(IAR
Noticias)
02-Octubre-08
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Equipo en crisis: Bush y detrás, desde la derecha, el presidente de la Comisión de Valores
Christopher Cox, el secretario del Tesoro, Henry Paulson y el presidente de la Reserva Federal,
Ben Bernanke, el viernes 19 de septiembre. |
Ha llegado la hora. Las empresas se tambalean y los caudales públicos,
ágiles espadachines en defensa del honor mancillado del mercado, salen de
las arcas gubernamentales.
Por
María Toledano - Rebelion
Ha llegado la hora. Es necesario aportar
fondos públicos para reflotar empresas privadas, grandes corporaciones, e
impedir que el capitalismo del siglo XXI (que algunos llaman de ficción como
si los muertos, enfermos mentales y parados de larga duración producto del
sistema de explotación fueran atrezzo) siga aportando felicidad, bienes y
servicios. En estos tiempos de cerezas de invernadero y cámaras digitales
(para retratar y borrar con rapidez a los muertos en vida, que somos todos),
es preciso corregir la mala gestión, los excesos -o robos- de los directivos
de algunas multinacionales y reconducir la maltrecha economía-mundo. En la
lógica interna del capital, este proceso abierto se expandirá -les conviene,
por diferentes razones- veloz como la peste. Las ratas contables de la
globalización abandonan el barco de las empresas deficitarias para
embarcarse en otras travesías menos arriesgadas. Primero fueron bancos y
grandes aseguradoras a punto de quiebra en EE.UU. -ellos dicen compañías y
el derecho mercantil les bendice-, más tarde, entre nosotros, ilustres
periféricos de la nada, aparecieron los dirigentes de la patriótica patronal
(CEOE) y reclamaron un paréntesis en el libremercado para que el estado -la
política económica del gobierno- haga el urgente trabajo profiláctico que
los amantes de la libertad empresarial y de la autonomía de la voluntad han
denostado siempre: regulación, ordenación (más inyecciones de liquidez, la
expresión es suya) y frenazo, desde los bancos centrales, al descontrol
financiero y la especulación. Entre el chantaje y la coacción (miles de
posibles parados más) el estado social y democrático de derecho (la
expresión, dicha en voz alta, sabe a melaza) se hará cargo, al menos de una
parte importante, de la deuda adquirida. Socializar las pérdidas y controlar
el riesgo es el lema. El capitalismo entra en una importante crisis,
anunciada por algunos desde la aceleración del turbocapitalismo, y los
gobiernos se sienten (están) obligados. Los foros internacionales se visten
de púrpura y circunspección -pomposos discursos, la prensa mundial, la fiel
infantería, pendiente- al tiempo que, desde los poderosos think tanks, se
lanza la consigna: es necesario reinventar el capitalismo, ordenar el
capitalismo, dignificar y humanizar el capitalismo. Sarkozy, uno de los
listos de este negocio (se recomienda, de paso, su biografía en tebeo, La
cara oculta de Sarkozy, publicada hace un par de años), ya lo ha dicho: se
impone “regular el mercado”. El nuevo discurso -que sustituirá, en breve, al
clásico del máximo beneficio a corto plazo, vigente desde que los chicos de
Chicago (algunos gansters) convencieron al actor secundario Reagan (y al
complejo tecnológico-militar que dirige los pasos de la potencia hegemónica
desde Bretton Woods)-, está en marcha: sólo hace falta poner voz al nuevo
storytelling, a la nueva y moderna semántica.Ha llegado la hora. Las
empresas se tambalean y los caudales públicos, ágiles espadachines en
defensa del honor mancillado del mercado, salen de las arcas
gubernamentales. La nueva narratividad, sin que seamos concientes, sin
percibir que interiorizamos un discurso ajeno y hostil, cambiará el sentido
y el valor de las palabras. Los caducos diccionarios -reptiles cosidos en
pliegos- mudarán la piel y vendrán las acepciones abiertas, líquidas.
Mientras esto ocurre con prisa de teletipo y el tiempo lineal (el presente
continuo) nos devora como Saturno, la izquierda oficial -¿izquierda?-
refunfuña sentada en sus viejos sillones de Emmanuelle. Carente de cualquier
discurso crítico, incapaz de articular respuestas ante la deriva del
capitalismo y la esquizofrenia (¿se acuerda alguien del análisis político,
social y psicológico de Deleuze y Guattari?), la izquierda oficial
-¿oficial?- se limita a sus altisonantes declaraciones de salón-comedor con
visillos. Víctor Hugo hablaba, siglos atrás, de la parte de responsabilidad
que tenían los pueblos que sufrían opresión permanente sin reaccionar. El
paradigma del consumo y la alegría -con la ausencia de dolor, tomado en
sentido amplio- es el nuevo modelo social. Su definitiva implantación ha
modificado, destrozado, las relaciones entre los antagonistas históricos,
irreconocibles, ahora, en la difusa cartografía política y el enrevesado
tejido social. Las nuevas relaciones de producción, reconvertidas en técnica
y utilización, y la mercancía, en sí, hecha espectáculo, han hecho de las
cadenas (en cualquier sentido) un adorno. Si la manifiesta opresión es ahora
el broche del vestido, ¿qué nos quedará cuando nos quiten, con nuestro
tácito consentimiento, los botones y el cinturón? Tendremos hambre y no
conoceremos las palabras que lo nombren. Hambre de comida basura y sed de
refrescos de cola, sospecho.
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