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18-Octubre-08
En forma inversa, claro, la compra de acciones de los bancos
responsabiliza al Estado, eventualmente, por la totalidad de la deuda que tengan
en sus balances. Los once principales bancos de Estados Unidos, que han
ingresado al plan de venta "voluntaria" de acciones al Estado, tendrían activos
y pasivos superiores a los treinta billones de dólares, mientras sus capitales
están muy por debajo del billón.
Por Jorge Altamira -
Prensa Obrera
E l domingo 12 por la noche, los principales gobiernos de la Unión Europea
anunciaron el plan que, por fin, podría encauzar la crisis financiera mundial;
al día siguiente lo adoptó también el gobierno de Estados Unidos, que abandonaba
(al menos en gran parte) el que había lanzado dos semanas antes, cuando el
Congreso votó, luego de una seguidilla de traspiés y conflictos en la Cámara de
Representantes, la adjudicación de 700.000 millones de dólares para la compra de
activos invendibles en poder de los bancos y de otros actores financieros.
La euforia que desató el nuevo
paquete fue mucha pero duró poco: el martes al mediodía recomenzaba la caída de
las Bolsas. Los que se apresuraron a saludar la revigorización política de la
Unión Europa se quedaron con las ganas. La prensa internacional fue unánime en
reconocer que e! l plan del fin de semana se adoptó bajo la presión del "pánico"
y con la certeza de que si no se hacía algo, los mercados de capitales
quebrarían al día siguiente y las Bolsas podrían quedar cerradas por tiempo
indefinido. Del capital financiero se hubiera pasado, en tal caso, al trueque,
como en parte lo están experimentando los ciudadanos de Islandia. El plan
permitió evitar la caída del banco de inversión Morgan Stanley, que finalmente
fue adquirido a precio de remate por el japonés Mitsubishi UFJ Financial Group
Inc.
Buitres en acción
El planteo de que el Estado comprara acciones en los bancos - en lugar de
rescatar los activos dañados que se encuentran en sus balances- había estado en
danza durante varias semanas. Ya lo había hecho, por ejemplo, Gran Bretaña,
cuando compró el año pasado el escocés Northern Rock por alrededor de 30.000
millones de libras esterlinas; también lo había hecho ya Estados Unidos cuando
otorgó un crédito de 85.000 millones de dólares a la aseguradora AIG, con la
opción de convertir ese crédito en capital. Hace no más de diez días, Francia,
Holanda y Bélgica se habían unido para rescatar al banco Fortis. Tres destacados
personajes vinculados con las finanzas (el financiero Soros, el profesor Roubini
y el editor del Financial Times, Martin Wolf) le habían bajado el pulgar al plan
de compras de activos dise&n! tildeado por Estados Unidos (aunque todos ellos
suplicaron a los diputados norteamericanos que lo aprobaran con el pretexto de
que debían evitar un colapso general) y propugnaron un rescate basado en la
compra de acciones bancarias por parte del Estado (como se acaba de hacer). Como
ya explicamos desde estas páginas, el plan norteamericano era inviable porque
suponía un gasto mucho mayor que 700.000 millones de dólares (se estimaba un
monto que variaba entre tres y medio y siete billones de dólares) y porque no
había medio de valuar los activos invendibles, ni menos aún la voluntad y la
capacidad política para imponer como precio de rescate el que rigiera en el
mercado. Los activos de la quebrada Lehman Brothers, por ejemplo, se vendieron
la semana pasada a 8,5 centavos de dólar, o sea con una desvalorización del 91,5
por ciento. Nadie que aún no hubiera quebrado aceptaría semejante descuento.
El plan de comprar acciones de bancos es, obviamente, ‘más barato' que el de
comprar activos tóxicos o podridos, pues el capital bancario es apenas la 1/60
parte (promedio) de los activos y deudas inscriptos en los balances; además, los
gobiernos sólo adquieren una parte de las acciones (las que no tienen derecho a
voto). En forma inversa, claro, la compra de acciones de los bancos
responsabiliza al Estado, eventualmente, por la totalidad de la deuda que tengan
en sus balances. Los once principales bancos de Estados Unidos, que han
ingresado al plan de venta ‘voluntaria' de acciones al Estado, tendrían activos
y pasivos superiores a los treinta billones de dólares, mientras sus capitales
están muy por debajo del billón.
