(IAR
Noticias)
07-Octubre-08
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Alan Greenspan, asesor de
tres inquilinos de la Casa Blanca y presidente de la Reserva Federal durante 18
años y medio. |
Hace algún
tiempo, un lector de El Confidencial envió un delicioso comentario que rezaba lo
siguiente: Ocurrió en el año 1921, cuando la inflación en Austria había
provocado aumentos de precios del 300% mensuales.
Por Carlos Sanchez - El Confidencial
Ante tal coyuntura, el ministro de Hacienda del
Gobierno austriaco le pidió consejo a un economista para atajar la situación.
Este le dijo que se reuniera con él a las 12 del mediodía de esa misma mañana en
la entrada de la Fábrica de Moneda. Y así se hizo. A la hora convenida, se
encontraron ambos, y el ministro le preguntó: ¿Cómo podemos parar la inflación?
El economista pegó una mano a su oreja y le respondió: ¿Oye ese ruido? Pues
acabe con él”. El economista se llamaba Ludwig Von Mises, quien junto con Hayek,
según nuestro interlocutor, fue el único en predecir la Gran Depresión de 1929.
A estas alturas de la película económica hay pocas dudas de que el tsunami
financiero que recorre el mundo (y que ha hecho emplearse a fondo a los bancos
centrales y quebrar los principios ideológicos de muchos defensores del libre
mercado) tiene que ver con la oferta monetaria. Es decir, con el número de horas
que trabaje esa máquina ‘infernal’ de hacer billetes que tanto chirriaba a los
oídos de Von Mises.
Para muchos, estamos ante la madre de todos los problemas: el exceso de liquidez
genera inflación, y si esa abundancia llega a alcanzar niveles desorbitados
-como ha ocurrido en los últimos años de lla mano de una política monetaria
extraordinariamente laxa- la fiesta del dinero puede acabar en una tragedia
griega en forma de credit crunch. Dicho en otros términos, alguien ha retirado
las copas en medio de la fiesta. Y los invitados tienen sed. Mucha sed. Tienen
dos opciones: o dejar de beber (lo que abocaría al mundo a una recesión) o irse
a un bar clandestino de los que había durante la Ley Seca (los legendarios
speakeasies de Nueva York) en forma de ventanilla de emergencia regentada por
los banqueros centrales para aguantar el tirón.
Burbuja inmobiliaria
¿Y quién ha sido el maestro de ceremonias? ¿El gran brujo que ha dirigido este
oficio de tinieblas? ¿El encargado de apretar cada mañana el botón que hace
funcionar la máquina de hacer billetes? Para un número creciente de analistas,
el hacedor de tantos entuertos responde al nombre de Alan Greenspan, asesor de
tres inquilinos de la Casa Blanca y presidente de la Reserva Federal durante 18
años y medio, a quien se acusa de mirar para otro lado y de alimentar la burbuja
inmobiliaria en EEUU con su irresponsable estrategia monetaria. No es una
acusación cualquiera. Recae sobre alguien de quien el New York Times llegó a
decir: “Para qué queremos a Dios si tenemos a Greenspan”. De él también se dijo,
como recordaba el otro día Financial Times, que estábamos ante ‘el hombre que
salvó al mundo’ tras el derrumbe de las torres gemelas.
Al ‘maestro’, como le llamó Bob Woodward en su
biografía casi oficial, le llueven ahora chuzos de punta. Se acusa a Greenspan
de ser el principal culpable de situar los tipos de interés en niveles
extraordinariamente bajos durante un periodo prolongado de tiempo, creando el
caldo de cultivo idóneo para que la burbuja (¿o habría que decir las burbujas?)
estallaran. Y de aquellos polvos vienen estos lodos. Y no sólo por eso. El
anterior presidente de la Reserva Federal respaldó la suicida bajada de los
impuestos decretada por George W. Bush para estimular artificialmente el
consumo, lo que provocó un gigantesco déficit presupuestario del que EEUU
todavía no se ha recuperado. Y para más inri, permitió que los tiburones de Wall
Street camparan a sus anchas cometiendo todo tipo de tropelías con salarios de
escándalo.
No acaba ahí la lista de agravios. El principal de sus errores fue, según sus
críticos, haber permitido a los bancos de inversión (Morgan, Merrill, Lehman...)
asumir riesgos imposibles de cumplir. Creando, en una palabra, monstruos
financieros con pies de barro que tarde o temprano tendrían que desmoronarse a
la misma velocidad que ha estallado la burbuja inmobiliaria.
No es casualidad que a Greenspan se le llamara el ‘amigo’ de los mercados, con
quien siempre mantuvo algo muy parecido a un compadreo, dicho en tono castizo.
Una sola insinuación suya, sin necesidad de alterar los tipos de interés, era
capaz de mover Wall Street, ya que sus ‘amigos’ sabían de antemano lo que quería
decir el ‘maestro’. Alguien ha escrito que el Greenspan de la Reserva Federal
era una mezcla de político y rigor técnico, y sin duda que así actuó durante
casi dos décadas. Dando ‘toques’ a los mercados en forma de advertencia (su
célebre expresión de exuberancia irracional), pero sin intervenir de forma
resuelta y decidida. Como cuando en la primavera de 1998 el jefe de la CFTC (Commodity
Futures Trading Commission) le mostró su preocupación sobre el imparable
crecimiento del mercado de derivados. Greenspan no mostró inquietud alguna y
sugirió que una regulación más estricta sólo perturbaría su funcionamiento.
