El huracán Gustav golpeó con menor virulencia de la esperada. Pero la
hermosa ciudad fue evacuada y el alcalde pidió que la gente demore el regreso.
El viento causó importantes daños, pero esta vez los diques lograron frenar la
inundación.
Por Paula Lugones -
Clarín
Eran las 8.11 de la mañana del martes, cuando la radio local cortó la
transmisión abruptamente y comenzó a emitir una sirena de alerta. En segundos,
una voz anunció con voz grave que se acercaba un tornado por las cercanías de
Lafayette, justo por donde viajábamos.
El gobierno recomendaba refugiarse en lugares cerrados, quedarse dentro de las
casas, sellar las ventanas y esperar a que la furia pasara. El cielo entonces
estaba nublado y sólo en algunas partes se veían manchones negros. No había
peligro inminente, parecía. ¿Dónde refugiarse en medio de un camino sin nada
alrededor? Había que avanzar hacia Nueva Orleans.
Pero en sólo media hora el panorama cambió: el cielo se enlutó, el viento
comenzó a enloquecer y la lluvia a caer de una manera que asustaba al más
valiente. El paisaje, que ya de por sí era algo tenebroso alrededor -árboles
arrancados de cuajo, los carteles en el piso- víctimas del huracán Gustav, se
volvió más dramático. En un segundo se desencadenó una tormenta tan fuerte que
convirtió a la Ford Expedition en una cáscara de nuez a la deriva en la
autopista. La tormenta duró unos cuantos minutos, pero alcanzó para comprender
que el peligro aún no había pasado totalmente: el hálito de Gustav seguía
merodeando. Se entendía por qué el alcalde de Nueva Orleans aún el martes no
permitíar a los evacuados volver a su ciudad.
"La madre de todas las tormentas fue al final la suegra de todas las
tormentas", dijo el alcalde Ray Nagin el martes, con cierto alivio, al referirse a
la degradación de Gustav, que finalmente toco tierra el lunes en Louisiana con
grado 2, en lugar de 4, como se predecía. El funcionario pidió a más de 2
millones de habitantes que fueron evacuados que no volvieran hasta que pasara
el peligro y los servicios de la ciudad estén rehabilitados.
En Nueva Orleans sólo se ven periodistas y agentes de seguridad. Policías,
bomberos, agencias de ayuda, cuadrillas de limpieza. Hay columnas de tanquetas
del ejército para vigilar que nadie saquee las casas. La atmósfera es
pegajosa, hace más de 30 grados y causa náuseas el olor a basura podrida que
se acumula en las veredas. Los tachos públicos volaron por todas partes, junto
con los vidrios de las casas y negocios cuyos dueños no tomaron precauciones.
La gran mayoría están tapiados con tablas y algunos coloraron sostenes de
madera para apuntalar techos y marquesinas. Hay calles donde el agua llega
hasta las rodillas y los más precavidos colocaron bolsas de arena para que no
se mojara el interior de las viviendas.
"Esto fue un bebe comparado con Katrina", dice a Clarín Gregory Sellers, que
camina por la mítica Bourbon Street, en medio de una llovizna que se niega a
desaparecer. Veterano de Vietnam, es uno de los pocos que se quedó en la
ciudad porque su madre estaba enferma. "El viento fue muy fuerte, pero gracias
a Dios no fue una catástrofe", aclara. Los diques, además, funcionaron.
En esta calle donde suele escucharse el jazz y el blues y festejarse el
carnaval, reinan hoy las sirenas y el ruido de los camiones de limpieza. Se
ven falsos collares de perlas tirados en las veredas --un accesorio típico de
esta ciudad--, mezclados con botellas de plástico y vidrios rotos. ¿Exageró el
gobierno con el inmenso plan de evacuación? "No creo -dice Gregory fueron
cautelosos porque se esperaba algo muy fuerte". El hombre fue una de las
víctimas del Katrina, hace 3 años. Su casa, en el oeste de la ciudad, quedó
destruida. "Perdí todo, excepto mi vida", relata. Cuenta que recibió 13.000
dólares del gobierno por la pérdida de su vivienda, y que ahora sólo podía
alquilarse un departamento.
En Bourbon Street hay un restaurante, Mc Chuggy's, que se jacta con un cartel
escrito a mano en la puerta de ser el único que está abierto y que resistió a
Katrina y a Gustav. Allí empina una cerveza Christopher Rolland, un musculoso
ex marine, que prefirió quedarse en su departamento en las afueras de Nueva
Orleans. "Fue una tormenta muy fuerte, pero no de terror. La ciudad estaba
vacía, parecía el fin del mundo", dice a esta enviada. "Yo me quise quedar
para proteger lo que tengo", agrega.
En varias poblaciones alrededor de Nueva Orleans no hay una gota de
electricidad: un millón 400 mil personas no tienen luz en todo el Estado. No
funcionan los surtidores y por eso la mayoría se trae bidones de nafta desde
bien lejos. Aquí los técnicos reparan semáforos, limpian las veredas e
intentan que vuelva la luz. Llueve aún en esta ciudad, pero los funcionarios
quieren borrar todas las huellas de Gustav para cuando los evacuados regresen
a casa.