(IAR Noticias) 14-Octubre-08
|
 |
|
El Reloj Nacional de la Deuda, instalado en Times Square, en Nueva York
|
Geopolítica y crisis financiera. Los EEUU están demasiado endeudados para
salvar los mercados por sí solos. Las pérdidas serán globalizadas.
Por
Elmar Altvater -
Freitag
Traducción para www.sinpermiso.info : Amaranta Süss
Pasaron aquellos bonitos tiempos de mayo de 2003, cuando el presidente de
los EEUU, sacando, orgullosamente patriótico, pecho, podía decir: “¡Misión
cumplida!” Lo que al final de su mandato muestran las pantallas de televisión
es a un Bush desencajado, a un secretario del Tesoro
Paulson postrado
de hinojos y a un círculo dirigente acéfalo. La misión del imperio
americano se ha cumplido en 2008. La cañída tiene muchos nombres: Bush,
Guantánamo, Falujhia y Abu Ghraib, Fannie y Freddie, AIG y Lehman Brothers. En
una palabra: la crisis del siglo. El complejo de poder de la Casa Blanca, de
la industria petrolera texana y de Wall Street se desmorona. El mundo cambia.
Se redescubre el poder geopolítico.
El entorno neoconservador de Bush siempre ha despreciados a las personas
reflexivas, entregado como estaba a la acción sin escrúpulos. Convencidos de
que los errores se corrigen luego, dejando que otros paguen sus gravosas
consecuencias, ahora se ven forzados a descubrir cuál era (y es) la base de
poder de la hegemonía estadounidense en el mundo: no sólo la máquina militar,
indiscutiblemente superior: “¡es la economía, estúpido!”.
Hay que estar en condiciones de servirse del poder militar. Bush no lo
está; deja en Irak una tragedia humana y un desastre político, como en
Afganistán. En Guantánamo han bajado a la tumba el cadáver del estado de
derecho y el derecho internacional público. Azerbaiyán ya sacado conclusiones
de la incapacidad del poder hegemónico de los EEUU para proteger a socios
menores voluntarios como Georgia y empieza a calentar las gélidas relaciones
con Rusia. El “antinorteamericanismo” prospera por doquier: el mundo siente
una profunda repulsión por las políticas de fuerza del zaguanete de Bush, una
repulsión compartida por muchos ciudadanos estadounidenses.
Pero lo decisivo es que los neocons han conseguido hundir a la economía en
la peor crisis financiera de los últimos 100 años, en una zona abisal que no
deja de ensancharse y de abismarse. Al comienzo, daban la impresión de poseer
un arma mágica contra las tendencias al estancamiento del “capital
monopolista” (por decirlo con el título del libro clásico e influyente de Paul
Baran y Paul Sweezy publicado en los años sesenta). Se atrevieron a
desregular drásticamente los mercados financieros, a fin de elevar
astronómicamente las rentas privadas. Empezó en los 70, cuando se procedió a
dejar flotantes los cursos cambiarios de divisas, lo que permitió la
especulación con las fluctuaciones. Los cursos ya no se fijaban políticamente
por los bancos centrales, por los gobiernos o por el FMI, sino que se dejaron
a los “mercados”. Es decir: a los bancos privados, a los fondos de
inversiones, a las aseguradoras y a las divisiones monetarias de las grandes
corporaciones transnacionales.
La era neoliberal fue triunfalmente inaugurada por Margaret Thatcher con el
big bang de la liberalización de los mercados financieros. De entonces
en más, también la fijación de los intereses y de los réditos quedó al albur
de activos financieros en manos de corporaciones empresariales privadas. Los
gobiernos y los bancos centrales perdieron la “soberanía de los tipos de
interés“, tan importante para una política económica independiente y orientada
al pleno empleo.
No es una mengua psíquica
En el marco de unos mercados financieros más y más globalizados, los bancos
y los fondos de inversiones entraron en una competencia sin tregua para atraer
depósitos o para mantenerse en el negocio. Así, dispararon sin escrúpulos los
rendimientos obtenibles con activos financieros, incomparablemente mayores que
los beneficios reales. Eso es lo que exigía la concurrencia. La ahora tan
lamentada codicia sin límite de los altos ejecutivos no era una mengua
psíquica, sino que tenía causas sistémicas. El capitalismo se transformó en
capitalismo “financieramente inducido”. La tasa de beneficios del capital
industrial cayó en los pasados años, como lo muestran todos los estudios
empíricos, mientras que los réditos financieros eran altos. Quien sacaba un
rendimiento inferior al 20% al capital invertido, parecía, hasta el estallido
de la presente crisis, un perdedor. Sólo en 2008, según información del Bando
Federal Alemán, retrocedieron los réditos del 20,7% (2007) a un modesto 3,3%
(primer semestre de 2008).