Entre uno y otro plan (rescatar activos con problemas o parcialmente a los
bancos) no existe, sin embargo, solamente una diferencia de concepto sino por
sobre todo de intereses: el plan del Tesoro de Estados Unidos procura producir
una concentración de los bancos más sólidos (dejó caer a Lehman Brothers y casi
hace lo mismo con AIG), lo que supone que esos bancos continúen siendo
independientes del Estado. Un plan similar de rescatar deuda podrida aplicado en
Europa, también hubiera beneficiado a los bancos norteamericanos, porque éstos
le vendieron esos activos podridos a los europeos (creando deuda norteamericana
con Europa). De manera que el plan europeo fue una respuesta de la banca
europea, principalmente de Gran Bretaña y de Alemania, a la ofensiva
norteamericana - que contaba en Europa con el apoyo de Sarkozy y Berlusconi (el
presidente del Banco Central de Italia, Mario Draghi, p! ertenece al mismo grupo
económico - Goldman Sachs - que el secretario norteamericano Henry Paulson). De
cualquier modo, los bancos que fueron objeto de la intervención estatal
británica - el Royal Bank of Scotland y el HBOS- profundizaron su caída en el
lunes de la euforia general, provocando al gobierno de su majestad una pérdida
nominal de dos billones de dólares.
Un rescate que no rescata
El rescate de la banca con fondos públicos deja en pie la cuestión central de
toda la crisis: ¿el rescate se hace para proceder a una liquidación ‘ordenada'
de activos invendibles o tiene por finalidad lo opuesto: recuperar el mercado de
capitales y su ‘modelo de negocios'? La primera variante significa producir una
purga en todas las gamas del capital financiero y de los bancos y reducir su
escala de negocios con el consiguiente impacto deflacionario y recesivo, o sea
la depresión económica generalizada. La segunda estaría manteniendo al mercado
de capitales bajo una carpa de oxígeno, echando el dinero público en fondos
perdidos, lo cual, en definitiva, debería hundir igualmente a la economía en la
deflación y la caída industrial. La función que cumple el rescate de un banco
individual (evitar el contagio al conjunto del sistema) deja de ! ser válida
para una bancarrota generalizada; en este caso no se puede evitar la purga del
sistema de la mayor parte de los capitales comprometidos. Asimismo, el propuesto
rescate de los bancos por parte del Estado no pasa de ser, por el momento, una
propuesta o promesa de acción, porque aún queda ponerlo en marcha, y con ello
poner en marcha también un programa de endeudamiento público en gran escala para
financiar el rescate y los sucesivos requerimientos de fondos que plantean esos
rescates. Estados Unidos está cerrando su ejercicio presupuestario con un
déficit histórico de 460.000 millones de dólares - pero las previsiones de
endeudamiento debidas a la crisis ya ascienden a varios billones. El déficit
para el próximo ejercicio está previsto en 1,5 billones de dólares. El rescate
estatal no quiere decir que el Estado tenga los fondos, sino que se refiere a la
capacidad del Estado ! de apoderarse de suficiente capital-dinero, mediante
endeudamiento e impuestos, para reciclarlo hacia el circuito bancario. Pero
tanto el aumento de impuestos como un endeudamiento fuera de serie significarían
un aumento colosal en las tasas de interés del conjunto de la economía. O sea
que el rescate diseñado para evitar una recesión, se convierte en un factor
autónomo de recesión.
