No puede quejarse de su suerte política; esto es John McCain quien en la
noche del jueves se convirtió en el candidato republicano a convertirse en el
44º presidente de Estados Unidos. Hace apenas un año su campaña como
precandidato por la nominación parecía deshilacharse entre las manos de sus
asesores. Su propio partido estaba atravesado por el rechazo a su propuesta como
senador de introducir una nueva ley de inmigración, que tampoco superó la
oposición legislativa al proyecto.
La semana pasada sus antiguos rivales como el ex gobernador de Massachusets Mitt
Romney y el ex alcalde de Nueva York Rudy Giuliani, quienes también a mediados
del 2007 creyeron que McCain sucumbiría fácilmente, tuvieron que poner el cuerpo
y la voz para elogiar al rival y asegurar que su triunfo en los comicios de
noviembre llevará el "cambio" a Washington.
En esto del "cambio" está quizá el diamante de esa racha de suerte. McCain y su
compañera de fórmula, Sarah Palin, han presentado una campaña electoral que por
un milímetro apenas no los hace asumir la condición de opositores a la gestión
de George W. Bush. Si alguien hubiera intentado predecir este curso hace algunos
meses hubiese tenido el ridículo público; más aun nadie hubiese dicho que esa
tesis sobre el cambio podría resultar aceptable.
¿Acaso Bush no ha gobernado durante ocho años, dos mandatos consecutivos, en
nombre del mismo partido que ahora encumbró al dúo McCain-Palin?
¿No son esos años que dejaron al sistema financiero global con una anemia de la
que no se recupera y donde el desempleo alcanzó el mes pasado (6,1%) el índice
más elevado desde el 2003 (6,3%)? Ni la caída de los precios internacionales del
petróleo -alrededor de 106 dólares el barril- ha inspirado demasiado a los
mercados.
La sospecha debería estar viva porque muchas de las propuestas de McCain -como
la de mantener los cortes impositivos que Bush le arrancó al Congreso a
comienzos de su mandato y que han beneficiado sólo a los más ricos- son en
sustancia una promesa de continuismo antes que de cambio.
¿Acaso no es el Partido Republicano el que ha controlado la Casa Blanca o el
Congreso -o ambos centros de poder- durante 26 de los pasados 28 años?
Aunque es muy temprano para saber cómo esta estrategia de McCain y los suyos
funcionará en el momento del voto, hay que reconocerles que no han sufrido el
ridículo por lanzarla al ruedo y por tratar al presidente en ejercicio como una
suerte de leproso político al que convencieron para que no asistiese a la
convención en St. Paul, Minnesota, marginando también y muy especialmente a su
segundo Dick Cheney, aun más contaminante que el propio presidente.
Todo lo ha superado hasta ahora la fórmula republicana. El huracán Gustav -que
debió arrojar memoria al desastre que Washington enfrentó cuando la tormenta
Katrina del 2005 en Nueva Orleáns- no sólo mostró al gobierno federal en mejor
estado para prevenir desastres naturales, sino que sirvió para que en la
convención se introdujera el tema de la explotación de reservas off shore, que
es uno de los temas de McCain.
Hasta la Palin, que sufrió un par de serios traspiés tras ser elegida por McCain
como su compañera de fórmula, salió sin mancha de su presentación en la
convención. Allí intentó convencer de que su experiencia como alcalde de la
pequeña población de Wasilla (entre 7.000 y 9.000 habitantes) y 20 meses como
gobernadora de Alaska (700.000 habitantes) la habilitan más que a Barack Obama y
al veterano senador Joe Biden -candidato a vice por los demócratas- para
gobernar Estados Unidos y entender al mundo.
Plantear la falsedad de esta afirmación, como hicieron los demócratas, no es
practicar un sesgo antifemenino: McCain cumplió 72 años a fines de agosto pasado
y la posibilidad de que la Palin (44 años) deba sucederlo antes del final de un
aún hipotético mandato, es algo a considerar.
Un argumento más defensivo para la Palin puede hacerse en el caso de la
revelación de su hija Bristol, embarazada a los 17 años. Pero la candidata casi
se ha ofrecido como blanco en este tema asegurando que ella y su marido están
contentos porque Bristol "decidió" tener el bebé. Esa posibilidad de "decidir"
que su hija utilizó es la que la Palin quiere negar al resto del país
promoviendo la derogación judicial del precedente del caso Roe vs. Wade (1973)
en el que la Corte Suprema de entonces abrió las puertas al aborto legal.
Hace una semana este mismo espacio contuvo una serie de observaciones sobre la
convención demócrata, que sostenían la tesis según la cual lo que se muestra y
se proclama puede ser diferente de lo que ese partido intenta hacer si llega a
capturar la Casa Blanca.
En el caso de McCain y los republicanos no se trata de lo que parece, sino de la
idea del cambio que, en rigor, sería una continuidad de lo que Estados Unidos
conoció estos pasados ocho años. La puja electoral se está convirtiendo en algo
así como cuando la Alicia de Lewis Carroll atraviesa el espejo. Como algún
columnista preguntó hace pocos días a partir del embate de Gustav, ahora que
salvaron la instancia de este reciente huracán y se atenuó el legado de Katrina,
"¿decidirán los republicanos iniciar una guerra que podamos ganar?"