os últimos en asombrarse de la desintegración del sistema financiero de
Estados Unidos y la insolvencia bancaria de sus principales bancos de
inversiones (bancos comerciales, como Bank of America, han soportado mejor las
turbulencias hasta ahora) son los dilectos lectores de Bajo la Lupa, quienes
habían sido advertidos con bastante antelación de la inviabilidad del
monetarismo centralbanquista del modelo neoliberal anglosajón en implosión
vertiginosa.
El FDIC, que dice disponer de miserables 50 mil millones de dólares para
asegurar los pletóricos depósitos de los cuentahabientes, recurrió a empréstitos
emergentes de la Secretaría del Tesoro cuando Goldman Sachs y Morgan Stanley,
los dos últimos bancos de inversión que han sobrevivido, exhiben severo
desfondamiento.
Pocos bancos se salvarán del “tsunami financiero” que vaticinó Bill
Gross, mandamás de PIMCO, el todavía sólido fondo de pensiones de EU. El oleaje
arrasó hasta al Silver State Bank, de Nevada, donde Andrew K. McCain (hijo
adoptivo del primer matrimonio del bélico candidato presidencial) formaba parte
del consejo de administración.
En nuestro comentario semanal nocturno en Proyecto 40 del viernes pasado
advertimos el advenimiento del “lunes del agujero negro” que esperaba a Lehman
Brothers en particular y a Wall Street en general. En un clásico “efecto
dominó”, la toxicidad financiera infectó con virulencia a los “intocables”:
Merril Lynch, rescatado por Bank of America (en “un acto de desesperación”,
según James Quinn de The Daily Telegraph, 16/09/08) y a la mayor
aseguradora de Estados Unidos, AIG –beneficiada con el doble cobro de los
seguros por la “demolición controlada”, perdón, los atentados terroristas de las
Torres Gemelas del 11/9–, en busca de un salvador que le conceda un
“crédito puente” por 40 mil millones de dólares y que parece va que vuela a la
nacionalización (mejor dicho estatización).
Los “maestros del universo”, como los catalogó el novelista Tom Wolfe,
resultaron unos parasitarios mendicantes del dinero ciudadano en manos
gubernamentales y el “maestro (sic) del universo”, como el publicista del
establishment Bob Woodward enalteció en forma ditirámbica al mago malhadado
y malvado Alan Greenspan, ha sido degradado como el principal artífice de las
mayores burbujas especulativas jamás vistas en la historia humana.
En reciente conferencia magistral que tuvimos el honor de impartir (Burbujas,
deflación financiera y estanflación económica) con nuestros amigos de la Unidad
de Investigación de Economía Mundial del Instituto de Investigaciones Económicas
de la UNAM, pusimos de relieve cinco características de la insolvencia bancaria
anglosajona, extensiva al G-7: 1) ausencia de confianza entre los mismos actores
(ningún banco presta al otro por desconocer su estado contable verdadero); 2) la
sobresaturación del “nivel 3” (deudas impagables e incobrables), que rebasa en
varios múltiplos a sus activos (en la época de mi abuelo esto significaba
“quiebra”); 3) la megaburbuja de los “derivados financieros” que en
papel virtual andarían en una cifra antigravitatoria, desconectada de
la realidad productiva en mil millones de millones (cuatrillón
en anglosajón; 10 a la quinceava potencia) frente a 54.5 millones
de millones de dólares (trillones en anglosajón; 10 a la
doceava potencia) del PIB mundial, en valor nominal; 4) la fase de
desapalancamiento (de-levereging) de las finanzas desacopladas de
la economía, y 5) la toxicidad de los CDS (Credit Default Swaps), instrumentos
especulativos muy complejos diseñados para proteger contra las quiebras y cuya
insolvencia rebasa en cuatro veces el monto de los subprime (los
créditos hipotecarios de baja calidad) que detonaron la sequía crediticia
global.
La “geopolítica de las finanzas” nos enseña que en los recientes cuatro
siglos los vencedores de las guerras (Holanda, Gran Bretaña y Estados Unidos)
impusieron el modelo financiero que más beneficia a sus intereses (y sus
capitales). La otrora superpotencia unipolar estadounidense llevó a extremos
insostenibles la desregulada (sin supervisión gubernamental ni
ciudadana) globalización financiera monetarista, fomentada por los bancos
centrales del G-7. Este modelo escatológico (en el doble sentido), mediante el
cual la dupla anglosajona de Wall Street y la City se apodera(ba) de las joyas
estratégicas de la “periferia subdesarrollada en finanzas”, se acabó. Ahora se
requieren los servicios de un Hércules posmoderno para limpiar los “establos de
Augias”, donde se acumularon las inmundicias del Olimpo financiero
trasatlántico. Es altamente significativo que en el recientemente enunciado
Índice del Desarrollo Financiero (obviamente apadrinado por el Foro Económico
Mundial de Davos) ostenten los dos primeros lugares mundiales Estados Unidos y
Gran Bretaña. México aparece en un triste lugar 43 (al nivel de Colombia y
Kazajstán), pese a haberse convertido en una franquicia anglosajona y en un
territorio inexpugnable de Goldman Sachs (con ramificaciones en Banca Mifel),
gracias a las maquinaciones de los hermanos Werner Wainfeld (Martín, como
deudor, y Alejandro Mariano, acreedor): los diabólicos creadores de los pagarés
del Fobaproa que aniquilaron a la banca nacional desde sus puestos en las
secretarías de Hacienda neoliberales priísta-panistas.
La aniquilación de 92 por ciento de la banca de México es catalogada por los
neoliberales priístas y panistas como un “éxito”, aclamado por los lorocutores
del sistema (en realidad éstos son unos lastimosos empleaditos: el
problema proviene del inmundo sistema de concesiones y sus agraciados). Un
“éxito”: hasta la fecha no se realiza la auditoría del Fobaproa/IPAB (en el que
participó destacadamente Calderón, a quien le fascinan las “emociones fuertes”).
Un “éxito”: México, donde hay que leer al revés las noticias reguladas por el
totalitarismo vigente, se quedó sin banca.
La carnicería del “lunes del agujero negro” no nos provoca ningún
Schadenfreude (placer que estimula la desgracia ajena) de la literatura
alemana. Al contrario: frente al Fin de una era (título premonitorio de
nuestro reciente libro editado en Argentina), de la unipolaridad de Estados
Unidos y su dolarcentrismo, el grave problema yace en la ausencia de un
sistema financiero alternativo creíble que urge establecer con bendición
multipolar.