En la re-caída de la Bolsa de Nueva York que siguió a las 36 horas de euforia
inicial, se destacaron las empresas tecnológicas más que las financieras, lo que
puso de manifiesto que la recesión ya se encuentra en marcha -con su secuela de
caídas de ventas, ingresos y beneficios. Aún antes de ella, la industria
norteamericana se encontraba con una elevada capacidad excedente e incluso con
un endeudamiento elevado, en especial a corto plazo. La próxima etapa de la
crisis se caracterizará, por lo tanto, por la bancarrota industrial. Esto se
manifiesta ya en la industria automotriz: las ventas de GM cayeron en un solo
mes ¡un 27 por ciento!, y junto con Chrysler y Ford enfrentan la posibilidad de
presentar sus balances ante la Justicia. Las entidades financieras de la
industria no están en condiciones de financiar las compras: se encuentran con
enormes deudas o simplemente en bancarrota. Al cuadro de la industria es
necesario adicionar la situación de estados y municipios, o la de algunos países
enteros: California, la séptima economía del planeta, está en cesación de pagos
y varios municipios se han declarado en quiebra - internacionalmente, Islandia,
Dubai, India (la quiebra de bancos es inminente) y Pakistán tienen una situación
similar, mientras Corea del Sur, Indonesia y Tailandia enfrentan salidas enormes
de capitales y una decidida recesión, al igual que Brasil, México y los países
de Europa del Este y el Báltico.
El rescate universal es el naufragio universal
Los economistas con más ‘sensibilidades sociales' o los ‘progres' no solamente
apoyan el rescate bancario; recomiendan, además, sumarle un capítulo social que
rescate a los deudores hipotecarios o incentive el consumo. Proponen hacer
‘keynesianismo', pero no se han dado cuenta de que el ‘keynesianismo' es
pertinente (lo que no quiere decir que funcione) una vez que se ha declarado la
depresión económica. Obama propone una moratoria de tres meses en los desalojos,
pero se opone a que el Estado refinancie las deudas hipotecarias, alegando que
sería otro rescate para los bancos. El problema es que el consumidor está
sobre-endeudado y enfrenta una suspensión en el empleo o el despido: la economía
norteamericana es un gigantesco escenario de deudas - públicas, privadas e
internacionales- que supera seis veces el producto bruto anual. En definitiva,
los que pretenden un rescate simultáneo de capitalistas y obreros, productores y
consumidores, acreedores y deudores, deberían preguntarse quiénes se encargarían
de poner la plata, puesto que los marcianos aún no han aterrizado. La serie
infinita de variables que acumulan los planes en danza revela que estamos frente
al derrumbe de una organización social y que por lo tanto se requiere una
reestructuración completa de las relaciones sociales. Si el proletariado no toma
la posta, la tomará la burguesía contra las masas. Estados Unidos tiene 16
billones de dólares de deuda externa, lo que significa que un derrumbe de su
banca compromete el pago de esa suma formidable. China es acreedora por más de
un billón de dólares. Todos los rescates que se intentaron a partir del dinero
chino fracasaron, simplemente porque la crisis siguió avanzando y las compras de
acciones de fondos y bancos, ingleses o norteamericanos, por parte de China,
acabaron en enormes pérdidas. De modo que las naciones con superávit en dólares
no están en condiciones de rescatar a las deficitarias y hasta corren el riesgo
de perder su dinero. Los planes de rescate de Europa y de Estados Unidos siguen
un sendero ya recorrido por los fondos chinos o de los países petroleros, o sea
que dejarán enormes pérdidas a las arcas públicas. No hace falta decir que un
‘default' norteamericano, que deje en la estaca a los acreedores de sus 16
billones de deuda, podría desatar una crisis política internacional.