Un hombre del establishment
Como se ve, muchas acusaciones contra un personaje acostumbrado a los cenáculos
de Washington, y que durante tres décadas formó parte del establishment del
poder político republicano (si bien es verdad que los demócratas no hicieron
ascos a su compañía), al contrario que su sucesor, Ben Bernanke, procedente del
mundo académico y que no quiere saber nada de contubernios políticos ni de
guiños al poder de los mercados. Al contrario que el ex presidente de la Reserva
Federal, para quien los reguladores sólo entorpecen el buen funcionamiento de
los mercados.
¿Es culpable Greenspan de tanto desorden? Lo primero que hay que decir es que la
abundancia del dinero barato no es un fenómeno nuevo. Como se ha podido
acreditar empíricamente, la mayoría de las principales crisis bancarias en los
últimos 25 años se han producido a raíz de períodos de muy rápido crecimiento
del crédito. Sin embargo, como admite un reciente estudio de los profesores
Giovanni Del´Áriccia, Deniz Igan y Luc Laeven, no Yet, not all credit booms are
followed by banking crises.todos los auges de crédito necesariamente acaban en
una crisis bancaria como la actual, que puede costar a los contribuyentes entre
400.000 y 500.000 millones de dólares, una cantidad equivalente a la tercera
parte del PIB español. Según los autores citados, la mayoría de estudios
concluye que, mientras que la probabilidad de una crisis del sistema financiero
aumenta significativamente (entre un 50% y un 75%) durante los auges de
liquidez, lo cierto es que históricamente sólo un 20% de los episodios de ‘boom’
han terminado en una crisis.
Es decir, que la orgía de liquidez no tenía por qué haber acabado necesariamente
en tragedia. Pero lo cierto es que así ha sido. José Carlos Díez, economista
jefe de Intermoney, lo exculpa en parte. No lo considera culpable de su política
monetaria teniendo en cuenta que en los años 90 el mundo vivió una doble
deflación, por un lado la vinculada con la caída de precios procedentes de
China, y por otro la relacionada con los avances tecnológicos, que abarataron
las transacciones internacionales. Había peligro real de caer en un proceso de
deflación generalizado (con las consecuencias negativas que ello conlleva), y
Greenspan, en su opinión, no tenía más remedio que relajar su política monetaria
para estimular el consumo. Las consecuencias de esa estrategia son de todos
conocidas. Tras el pinchazo de la burbuja tecnológica, se incubó una enfermedad
más importante, la relacionada con el mercado inmobiliario.
Un error de cálculo
Un par de datos ilustran el fenómeno. En el año 2000, se construyeron en EEUU
1,5 millones de viviendas, pero es que en enero de 2006 el número superaba ya
los 2,3 millones de casas, lo que supone un aumento de prácticamente el 50% en
apenas un quinquenio. Desde luego, mucho más que el crecimiento de su población.
Y aquí entra la opinión de uno de los mayores críticos de Greenspan, el Premio
Nobel Joseph Stiglitz, para quien el presidente de la Reserva Federal no se dio
cuenta con el tiempo suficiente de la que se le venía encima. Y en lugar de
endurecer su política monetaria para evitar la formación de una burbuja, lo que
hizo fue contentar a los mercados con tipos de interés anormalmente bajos.
Cuando vio que el peligro acechaba, cambió el sesgo de sus decisiones
monetarias, pero era ya demasiado tarde.
La burbuja había estallado, y con ella los cimientos del capitalismo financiero
que hemos conocido en los últimos 20 años, desde que George Bush padre aprobara
la Ley de Modernización de los Servicios Financieros, con Greenspan en la cresta
de la ola. Se rompía una tradición ‘proteccionista’ (para los depositantes y los
accionistas) inspirada por la Gran Depresión. La Ley Glass-Seagall (de 1933)
impuso la radical separación entre las actividades de banca comercial y las
operaciones de banca de inversión. Los bancos, incluso, fueron privados de
ofrecer una amplia gama de productos de seguro a sus clientes, toda vez que la
supervisión la ejercían los propios Estados, y no una agencia específica.
Ese modelo de banca fue el que se quebró en 1999 con la aprobación de la Ley
Gramm-Leach-Blieley, que permitió a las compañías tenedoras de acciones
bancarias convertirse en sociedades holding que a su vez podrían emprender
cualquier tipo de actividad financiera. Aquí empezó el lío. Greenspan permitió
que se creara un “mercado en la sombra”, opaco para la SEC, el organismo
encargado de supervisar las actividades de la banca de inversión. Y no hay
ninguna duda de que con su capacidad de influencia sobre la clase política de
Washington, la Fed hubiera tenido más poderes de supervisión. El final de la
película es de sobra conocido. Entidades con pocos recursos propios y
escasamente capitalizadas asumieron riesgos inimaginables que finalmente han
estallado en sus propias manos. O mejor dicho, en las de todos nosotros.
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