La grave crisis financiera global, cuyo epicentro se focaliza en el G-7, no
constituye el fin del mundo, pero sí el del capitalismo financierista que
predominó durante casi cuatro siglos a los dos lados del océano Atlántico en
Holanda, Gran Bretaña y EU (Caos y gobernanza del moderno sistema mundial,
Giovanni Arrighi y Beverly J. Silver, University of Minnesota Press, 1999), y
que este último llevó en forma demencial a extremos antigravitatorios.
Desde el punto de vista conceptual, la gran tragedia del capitalismo
posmoderno radica en su metamorfosis inesperada, una verdadera
transmogrificación, que resalta la incoherencia de su articulación lingüística
al pervertirse en un “socialismo de Estado” que pretende sobrevivir en medio de
su naufragio gracias a la nacionalización (mejor dicho estatización) de sus
quebradas empresas privadas por los bancos centrales –es decir, con el dinero de
los ciudadanos en manos gubernamentales– quienes deciden dictatorialmente el
flujo selectivo de los ahorros de un país.
En el “mercado” librecambista monetarista no existe la democracia financiera
cuando el ahorro ciudadano sirve en última instancia para rescatar a la
parasitaria banca privada totalmente insolvente.
Es tan antidemocrática, amén de misántropa, la decisión unilateral de los
bancos centrales del G-7 –entre quienes destaca la Reserva Federal– que llegan
al colmo de penalizar a los ciudadanos mediante la expulsión masiva de sus
empleos.
Se rescata a la “plutocracia comunista” anglosajona, no a los empleados
quienes aportan el grueso de los capitales de las cuentas de la Reserva Federal
y la Secretaría del Tesoro, ya no se diga los tramposos fondos de pensiones: uno
de los mayores engaños que usa el ahorro de los empleados para subsidiar a sus
patrones quienes pagan muy pocos impuestos (cuando no evaden en los paraísos
fiscales, diseñados ex profeso por la piratería financiera
anglosajona).
Este es el “capitalismo comunista” posmoderno que rompe con las categorías
semánticas en las que supuestamente se basaba su carácter invencible:
privatización de las ganancias y socialización de las pérdidas.
En el frente externo, la metamorfosis del capitalismo financierista, en su
fase neoliberal de mayor descomposición cerebral, es más grotesca y arriesgada
para la seguridad nacional del G-7 expuesta a la captura foránea: rescate de las
quebradas empresas privadas de la “plutocracia comunista” anglosajona por los
Fondos Soberanos de Riqueza (FSR), de propiedad estatal, como los de China, país
nominalmente comunista.
Si ahora el dinero es el “rey”, como expectoran los desacreditados
seudoanalistas de Wall Street y la City, entonces los poseedores de los FSR –en
los que tanto hemos insistido– marcarán los tiempos del futuro inmediato. Los
FSR, que andan en más de 3.3 billones de dólares (trillones en anglosajón), se
encuentran en manos del BRIC (Brasil, Rusia, India y China), además de los
exitosos países exportadores asiáticos y las petromonarquías del Golfo (la
excepción de México, con todo y sus excesivos ingresos petroleros, es patética).
Asistimos a la segunda fase de desintegración del sistema financiero
anglosajón. La primera, relativamente benigna, lidió con el estallido de los
subprime (hipotecas de baja calidad crediticia) y ahora, la segunda, más
perniciosa, expondrá a la luz del día a los tóxicos CDS (Credit Default Swaps).
Falta la tercera, la peor de todas: la exposición contable de los “derivados
financieros” por mil millones de millones (un cuatrillón en anglosajón)
escondidos en las clandestinas “cuentas invisibles” (off-balance-sheet)
de los piratas paraísos fiscales (off-shore) que representan el “nivel
3” (deudas incobrables e impagables) de la insolente cuan insolvente banca
anglosajona.
Fin del mundo de la deuda excesiva y su crédito ultralaxo que ceden su lugar
al ahorro frugal y al crédito responsable (un adjetivo eviscerado de su
contenido semántico, ético y estético a los dos lados del Atlántico). Los
siquiatras, expulsados de los manicomios financieros, retoman el mando clínico y
el cuidado de los alienados neoliberales quienes se habían rebelado durante toda
la desregulación (término que en salud mental significa sicosis). “Neoliberal”
es ya equiparable al sicópata funcional.
Nunca como ahora se aplica mejor la metáfora bíblica de Sodoma y Gomorra, que
simbolizan el mayor grado de concupiscencia y lascivia del género humano, cuya
destrucción total ilustra el aniquilamiento del sistema financiero neoliberal
anglosajón.
Hasta el candidato presidencial del Partido Republicano, John McCain, a quien
le afecta más que a Obama el entorno de la grave crisis financiera global, no ha
tenido más remedio que denunciar, contra su propia ideología librecambista, la
“corrupción y codicia sin frenos” de los “especuladores” de Wall Street. Las
imprecaciones del bélico McCain rememoran las maldiciones del profeta Isaías
cuando Wall Street y la City se han convertido en las nuevas Sodoma y Gomorra de
las finanzas globales en plena degradación.
En medio de las acrobacias contables y las masivas inyecciones de liquidez de
Henry “Hank” Paulson, secretario del Tesoro, y Ben Shalom Bernanke, gobernador
de la Reserva Federal –dos burócratas que nunca han detentado un puesto de
elección popular y parecen haber agotado sus municiones–, retumba la candidez
inigualable de Harry Reid, líder de la mayoría del Senado, quien espetó que
“nadie (¡supersic!) sabía cómo responder a las turbulencias de Wall Street. (…)
Pueden preguntar a Bernanke y a Paulson: no saben que hacer. Pero intentan
aportar ideas (¡extrasic!)” (Hill, 17-09-08).
¿Dónde anda oculto Baby Bush? Escondió la cabeza como temerosa
avestruz ante la tormenta.
Dominique Strauss-Kahn, director galo del Fondo Monetario Internacional,
considera que todavía lo peor no sucede, mientras el locuaz Jacques Attali, ex
director del Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo, afirma que la
presente crisis se parece a la de 1929, con la diferencia de que en la
actualidad, debido a la mayor interconectividad, su amplitud es superior. A su
juicio, el problema radica en el ocultamiento contable de activos de mala
calidad (Talk Orange-Le Figaro, 17-09-08).
Increíble: el neoliberalismo financiero se pulverizó por entropía propia. Lo
grave es que arrastra a tirios y troyanos en su desgracia cataclísmica.
Marc Pitzke sentencia que “acabó el mundo como lo conocimos”. Aduce que se
trata del “fin de una era” cuando los “fundamentos del capitalismo de EU se han
destrozado”. Concluye así la “era del capitalismo sin frenos (sic) de la
economía de libre mercado en EU” (Der Spiegel on line, 18-09-08).
Lo mejor, como en Sodoma y Gomorra, es no voltear hacia atrás.