Estaticemos mientras el lobo no está
La desesperación y el pánico están concentrando las mentes de algunos analistas
de la burguesía. "La única salida es la estatización temporaria completa", dice
un profesor suizo en el Financial Times (9/10), que seguramente se habrá dado
cuenta de que los rescates actuales son, antes que nada, un subsidio estatal a
banqueros y financistas en quiebra (la compra de acciones del Royal Bank of
Scotland por parte del gobierno británico lo autoriza, por ejemplo, a nombrar
cinco directores en el banco, pero en cargos no ejecutivos). "El gobierno
norteamericano - dice el profesor concretamente- puede tomar a su cargo todas
las operaciones de crédito bancario transformando temporariamente a los bancos
privados en bancos públicos. Podría entonces ordenar a la gerencia de estos
bancos estatales a prestarse los unos a los otros". Esto no sería ya solamente
un subsidio sin contrapartida, sino una injerencia en el monopolio de la
propiedad. Nouriel Roubini va incluso más lejos, pues acaba de declarar a la
agencia Bloomberg que, recapitalizados los bancos por parte del Estado, "el
gobierno debe decidir intervenir más directamente en la provisión de crédito y
en la dirección y gerencia de esas compañías" (industriales). O sea que, según
Roubini, el Estado debe manejar los bancos que recapitaliza y no simplemente
aportar el dinero. Pero el que usa todas las palabras para definir el problema
es Slaba Serrate en Ambito (10/10): "¿Terminará la crisis -se pregunta
retóricamente- con una inédita estatización mundial?" A renglón seguido, el
economista da su respuesta: "El Tesoro debe reemplazar y ocupar,
transitoriamente, la trinchera que ocuparon los privados. Y lo mismo vale para
los bancos centrales del G-7! . La estatización voluntaria de los ahorros (o sea
el plan anunciado este fin de semana) empujará a una estatización temporaria de
la economía (¡no ya de los bancos!).
Y si la crisis aún así no descansa -sigue el periodista-, su penetración llegará
a rincones impensables en aras de evitar un colapso masivo...". Lo que Slaba
propone es un poco más de lo que hizo Mussolini (y muchísimo más de lo que hizo
Roosevelt) en la crisis del '30, lo cual es imposible en Estados Unidos sin una
gigantesca crisis política. Pero en la estatización así concebida ya no es la
potencia financiera del Estado lo que importa, ni su capacidad de subsidios a
partir del presupuesto público - que no ha servido para contener la crisis-,
sino su potencia política y su capacidad para reglamentar el proceso social; es
decir, primero habrá que dejar subir a un Mussolini. Pero todo apunta,
precisamente, en la dirección de una estatización económica, como lo muestra la
decisión de la Reserva Federal de salir a prestar a la industria sin pasar por
los bancos. Que la Reserva Federal, además, aceptara a cambio papeles sin valor
de la industria, la convierte en titular potencial de ella. A los que se curan
en salud con la afirmación de que toda crisis tiene un ‘piso' y que por lo tanto
el ‘rebote' es inevitable, habría que decirles, simplemente, que la depresión
económica es una candidata segura a jugar de ‘piso', y que uno de los ‘rebotes'
alternativos de una descomposición en gran escala de las fuerzas productivas y
de la organización social correspondiente es la revolución social.
El carácter de la catástrofe
Hemos tenido que citar a algunos economistas de la burguesía para develar el
carácter de la crisis como una tendencia a la disolución de las relaciones
sociales capitalistas, porque nada de esto traspira de algo que haya escrito la
izquierda, la cual sigue rumiando con la palabra crisis sin atreverse a
determinar su contenido histórico y su forma social. La descuartizan a la crisis
en afirmaciones aisladas y parciales cuando aluden, por ejemplo, a la
‘hipertrofia' de las finanzas (que habría que diferenciar del capitalismo ‘sano'
o ‘real'), cuando esa hipertrofia no es sino el remate de la tendencia
fundamental del capitalismo a ganar dinero del dinero y a reducir relativamente
el espacio del proceso productivo (o como dice la propaganda del Hipotecario:
"No hacés nada y tenés más plata").
La estatización politiza naturalmente la bancarrota económica. Pone en claro que
el reparto de la carga de la crisis y el carácter de la reconstrucción económica
se encuentra en manos de un órgano político. Esta evolución marca un puente
desde la quiebra capitalista hacia la situación revolucionaria, en la medida en
que fuerza a las masas a interesarse por la cuestión del poder, más allá del
acicate que la crisis produce al alterar en forma brutal las condiciones de vida
previas.
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