de la Segunda
Guerra Mundial, cuando las cosas iban mal para EE.UU. en Europa y en el
Pacífico. El mercado tocó fondo en abril de 1942, mucho antes de que aparecieran
las fortunas de los Aliados.
Una
vez más, a principios de los 80, el momento para comprar acciones fue cuando la
inflación era furiosa y la economía estaba deprimida. En síntesis, las malas
noticias son el mejor amigo de un inversor. Permiten que uno compre un pedazo
del futuro de Estados Unidos a un precio bajo. En el largo plazo, las noticias
sobre la Bolsa van a ser buenas.
En
el siglo XX, Estados Unidos soportó dos guerras mundiales y otros conflictos
militares costosos y traumáticos; la Depresión; una docena, aproximadamente, de
recesiones y pánico financiero; crisis petroleras; una epidemia de gripe; y la
renuncia de un presidente en desgracia. Aún así, el Dow Jones pasó de 66 a
11.497.
Uno podría pensar que a un inversor le hubiera resultado imposible perder dinero
durante un siglo marcado por ganancias tan extraordinarias. Pero algunos
inversores sí perdieron dinero. Los más desafortunados compraron acciones sólo
cuando se sintieron cómodos de hacerlo y procedieron luego a venderlas cuando
los titulares de los diarios los hicieron sentir preocupados.
Hoy, la gente que tiene efectivo se siente tranquila. No debiera. Optaron por un
activo de largo plazo terrible, que no devenga nada virtualmente y seguramente
se devaluará. De hecho, las políticas que el gobierno va a seguir en sus
esfuerzos para aliviar la crisis actual demostrarán ser inflacionarias
seguramente y por ende van a acelerar la caída en el valor real de las cuentas
en efectivo.
Las acciones de interés variable, en cambio, van a tener casi con seguridad un
mejor rendimiento que el efectivo en la próxima década. La diferencia será
considerable, probablemente. Esos inversores que hoy se aferran al efectivo
apuestan a que podrán calcular con eficiencia su alejamiento de éste tiempo
después.
Pero
mientras esperan la comodidad de las buenas noticias ignoran el consejo dado por
Wayne Gretzky: "patino hacia donde va a estar el disco de hóckey, no hacia donde
estuvo".
No me gusta opinar sobre la Bolsa, y una vez más subrayo que no tengo ni idea
sobre qué es lo que va a hacer el mercado en el corto plazo. De todas maneras,
sigo la recomendación de un restaurante que abrió en un edificio bancario vacío
y luego publicitó: "Ponga la boca donde estaba su dinero". Hoy, mi dinero y mi
boca dicen acciones, ambos.