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30-Septiembre-08
Desde que comenzó a reinar primero la inquietud con las hipotecas basura
y luego la fuga de depósitos, todo empezó a salir mal para los operadores de Wall Street, distinguidos con los mejores sueldos del mundo.
Por
Silvia Naishtat - Clarín
L a tienda Apple de la Quinta Avenida es un buen termómetro del
consumo yuppie en Nueva York. En marzo había colas para llevar las
computadoras personales más caras del mercado. La semana pasada, casi no había
clientes. En los after hour están todos buscando trabajo, dice un ex ejecutivo
de un ex banco de inversión que no sabe dónde está parado.
En ese ambiente eran capaces de ganar fortunas mágicamente, sin recetas y con
sofisticados instrumentos. Pero ahora todo se destruye a la velocidad de la
luz. Desde que comenzó a reinar primero la inquietud con las hipotecas basura
y luego la fuga de depósitos, todo empezó a salir mal para los operadores de
Wall Street, distinguidos con los mejores sueldos del mundo.
Con ingresos de US$50.000 a 150.000 mensuales, tomaron deudas apalancadas
sobre la propiedad que pagaban a crédito y pasaban a vivir aceleradamente como
ricos. Según Eduardo Blasco, de Maxinver, que los conoce, con esos salarios la
predisposición a despreciar gastos es enorme.
Como sus aciertos o desaciertos hacían oscilar sus fortunas en grandes sumas,
perdieron la dimensión del dinero, viajaban en primera, cenaban en los mejores
restaurantes, compraban arte, autos de colección y yates.
Si en el siglo XIX la industria del acero fue la que generó los millonarios de
la época, en el XXI es la tecnología financiera. Así, nació una dinastía
integrada, entre otros, por gestores de fondos que ganaron en 2006 un promedio
de US$ 657,5 millones. El mejor pagado de esta élite, James Simons (fondos
Medallion y Renaissance International) se llevó a su casa US$ 1.500 millones.
A su lado, el campeón de squash y jefe de Lehman Brothers, Richard Fuld, tenía
un honorario un poco más discreto, de 122 millones. Alan Schwartz, presidente
de Bear Stearns, ganó US$ 37,3 millones el año pasado.
"Hoy la caída es muy fuerte y salvaje, son los expulsados del paraíso",
asegura Blasco. Un sofisticado analista percibe que en EE.UU. "no tienen idea
de la magnitud del agujero negro, les cuesta cuantificar y van a los
ponchazos", sentenció. Claro que, a diferencia de la crisis del 30, por lo
menos esta vez no están cruzados de brazos. |