(IAR
Noticias)
27-Septiembre-08
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Un operador,
desde una oficina en París, observa una pantalla que exhibe el desempeño de la acción de
Lehman. |
En realidad no quedan ya más blue chips. Las empresas más grandes del mundo,
como demostró Enron, pueden desaparecer de la noche a la mañana entre una
nube de humo. Sino miren a Lehman Brothers. Hoy está aquí y luego, puf, por
la mañana se ha esfumado.
Por
Dave Lindorff (*) - Revista Sin Permiso
AIG, el paradigma de las empresas Blue Chip (expresión inglesa utilizada
para caracterizar a los principales títulos de una Bolsa de Valores – N. del
T.), una de las 30 empresas que componen el Dow Jones Industrial Average
(índice compuesto por las 30 empresas de mayor capitalización de Estados
Unidos, excluyendo las de transporte y de servicios básicos – N. del T.),
una empresa que en el año 2000 presumía de una capitalización de 217 mil
millones de dólares, lo que la convertía en la mayor institución financiera
del mundo, se tambalea al borde del hundimiento. Hoy vale sólo 7 mil
millones de dólares, y el futuro de la que hasta hace poco era la mayor
empresa aseguradora del mundo pende de un hilo – siendo ese hilo la voluntad
que tengan instituciones de Wall Street como Goldman Sachs y Morgan Stanley,
las cuales afrontan ellas mismas procesos de re-capitalización, de salir al
rescate con 75 mil millones de dólares en nuevos préstamos.
No hace mucho aquellos inversores que desconfiaban de los mercados
financieros, o que no querían asumir muchos riesgos, solían destinar sus
fondos a las empresas que se suele llamar "blue chips" – empresas que eran
consideradas como conservadoras, inversiones tan seguras que podían capear
cualquier tormenta. Tenían nombres como AT&T, General Motors, Ford, Boeing…
y AIG.
Pues bien, AT&T es una sombra de lo que fue, se habla entre los analistas de
que GM y Ford son cadáveres vivientes, Boeing necesita reanimación asistida
o, ya que sólo la apuntalan sus contratos militares, más bien "defunción"
asistida, y AIG… parece tener ya un pie en la tumba.
En realidad no quedan ya más blue chips. Las empresas más grandes del mundo,
como demostró Enron, puedes desaparecer de la noche a la mañana entre una
nube de humo. Sino miren a Lehman Brothers. Hoy está aquí y luego, puf, por
la mañana se ha esfumado.
En el caso de AIG, si el gigante asegurador se hunde, se puede llevar mucho
con él.
En un artículo de hoy en el diario australiano The Australian (el producto
insignia de la NewsCorp de Rupert Murdoch y difícilmente sospechoso de
connivencias marxistas) se decía lo siguiente:
Si los esfuerzos de última hora de la Reserva Federal norteamericana no
logran dar un respiro a AIG, los daños en cascada provocados por las sub-prime
habrán ido destrozando poco a poco a los mercados financieros hasta un punto
mucho peor que en el legendario cataclismo financiero de 1987.
Y una vez en ese escenario, los gobiernos y los reguladores de los mercados
financieros por igual deberán plantearse lo que hasta hace poco era
impensable: ¿estamos yendo hacia algo comparable a lo de 1929?
Entonces, ¿qué deben hacer los atormentados inversores? Es claro que no hay
ningún puerto seguro en el mercado bursátil, el cual podría mañana mismo
desplomarse tranquilamente un 40 o un 70% así como subir un 3%. Los bonos no
tienen mucha mejor pinta. Puede que sean más estables que las acciones, pero
no si la empresa que los emite quiebra. En ese caso se convierten en
pedacitos de papel sin valor alguno, parecidos a las participaciones de
Fannie Mae que ahora se usan para envolver regalos. Las agencias de
certificación, como Standard&Poors y Moody's, si bien siguen con su habitual
timidez a la hora de devaluar a una gran entidad empresarial, hoy han
rebajado discretamente la calificación de la deuda de AIG en dos grados, lo
cuál es su forma de dar a entender que si tú eres uno de los propietarios de
los bonos de AIG, tienes bastantes más posibilidades de acabar perdiendo
hasta la camisa.
