El
nivel de protección social de la sociedad norteamericana no es precisamente para
lanzar las campanas al vuelo, por lo que sorprende aún más que todo el esfuerzo
gubernamental se concentre en recomponer el maltrecho sistema financiero, sin
reconocer que mucha gente lo está pasando realmente mal en ese país.
Por Joan Subirats (*) -
El País, España
El presidente Bush estuvo días atrás muy activo, tratando de convencer al
Congreso de Estados Unidos para que aprobaran el plan de respuesta a la
catástrofe financiera. Su principal argumento era que, de esa manera, se estaban
evitando males mayores a las comunidades locales y a los ciudadanos. Lo cierto
es que nadie quería comprar los fondos "tóxicos", y la gran operación de rescate
trataba de asegurar que fueran los contribuyentes los que lo hicieran. Pero ese
plan no va a resolver los problemas estructurales de fondo que han generado el
pánico financiero; tan sólo terminó encontrándose una manera de aprobar los
fondos públicos de rescate, apoyar una pistola en la sien de cada congresista:
"O votas el plan, o los ciudadanos (tus votantes) van a pasarlo mal, muy mal".
El mensaje era diáfano: las irresponsables aventuras de Wall Street han de ser
rescatadas por la gente de Main Street, la Calle Mayor, los ciudadanos de a pie,
porque, si no, vamos al caos. Pasamos del laissez faire, laissez passer
al laissez nous faire, laissez nous passer.
Mientras, en Nueva York y otras ciudades estadounidenses, hubo
concentraciones de personas que respondían a ese acuerdo entre élites económicas
y políticas poniendo de relieve el cinismo del sistema. "Hasta hace poco nos
decían que 6.000 millones de dólares eran demasiados para proteger la salud de
nueve millones de niños estadounidenses que no tienen cobertura sanitaria. Y
ahora, lanzan la casa por la ventana para salvar el culo a sus amigos", afirmó
Arun Gupta, periodista de Indypendent, un medio de prensa alternativo de
Nueva York (www.indypendent.org).
Lo cierto es que el nivel de protección social de la sociedad norteamericana
no es precisamente para lanzar las campanas al vuelo, por lo que sorprende aún
más que todo el esfuerzo gubernamental se concentre en recomponer el maltrecho
sistema financiero, sin reconocer que mucha gente lo está pasando realmente mal
en ese país. El eslogan utilizado en la campaña para la aprobación del plan de
Henry Paulson ha sido Reinvest, reimburse and reform (Reinvertir,
reembolsar y reformar), lo que de alguna manera recuerda el que se utilizó
tras la gran crisis de 1929: Relief, reform and reconstruction
(Alivio, reforma y reconstrucción). Pero esta vez el alivio es sólo para
unos pocos, los de Wall Street. Socialismo para los bancos, neoliberalismo
conservador para la gente.
Es significativo que la mayor organización de defensa de los intereses de las
familias con bajos ingresos, ACORN (www.acorn.org), que articula más de 400.000
familias en 110 ciudades en todo EE UU, haya lanzado una campaña con el
significativo título de Bail Out Main Street Not just Wall Street
(Rescatar a la Calle Mayor, no sólo a Wall Street).
En esa campaña se pide algo tan simple como que cada institución financiera
que haya sido beneficiada por el plan de Paulson deba, automáticamente, reducir
la carga financiera de las hipotecas que estén a su cargo, favoreciendo así la
capacidad de pago de los propietarios hipotecados. Al mismo tiempo, se solicita
que las instituciones financieras que no tengan a su cargo hipotecas, se vean
obligadas a poner en marcha planes de ayuda para las comunidades más
necesitadas. Y, además, se exige que se limiten los sueldos de los ejecutivos,
vinculándolos de manera clara a los resultados reales de sus empresas.
Una de las campañas de ACORN que está teniendo más impacto, y a la que se han
ido sumando otras organizaciones con sus propias iniciativas, ha sido la
relacionada con la defensa de las familias norteamericanas que pueden perder sus
casas en los próximos meses, al no poder cumplir sus obligaciones hipotecarias.
