l actual derrumbe de Wall Street está ocasionando todo tipo de comparaciones
históricas desalentadoras. Pero muy pocos analistas parecen haberse percatado de
otra coincidencia histórica igualmente fascinante: esta “gran destrucción” de
riqueza a la que estamos asistiendo hoy sigue a tres décadas de un proceso de
concentración de riqueza sin igual, años que han visto a los más ricos de EEUU
doblar la parte que se llevan de la riqueza nacional.
¿Sería posible que estos dos fenómenos estuviesen, de alguna forma,
relacionados? Y si es así, un rescate financiero de Wall Street que ignore que
la distribución de ingresos en América se concentra en las clases altas ¿puede
realmente restaurar la seguridad económica del estadounidense medio?
Esta semana, por los corredores del Congreso, los activistas más progresistas
van a trabajar para ampliar el debate sobre el rescate que el descomunal colapso
de Wall Street ha convertido en una urgencia. Van a presionar a los legisladores
para que vayan a por los de arriba. Cuentan con que van a encontrarse con una
audiencia mucho más receptiva de lo que se podían haber imaginado hace sólo unas
semanas.
La asombrosa rapidez y la magnitud del derrumbe de Wall Street ha dejado a
muchos observadores convencidos de que las siempre crecientes remuneraciones de
la plana mayor de EEUU se han convertido en una contribución importante de todo
aquello que nos afecta económicamente.
Incluso los economistas de tendencia conservadora se lamentan de las
consecuencias de lo que ha sido una retribución demasiado generosa para quienes
están en la cima de la industria financiera. Como escribía la semana pasada el
economista Robert Samuelson, enormes “recompensas inmediatas” para la crema de
Wall Street, “les cegó ante los peligros a largo plazo” inherentes a los
tremendos riesgos que estaban corriendo con el dinero de otros.
Pero décadas de concentración de riqueza han tenido consecuencias que se
adentran más y más en las raíces de la actual crisis de Wall Street. Dicha
concentración sirvió para espolear en EEUU la burbuja inmobiliaria que acaba de
estallar. En las zonas próximas al metro a lo largo de todos los EEUU, los
precios de las casas crecieron mucho más rápido en aquellas áreas donde los
ingresos y la riqueza se habían acumulado más intensamente.
Las burbujas de activos como la oleada especulativa del mercado inmobiliario
aparecen de forma natural en sociedades extremadamente desiguales. La
desigualdad siempre ha desatado dinámicas que hacen de la especulación algo
inevitable. Allí donde la riqueza se escurre hacia los de arriba, el ciudadano
medio tiene menos que gastar. Los ricos, en cambio, tienen menos razones para
depositar su riqueza en inversiones productivas de la economía “real”,
sencillamente porqué las personas normales no pueden permitirse comprar lo que
sea que esa inversión vaya a producir.
Pero los grandes y ricos magnates tienen que hacer algo con sus dólares.
Después de todo, no les quedaría otra alternativa que consumirlo personalmente.
Así pues, ¿qué ocurre con los dólares que los ricos no pueden gastarse y no
pueden invertir productivamente? Pues los ricos los meten en actividades
especulativas.
Claro que la concentración de riqueza en la parte alta de la distribución de
la renta no sólo proporciona a los ricos aún más riqueza. Obtienen también más
poder, más peso e influencia en la esfera política. Durante las últimas décadas,
los ricos estadounidenses han traducido ese poder en bombardeos electorales y
presiones a las instituciones que han desvirtuado la regulación gubernamental a
favor de los consumidores o de los propietarios de una vivienda.
Los emisores de hipotecas estadounidenses, liberados del control regulador,
pudieron equivocadamente ofrecen préstamos subprime (de baja calidad, N. del T.)
a altos tipos de interés a millones de familias estadounidenses. Esas familias,
por su parte, poco más podían hacer que firmar en la línea de puntos. En unos
EEUU profundamente desiguales, con los trabajadores llevándose a casa una
históricamente pequeña parte de la renta nacional, muy pocas familias estaban en
condiciones de cumplir los requisitos para una hipoteca normal.
En resumen, fue la desigualdad la que cocinó el actual desmorone de Wall
Street. Cualquier intento serio de acabar con esta situación - y prevenir otras
similares - debe reconocer el papel jugado por la desigualdad.
Los analistas progresistas y los activistas han empezado a acribillar el
Capitol Hill con este mensaje. Están poniendo sobre la mesa una amplia gama de
propuestas diseñadas para hacer de cualquier paquete de rescate legislativo un
trampolín para lograr un EEUU más igualitario.
Para empezar, indica el director de Essential Action Robert Weissman, los
estadounidenses necesitan estar alerta ante llamadas demasiado genéricas a
llevar a cabo “reformas” e insistir en propuestas concretas que, por ejemplo,
vayan a “imponer restricciones a las remuneraciones máximas de altos cargos y
ejecutivos”.
¿Qué forma pueden tomar dichas restricciones? El economista progresista Dean
Baker, codirector del Center for Economic and Policy Research en Washington, D.C.,
pide “un límite absoluto de 2 millones de dólares como remuneración total para
cualquier ejecutivo de cualquier empresa”, cifra después de impuestos.
“Restringir las remuneraciones en Wall Street será increíblemente importante
para revertir el modelo de generación de desigualdades que se ha desarrollado
durante las últimas tres décadas”, comenta Baker, quién destaca que “los
arreglos para remuneraciones exorbitantes en Wall Street” han “distorsionado la
estructura de pagos de toda la economía”.
El Institute for Policy Studies, un think tank de activistas también de
Washington, propone requerir a las empresas que deseen beneficiarse del rescate
que no paguen a sus altos ejecutivos más de 25 veces lo que estén recibiendo sus
trabajadores peor pagados. “Las acciones del Gobierno deberían dar prioridad
para proteger a la gente de a pie y a la economía productiva real”, señala Chuck
Collins, director del Program on Inequality and the Common Good del Instituto,
“y no premiar aún más a los súper ricos y a los sectores especulativos de la
economía”.
En definitiva, añade Collins, los legisladores deberían poner en marcha un
recargo a los impuestos pagados por las rentas más altas de América. “Los 50.000
hogares con ingresos anuales por encima de los 5 millones de dólares”, señala,
“son los mayores beneficiarios de los 25 años de desregulación de Wall Street”.
¿Quiénes van a ser los mayores beneficiarios de la economía durante los
próximos 25 años? Las decisiones sobre el rescate financiero que el Congreso va
a tomar esta semana van a jugar un papel clave para conocer la respuesta.