No son sólo los inversores los que deberían estar asustados. Aquellas
personas que han optado por proteger a sus familias comprando pólizas de
seguro de vida, o que han tratado de proveerse de una fuente de ingresos
para su jubilación comprando anualidades de AIG, deberían estar preocupados
de si la empresa seguirá allí cuando llegue el momento de que ellos o sus
beneficiarios necesiten recibir los pagos. No hay duda de que los distintos
estados, quienes en EEUU son los responsables de legislar sobre la industria
aseguradora, en la mayoría de casos han establecido fondos de reserva para
cubrir a los asegurados, pero así como el FDIC (entidad reguladora de los
Estados Unidos que administra los seguros sobre depósitos bancarios – N. del
T.) sólo asegura depósitos bancarios hasta los 100.000 dólares, estos fondos
en general sólo cubren los primeros 100.000 dólares del seguro o de la
anualidad como importe rescatado en efectivo, o 300.000 dólares en forma de
algún tipo de renta. Pero estos fondos de garantía se diseñaron para
proteger a la gente ante operaciones aseguradoras irresponsables; son
patéticamente impotentes ante problemas de la escala de AIG.
AIG es un gigante del mundo de los seguros de tal envergadura que como decía
a The Australian un tesorero de la empresa:
"Si se colapsa AIG, entonces no hay industria del seguro en el mundo".
El New York Times, comentando el miedo de la gente de a pie de que cuando
llegue el momento no estén disponibles sus seguros o sus pensiones, citaba a
un consultor de seguros, Glenn Daily, quién decía que determinado cliente de
AIG estaba intentando conseguir prestado lo máximo usando como garantía su
seguro de vida, para colocar por ahí ese dinero hasta que pase la crisis de
AIG. Pero añadía sombríamente que "si todo el mundo hace esto, es posible
que la empresa haga aguas".
Pero de hecho, es peor que eso. Como escribía hoy en un artículo de opinión
del New York Times Michael Lewitt, un gestor financiero afincado en Florida,
AIG es un actor clave en el mercado de derivados de crédito, que mueve 60
billones (sí, ¡con "b" de billones!) de dólares, un espacio enorme,
internacional y altamente desregulado donde operan los fondos de cobertura (hedge
funds), y cuyo colapso dejaría al Crash del 29 como un simple tropiezo.
Así que eso es a lo que nos abocamos. No hay refugios en las blue chip
debido al creciente desastre en que se ha convertido la economía
estadounidense. Y no hay un rescate sencillo – de hecho, se ha postulado que
el Secretario del Tesoro Henry Paulson dejó caer a Lehman Brothers
precisamente porqué sabía que iba a necesitar todos los recursos que le
quedan al Tesoro para tratar de mantener viva a AIG. Se trata de un castillo
de cartas frágil e interconectado, apuntalado por una cierta fe residual de
los inversores normales quienes, al menos hasta el momento, siguen creyendo
que hay una estructura coherente detrás. A medida que va cayendo carta tras
carta ese desvencijado edificio – primero Bear Stearns, después IndyMac Bank,
luego Fannie Mae y Freddie Mac, Lehman Brothers, ahora tal vez AIG y
Washington Mutual, una gran entidad bancaria que está a las puertas de la
muerte – llegará un momento en el que esos inversores y ahora también los
poseedores de seguros, puede que decidan coger su dinero e irse a casa, de
modo que todo el tinglado se vendrá ruidosamente abajo.
Las buenas noticias son que si se colapsa la economía de EEUU, el granjero
pastún del noreste de Pakistán, el tendero iraquí de Fallujah, el obrero
iraní de Teherán y el campesino de Venezuela ya no tendrán que preocuparse
de bombardeos ni temer que sus hijos caigan bajo las balas de la
ametralladora de un helicóptero de los EEUU. Los EEUU se habrán quedado ya
sin fondos para pagar esas guerras en el exterior. Y ya que un colapso de la
capacidad adquisitiva de los consumidores norteamericanos traería también
una prolongada recesión para el resto del mundo, tal vez, como en los años
30 del pasado siglo, puede que podamos ver una reducción importante en las
emisiones de CO2 de coches, fábricas y centrales térmicas de modo que la
catástrofe global debida al calentamiento que nos amenaza a todos nosotros
pueda ser significativamente retrasada, dando tiempo a la humanidad para
llevar a cabo una estrategia a largo plazo suficientemente seria.
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(*)Dave Lindorff es un periodista y columnista afincado en Filadelfia. Su
último libro es The Case for Impeachment (St. Martin's Press, 2006).
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