En qué quedamos? El Estado ha sido, desde hace casi 30 años, en el lenguaje
del poder, el gran impedimento (o el gran impedidor, lo mismo da) para que los
habitantes del planeta alcancen prosperidad y felicidad. Más aún, supremo
ejemplo de egoísmo en una creación del hombre, había sido responsable -se nos
dijo- de casi toda guerra y tragedia ocurrida desde los Tratados de Westfalia en
el siglo XVII, que dieron forma al estado moderno.
¿Qué mejor promesa entonces que anunciar que se lo haría cuasi desaparecer,
liberando las energías de los ciudadanos?
Esta argumentación fue común a dictaduras militares -como la Argentina 1976-83-
o gobiernos de extracción legítima como los de los ocho años de Ronald Reagan en
la Casa Blanca, a partir de 1981, a quien puede asignarse el liderazgo de la
ideología "anti-estatal" en escala popular.
Esta melodía sufre ahora una seria disonancia: George W. Bush, un presidente que
se reivindica como discípulo de Reagan, acaba de admitir en Washington, que solo
el Estado es capaz de extraer a su país de los resultados de la tormenta que
atraviesa el sector financiero. Poco antes su secretario del Tesoro, Henry Paulson, había advertido que aunque el rescate iba a demandar "cientos de miles
de millones de dólares", la alternativa al mismo -presumiblemente dejar que el
incendio financiero se consume- "sería más cara".
Los comentaristas ironizan con que, socializando de este modo las pérdidas de
los banqueros, aseguradores y otros, Bush -ahora con el Congreso- está a punto
de transformar el país en los "Estados Unidos Socialistas de América". De a poco
lo había venido haciendo desde hace más de un año la Reserva Federal con Ben
Bernanke a la cabeza, pero la escala de la crisis se ha ido de toda proporción y
se necesitan leyes para proceder al rescate. Bernanke es considerado uno de los
expertos de la devastación económica y financiera de 1929, así que sabe mejor
que nadie lo que hay en el horizonte.
¿En qué quedamos entonces?
Realmente en nada nuevo, porque si uno se abstrae del discurso teológico sobre
el mercado, encontrará amplio precedente para el curso que ahora propone Bush:
que los fondos del fisco sirvan para comprar las deudas incobrables que están
atosigando la economía estadounidense y, por extensión, la global. Otras crisis
financieras anteriores han sido resueltas del mismo modo, por vía de la
socialización de pérdidas.
En Estados Unidos, un antecedente directo del programa que ahora intentan
transformar en ley en Washington, es el de la crisis de las llamadas Savings &
Loan (Sociedades de Ahorro y Préstamo) que complicó los '80 y los '90 y que
causó un crónico déficit presupuestario en la segunda de esas décadas. Más de
700 entidades fallidas fueron compradas entonces con dinero fiscal a través de
una corporación pública conocida como RTC (siglas para Resolution Trust
Corporation), en un conjunto de operaciones que les costó a los contribuyentes
124.000 millones de dólares. Aunque no hay una estimación cierta o confiable,
las cifras que se asignan a este rescate están en el orden de los 600.000
millones de dólares, siempre y cuando el Estado pueda revender a precios
razonables los préstamos devaluados que adquirirá en breve.
Esta solución del "rescate amplio" fue defendida recientemente en forma pública
por dos popes económicos. El primero de ellos es Paul Volcker, ex titular de la
Reserva Federal; el segundo es el antiguo secretario del Tesoro Paul Brady. A
este último se lo puede recordar porque ayudó a socializar otra crisis, la de la
deuda externa latinoamericana en los años 80 a través de la creación de los
bonos que llevaban su nombre, con los que quitó a la región endeudada toda
herramienta de confrontación. Aquel "rescate" no costó demasiado. Luego, en 1998
llegó el rescate del fondo de inversión LTCM (Long Term Capital Management) que
tenía dos premios Nobel de economía entre sus directivos y acostumbraba a pagar
dividendos de hasta 40 por ciento anuales a sus inversores. Y más tarde Enron,
el colapso de la llamada "nueva economía". Uno puede encontrar la misma fórmula,
el dinero estatal salvando a banqueros en Japón --años 90-- y aun en Suecia, a
comienzos de esa misma década.
Ahora se predice que --cuando el vendaval presente se detenga-- vamos a ver
amanecer sobre un mundo diferente en el que las relaciones de poder se ajustarán
a la realidad post-Lehman, como la bautizaron algunos. Habrá más regulación del
sistema, afirman, para evitar que la codicia siga enseñoreándose. Pero ¿será
así?
Esto último requeriría un cambio cultural antes que nada que es muy difícil de
prever. Un ejemplo: parte del paquete conocido ayer fue la suspensión de la
llamada "venta corta" de 799 activos financieros. ¿Qué es esto? Se trata de los
inversores que apuestan contra determinadas acciones y que las venden antes de
poseerlas porque creen que su precio caerá y podrán comprarlas luego a un precio
inferior que permita la ganancia. ¿Desparecerán estas prácticas codiciosas? ¿La
alegría de los mercados financieros en todo el mundo ayer, ante el rescate
estatal, lo permitirá? Nouriel Roubini, el académico economista de la
Universidad de Nueva York al que se le reconoce haber anticipado esta crisis en
el 2006, dice ahora: "Este puede ser el fin del imperio estadounidense".