(IAR
Noticias)
02-Octubre-08
La formidable
crisis que atraviesan las instituciones financieras de los Estados Unidos es una
excusa suficiente para que una serie muy grande de charlatanes y opinadores
profesionales emitan una serie aparentemente interminable de sabidurías
supuestamente definitivas.
Por Pepe Eliaschev
- Perfil, Argentina
Que el capitalismo ha terminado, que lo que sucede es la expresión de un sistema
esencialmente egoísta, que aquéllos que patrocinaban una cosa en ultramar hacen
todo lo contrario en sus propias fronteras… Es difícil encontrar a estas horas
-cuando el comportamiento del sistema finannciero norteamericano aparece en el
medio de una borrasca que tiene escasos precedentes- ponderación y, sobre todo,
sabiduría. Opinan sobre la crisis personas que deberían acotarse a sus propias
especialidades.
Pero hay, sobre todo, una intención de capitalizar el momento para llevar agua
al propio molino. Esto se advierte claramente en el apresuramiento con que se
formulan pronósticos aparentemente demoledores.
Claro que lo que está sucediendo -y que no habrá de terminar mágicamente en las
próximas semanas- es de una especial gravedad, y su trascendencia no puede ser
menoscabada bajo ningún concepto. En el corazón de la tormenta, en el ojo del
temporal, hay una crisis de credibilidad de las instituciones financieras
privadas. Y hay, claramente, una deficiencia formidable en las normas
regulatorias que, de una u otra manera, se fueron abandonando en los últimos
años, sobre todo a partir de los gobiernos de Ronald Reagan, en la década del
‘80. Esas regulaciones no pudieron ser rearmadas por los dos mandatos de Bill
Clinton y acá se están viendo algunas de sus consecuencias.
Pero, a mi modo de ver, resulta gratuito y sobre todo esencialmente estéril
pretender plantear una discusión filosófica sobre la condición humana a partir
de la crisis de financiamiento y de recursos verdaderos de esas instituciones
financieras. Hay quienes hablan, por ejemplo, de una expansión ilimitada de la
codicia y el egoísmo, hay quienes sostienen que esto que sucede es porque
vivimos para acumular riqueza a expensas de los que menos tienen, como si, en
definitiva, se tratara de un problema de índole ética, o un problema de
decisiones subjetivas.
La ambición desenfrenada no es un elemento exclusivo de la época contemporánea.
Desde que el mundo es mundo, los seres humanos suelen motorizarse –entre otras
razones, o entre otras motivaciones principales-, precisamente por esa búsqueda
del progreso material. No es un rasgo distintivo exclusivamente del capitalismo.
Si no, no se explican las crisis de alimentos en los países socialistas, los que
terminan recurriendo inexorablemente a la iniciativa privada para motivar a la
gente a producir lo que, de otra manera, no producirían.
Claro que una cosa es la subsistencia y otra cosa es el desenfreno, pero
imaginar que lo que sucede en los Estados Unidos es la demostración de que ese
sistema (que en estos momentos sufre tan notoriamente) está exclusivamente
basado en la codicia ilimitada, es una ingenuidad. En todo caso, es una versión
infantil de un problema verdaderamente mucho más complejo.
De tal manera que, si se trata de equidad social, y se trata sobre todo de
buscar maneras para que la iniciativa privada –motor del progreso humano- no
desaparezca, será cuestión de reformular normas regulatorias y buscar mayor
sabiduría en la administración de la riqueza.
Pero no será con postulados apocalípticos ni con insinuaciones aparentemente
éticas que habrá de salirse de esta crisis. Esta crisis no derrumba a los
Estados Unidos, ni a su economía real, que se mueve en el marco de un mundo repleto
de problemas e injusticias. Esta crisis, sin embargo, esconde algo que no se ve:
una formidable capacidad de recuperación y una vitalidad que por ahora está
siendo cuestionada.
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