Inició su
malhadada gestión con el ataque a las Torres Gemelas el 11 de septiembre de
2001, una tragedia que en cierto modo le salvó la vida, porque tras un año de
gestión sin pena ni gloria sus más fervientes admiradores comenzaban a
preguntarse sorprendidos por qué lo habían elegido, y algunos críticos
inclementes hablaban sotto voce de revocación del mandato, ¡tan pobre
era su desempeño! El 11 de septiembre le dio, pues, un motivo para seguir
adelante, y para disfrutar de una popularidad inmerecida: se convirtió, por vía
de las infortunadas circunstancias, en el líder accidental de un país
atemorizado por la osadía del Islam.
Sin embargo, después de tímidas represalias contra el Talibán, y de la
infructuosa búsqueda de Bin Laden en las cuevas de Tora Bora, en la frontera
entre Pakistán y Afganistán, vendría el momento esperado por Dick Cheney, y
recomendado por Condoleezza Rice desde el inicio de la campaña presidencial: el
derrocamiento de Saddam Hussein para apoderarse de los ricos yacimientos
petroleros de Irak.
La desastrosa invasión, un acto en flagrante violación del derecho
internacional, justificado con la mentira de las armas de destrucción masiva
supuestamente atesoradas por Hussein, enfrentó a Estados Unidos con la comunidad
internacional. Con la extraña excepción de Tony Blair (algo que ni los analistas
ingleses han podido descifrar), los aliados tradicionales abandonaron a Estados
Unidos y provocaron el desprestigio de la superpotencia.
Bush, y nadie más, es responsable de la sangrienta guerra civil en la que han
muerto más de 100 mil civiles y 5 mil soldados estadounidenses. Obsesionado por
una “guerra” que existe únicamente en su imaginación, Bush autorizó la
instalación de tribunales militares secretos, escuchas telefónicas
inconstitucionales y la tortura de prisioneros musulmanes en las infames
prisiones de Abu Ghraib y Guantánamo en violación de los acuerdos de Ginebra
sobre prisioneros de guerra.
Su inverosímil relección, explicada únicamente por el voto mayoritario de los
fanáticos evangélicos, y la insensata regla no escrita que recomienda relegir al
presidente en tiempo de guerra (aunque la de Irak no sea una guerra propiamente
dicha), arruinó la economía estadounidense por el costo exorbitante de un
conflicto que en opinión del Nobel Joseph Stiglitz alcanza ya 3 billones de
dólares. Ahora, en medio de una crisis de confianza que involucra el desplome de
la imagen presidencial, Bush se prepara a abandonar el poder precedido por una
de las peores recesiones económicas de los tiempos modernos. (El consenso entre
la mayoría de los electores es que el presidente es un “iluminado”, o en el peor
de los casos, un político ignorante, manipulado por las fuerzas de la
ultraderecha y totalmente insensible al dolor humano, como lo demostró hace tres
años su falta de interés por las innumerables víctimas del huracán Katrina.)
Esta semana, cuando Bush se preparaba a entregar la estafeta a John McCain en
el seno de la convención del Partido Republicano en St. Paul, las fuerzas de la
naturaleza le jugaron otra mala pasada: ¡el huracán Gustav! Esta
tormenta, que volvió a azotar las costas de Nueva Orléans, pareciera recordarle
a los electores el riesgo de votar por el sucesor de Bush, un candidato a quien
los demócratas llaman peyorativamente “John McBush”, o simplemente “McSame” (McMismo).
No obstante, los analistas estadounidenses consideran a Gustav una arma
de dos filos. Es un odioso recordatorio de la tragedia de Katrina, que
inició la caída libre de la popularidad presidencial, aunque por otra parte le
dio al binomio Bush-Cheney la excusa perfecta para evitar la convención
republicana (un sitio en el que todos quisieran olvidarlos).
Gustav pudiera resultar una bendición para McCain, que no siendo
orador de grandes multitudes tendría la oportunidad de aceptar la nominación por
videoconferencia, alegando que atiende a las víctimas del huracán. En derecho
estadounidense se denominan “actos de Dios” a lo que en nuestro sistema jurídico
se conoce como eventos de “fuerza mayor”. Así que Gustav, designada por
algunos como “la madre de todas las tormentas”, parece ser un misterioso
designio divino para librar a Estados Unidos (y al mundo) del hombre que ha sido
el peor presidente de los tiempos modernos; el mandatario que ha mantenido al
país bajo la amenaza de un ataque terrorista de consecuencias más devastadoras
que el del 11 de septiembre de 2001.
Pero como después de cada tormenta sale el Sol, el 28 de agosto pasado, en el
45 aniversario del famoso discurso del doctor Martin Luther King Jr. (I have
a dream), el sueño del líder social afroamericano se cumplió con la toma de
posesión de Barack Obama como candidato del Partido Demócrata a la presidencia
de Estados Unidos. El extraordinario discurso de Obama confirmó que es posible
terminar la segregación racial e iniciar una franca apertura de los canales de
comunicación entre negros y blancos.