Los activos financieros son deudas activas (claims) que deben ser
satisfechas, y cuanto más elevados los réditos y más voluminosas las deudas
activas generadoras de réditos, tanto mayores son los rendimientos del producto
social global que van a parar al sector financiero.
En cuyo centro se halla Wall Street, o –como algunos prefieren— “Fraudstreet”,
en donde no dejan de desarrollarse nuevas estrategias de activos, ni de
descubrir complejos papeles estructurados, ni de fundarse instituciones, hasta
ahora desconocidas (como los “vehículos con propósitos específicos”, SPV, por
sus siglas en inglés), todo ello a fin de atraer constantemente nuevos
clientes a sus hechizos financieros y, con métodos constantemente renovados,
derivar hacia el sector financiero los réditos más altos posibles. ¿Desde
dónde? Desde la economía real. Pero los excedentes de ésta –se puede observar
en las tasas de crecimientos reales— no eran suficientes para aquellos
elevados réditos, esto es, para la satisfacción de la “codicia”.
Pues con las inversiones financiadas por el sector bancario no se crean
valores nuevos (como en el capitalismo de la máquina de coser de la abuela),
sino que, con ayuda de los productos financieros estructurados, se derivan
hacia el sector financiero valores ya producidos. Así ocurrió ya en la era
preindustrial y colonial, según supo mostrar agudamente Rosa Luxemburgo:
“Acumulación por desposesión”.
Llegados, empero, a un punto, la substancia no basta para satisfacer las
exigencias cada vez mayores que gravitan sobre los mercados financieros. Lo
cierto es que se buscan continuamente nuevos yacimientos y campos de activos
financieros y que se los “perfora” con instrumentos de continuo renovados, por
ejemplo los CDS (credit default swaps o contratos de protección en
derivados financieros). El mercado de los cuales es tan grande como el
producto social global, unos 62 billones de dólares.
Más allá de la ley y el orden
Nadie acepta gustoso y de grado las desvalorizaciones, tanto más cuanto que
no se trata de cacahuetes. De modo que inversores y los gobernantes
neoconservadores se sirven ahora del poder estatal para socializar las
pérdidas. Hasta los más empedernidos y fundamentalistas adoradores del mercado
descubren ahora en su corazoncito, ¡ay!, un rescoldo de socialismo.
Huelga decir que nadie sabe exactamente el volumen de las depreciaciones
por venir. Lo único seguro es que la clientela privada de los propietarios de
fortunas crematísticas será “rescatada” del barrizal por los gobiernos de
Washington, Londres o Berlín…, a costa de quienes no disponen de patrimonio
financiero.
La crisis de
la New Economy hace ocho años se superó con depreciaciones de
varios billones de dólares; el crash actual no costará menos, sino, si
acaso, harto más. Por lo pronto, el Estado norteamericano está hoy muchísimo
más endeudado que hace ocho años, y cada paquete de ayuda de centenares de
miles de millones de dólares significa más endeudamiento. Es verdad que las
obligaciones de los EEUU, medidas con los criterios europeos de Maastricht,
son todavía pequeñas, pero eso podría cambiar rápidamente. Y entonces los EEUU
estarán posiblemente tan paralizados por yugo de la deuda como lo estuvo el
Japón a comienzos de los 90, cuando el Estado tuvo que rescatar al sistema
bancario japonés.
En segundo lugar, muchos países de todo el mundo están enganchados a la
rueda de la crisis y sufren sus consecuencias. Los EEUU, tras décadas de
idolatría del mercado, han redescubierto el poder político y se aprestan ahora
a regular políticamente el “libre juego de las fuerzas del mercado”. Con los
costes de la desvalorización del capital tiene que cargar el contribuyente
norteamericano, pero no menos el resto del mundo. Eso ha sacado de quicio
incluso al ministro alemán de finanzas, Steinbrück, como si con el gravoso
resanamiento de la banca alemana se las diera de populista. Hasta se ha
permitido decir que la teoría marxiana de las crisis no es totalmente falsa.