Se calcula que más de dos millones de hogares pueden estar en esa situación en
breve tiempo, ya que precisamente ése era el objetivo de las hipotecas
subprime: convencer a los NINJA (No Income, No Jobs, no Assets;
sin rentas, sin trabajos, sin patrimonio) de que ellos podían también
acceder a una vivienda.
En 2006 casi el 50% de las hipotecas basura fue a parar a hispanos de bajos
ingresos, y son ellos, precisamente, los más vulnerables en esta nueva fase.
Medio millón de hispanos han perdido sus empleos en EE UU desde inicios del
2007, y la situación se agrava por momentos. Es evidente que los 12 millones de
"sin papeles" de ese país van a ser los primeros en ser despedidos y/o
deportados.
En Estados Unidos el salario mínimo por hora era hasta el año pasado de 5,15
dólares hora (3,70 euros). Una resolución del Congreso acordó que, en tres años,
ese salario-hora mínimo debería pasar a 7,25 (5,25 euros). Se calcula que en
estos momentos hay 13 millones de norteamericanos que cobran estrictamente ese
mínimo. Pero, en 13 Estados de la Unión, el salario mínimo o no está establecido
o incluso está por debajo del acuerdo federal. Los datos apuntan asimismo que la
mitad de los trabajadores del país, casi 60 millones, no tienen cubiertos
salarialmente los días de enfermedad, y ello provoca muchos problemas de
presencia de personas enfermas o con mermas significativas de sus facultades en
sus lugares de trabajo. Es evidente que el tema afecta sobre todo a las personas
que trabajan por horas o a los de salarios más bajos.
Por otro lado, hay muchas Main Street en el mundo que ven también con alarma
los efectos que sobre sus comunidades va a tener la crisis financiera. La
tradicional tacañería norteamericana en relación a la ONU o a otros organismos
de cooperación y ayuda internacional, o su intransigencia en lo concerniente a
la deuda externa de los países en desarrollo, se ve ahora dramáticamente en
entredicho al comprobar la generosidad con que se abordan los problemas de los
classmates, los colegas de los tiempos universitarios. "El dispendio con
Fannie Mae and Freddie Mac", afirma Alex Wilks, director del European Network on
Debt and Development, "representa cuatro veces la deuda pública externa de todos
los países en vías de desarrollo". Evidentemente, desde esos países el temor es
creciente en relación a un futuro en el que Estados Unidos socializa con el
mundo sus pérdidas, mientras refuerza los privilegios de sus élites. Ahora
entendemos cuáles son las ventajas de la globalización.
En un país que ha visto crecer la desigualdad y la vulnerabilidad en los ocho
años de Administración republicana, resulta escandaloso que suenen todas las
alarmas sólo cuando los afectados son los sectores más privilegiados del
establishment económico-político-financiero. Algunos de los centenares de
grupos movilizados en las últimas semanas contra el plan de rescate sólo para
algunos, entienden que es precisamente esta escandalosa situación la que va a
constituir una importante oportunidad para modificar no sólo el sistema
financiero estadounidense, sino también para influir en otra manera de entender
la política y sus relaciones y connivencias con las élites económicas. El
problema es que para muchos de los que peor lo pasan las elecciones y el sistema
político no han ofrecido hasta ahora esperanza alguna. Si la comunidad hispana
con derecho a voto representa el 15% del electorado, sólo el 6,5% usó esa
prerrogativa en las últimas elecciones presidenciales. Quizá para que nos hagan
caso y no dejen de nuevo el futuro en manos de los de siempre podríamos recordar
las palabras de Adam Smith en su clásico La Riqueza de las Naciones:
"Cualquier nueva ley o regulación del comercio que provenga de los directamente
beneficiarios de los negocios ha de ser asumida sólo tras larga y cuidadosa
comprobación. Provienen de un tipo de personas cuyo interés nunca es el de la
gente, y que más bien pretende decepcionar sus esperanzas y seguir
oprimiéndola".
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(*)Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UAB.