uchos analistas buscan en las crisis
precedentes una guía sobre el posible devenir del actual desplome
financiero. Las primeras analogías con el desplome bursátil de 1987 o con el
estallido de la burbuja tecnológica de 2001 han quedado totalmente
superadas. En ambos casos los activos en juego eran acciones y no viviendas
y ninguno de esos temblores desembocó en colapsos bancarios. Sólo
precipitaron recesiones de acotadas duración e intensidad, que fueron
remontadas por la reactivación del consumo en un plazo relativamente breve.
Descartada la semejanza con estos declives de poco alcance, se ha impuesto
una generalizada comparación con la Depresión del ‘30. Numerosos economistas
resaltan los puntos de coincidencia con este clásico antecedente del
desplome general. Pero se equipara la eventual profundidad de la caída y no
las modalidades de la crisis. Si la intensidad de la regresión productiva y
social alcanzará esa magnitud es por el momento una incógnita. Pero la
dinámica del proceso en curso presenta numerosas diferencias con el sendero
que desató 1929.
Las medidas que hace ocho décadas se aplicaron con posterioridad al crac
se han implementando actualmente con anticipación. La inyección de liquidez
de los últimos meses provocaría horror a Hoover y suscitaría los aplausos de
Keynes. En la actualidad también se limita la caída de los bancos y se elude
cualquier aumento de las tasas de interés. Habrá que ver si estas medidas
atenúan o agravan el desplome económico, pero se desenvuelven en un contexto
internacional muy distinto del pasado.
En los años ’30 no existía el actual entrelazamiento de capitales y
tampoco operaba una coordinación entre la FED (banca central estadounidense)
y los bancos centrales de Europa y Asia. En lugar de una moneda
internacional de referencia prevalecía una disputa por heredar la primacía
de la libra esterlina, y en función de esa aspiración las grandes potencias
devaluaban sus monedas. El escenario proteccionista de áreas comerciales en
pugna distaba mucho de la interconexión actualmente impuesta por las
empresas transnacionales.
La Gran Depresión derivó en una confrontación bélica entre las
principales potencias, que nadie avizora al comienzo del siglo XXI. Un
enfrentamiento militar entre Estados Unidos, Europa y Japón es inimaginable.
Otra comparación en boga presenta el estancamiento padecido por Japón
como un espejo de lo que sucederá en Estados Unidos. Esa economía asiática
soportó una burbuja inmobiliaria muy semejante, con precios que se
triplicaron (1986-91) y luego se desmoronaron en dos tercios.
Pero Japón vaciló en implementar las medidas que Estados Unidos ha
instrumentado rápidamente, confirmando la brecha que separa a una potencia
subordinada de otra dominante. Además, la economía nipona nunca actuó como
locomotora de la economía mundial y al depender de la protección militar
norteamericana se remodeló con medidas comerciales y cambiarias (revaluar el
yen y abrir su economía), que nadie se atreve a sugerirle a Estados Unidos.
Quizá la comparación más adecuada con el desplome actual es lo ocurrido
en 1975-76. Esa crisis clausuró una etapa (el boom posguerra) con la misma
contundencia que el temblor de 2008 pondría el fin del neoliberalismo pleno
(que instauraron Thatcher y Reagan). Tomando en cuenta esta referencia
histórica hay que prestar atención a las medidas que expresaron giros
significativos.
Hace tres décadas estos virajes fueron la inconvertibilidad del dólar
(1970) y el aumento de tasas de interés (1978). Seguramente la crisis actual
incluirá transformaciones de ese alcance y en poco tiempo sabremos si las
medidas que ya se han adoptado atenúan o exacerban la intensidad de la
conmoción.