El secretario del Tesoro Paulson quería al comienzo emplear 700 mil
millones de dólares sin control parlamentario y sin necesidad de rendir
cuentas, bajo los solos auspicios de la “lógica del dinero” y del poder. La
crisis tenía que ser resuelta haciendo que los costes del paquete de rescate
se cargaran en la cuenta del contribuyente, sin que ni él ni sus
representantes pudieran decir esta boca es mía. Un resanamiento bancario más
allá de la ley y el orden, una suerte de Guantánamo financiero. Pero el
Congreso frenó al ex-ejecutivo de Goldman Sachs, alabado por Bush como su
“general financiero”. Los congresistas temían la ira de sus electores. Quieren
preservar hasta donde sea posible el dinero del contribuyente; cuatro semanas
antes de las elecciones presidenciales, resulta comprensible. ¿Quién varga
entonces con las pérdidas de la bonanza especulativa? No pueden sino
externalizarse, es decir, transferirse al extranjero, en la medida en que el
dólar vaya depreciándose. Es de suponer que eso es precisamente lo que
sucederá. Pero no antes de las elecciones del 4 de noviembre –una devaluación
no es buena cosa—, sino en el tiempo muerto de la transición hasta la toma de
posesión del nuevo presidente en enero de 2009. La política, en la era de la
crisis financiera, es geopolítica.
Una devaluación del dólar depreciaría las considerables reservas de dólares
atesoradas en Asia, en Europa y en el Oriente Medio, en Rusia y en América
Latina. Por consiguiente, los gobiernos en posesión de fuertes reservas de
dólares se verían impulsados a cambiar y pretenderían trasvasar a valores
reales sus depósitos en dólares amenazados de depreciación. Eso es lo que
hasta ahora han prohibido los EEUU. Ni pudo China adquirir la petrolera
Unlocal, ni pudo hacerse la Autoridad Portuaria de Dubai con los puertos de
Nueva York y de Miami. Es muy posible que esa legislación restrictiva para los
extranjeros no pueda seguir manteniéndose. China, comprensiblemente, hará todo
lo posible por asegurar el valor de sus enormes reservas en dólares, rayanas
en 1,8 billones.
¿Qué viene después de esta crisis devastadora?
En substancia, una crisis grave es un mecanismo de desvalorización
gigantesca de capital. Por así decirlo, un enorme potlatch como el que
practicaban de vez en cuando los indios del Pacífico canadiense celebrando la
destrucción de riquezas. Con esa ceremonia, lo que pretendían era que nadie
llegara a ser lo bastante rico como para escindir la comunidad con sus riqueza
privada. Tras el potlatch, la vida seguía su curso. Pero la crisis
financiera no es una acción social consciente; es una “tempestad en el mercado
mundial” (Marx), y como tal, se abate sobre Wallstreet y sus callejuelas
aledañas en todo el mundo.
¿Qué viene después de esta crisis devastadora? Al aguacero de la new
economy en 2000 siguió el boom inmobiliario con las hipotecas
subprime y los productos financieros aventureros, lo que posibilitó unos
cuantos años de imponentes negocios que han durado hasta ahora, hasta la
crisis financiera más grave de los últimos 100 años. Capital disponible, de
todos modos, sigue habiéndolo, a pesar de la crisis. Se halla al acecho de
aquellas inversiones que, hoy y en lo venidero, podrían reportar réditos.
¿Cuáles podrían ser?
Las materias primas, señaladamente petróleo y gas, así como
agrocombustibles procedentes de biomasa, son la primera opción. Sus precios
deberían subir, porque escasean y la demanda es alta. Los certificados de
emisión para dióxido de carbono, conformes al protocolo de Kyoto, prometen
buenos réditos. O los bienews públicos privatizados, como los ferrocarriles o
los complejos militar-industrial y espacial. Desde hace mucho los inversores
tienen esto en el punto de mira. No hay crisis que dure eternamente. Lo único
que ha quedado atrás, y por mucho tiempo, es la época de los réditos de
ensueño superiores al 20%.
******
(*)Elmar Alvater , miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO , es profesor emérito de Ciencia Política en el
Instituto Otto-Suhr de la Universidad Libre de Berlín. Perteneció entre 1999 y 2002 a la Comisión de
Investigación sobre Globalización de la Economía Mundial del Parlamento federal alemán (Bundestag) y es
miembro del Consejo Científico de attac. Su último libro traducido al castellano: E. Altvater y B. Mahnkopf,
Las Limitaciones de la globalización. Economía, ecología y política de la globalización, Siglo XXI editores,
México, D.F., 2002.
|