se tipo de refuerzo no ayuda a pensar en cambios.
Volcker presidió la Reserva Federal (Fed) en los años 70, década en la que
Estados Unidos sufrió estancamiento con inflación. Explicando que “las
familias estadunidenses tienen que disminuir su nivel de vida”, la respuesta
de Volcker fue un incremento a las tasas de interés, que provocó la recesión
de 1980-1981 con tasas de desempleo no vistas desde 1933. De paso, esos
aumentos desencadenaron la crisis mundial de la deuda, abriendo plaza con
México, primero en irse a la moratoria.
Robert Rubin fue secretario del Tesoro en la época de Bill Clinton y
después regresó a su querido Citigroup. Desempeñó un papel clave en la crisis
mexicana de 1994-1995, asegurando los intereses de sus colegas de Wall Street,
entre otras cosas, revirtiendo el riesgo cambiario en el caso de los tesobonos
en contra del gobierno mexicano (algo que Guillermo Ortiz aceptó feliz). Pero
quizá lo más importante para Estados Unidos y Obama en el contexto de la
crisis financiera que hoy explota es el papel de Rubin como arquitecto y
activista de la desregulación financiera.
En un excelente artículo en la revista Dissent (www.dissentmagazine.org),
Tim Canova, experto en derecho económico internacional, analiza la
desregulación bancaria y financiera y sus principales efectos. Su análisis
muestra que los préstamos depredadores no son invento de Bush Jr. La verdad es
que Reagan y Carter comenzaron el proceso eliminando las reglas X y W de la
Reserva Federal, que controlaban los montos y pagos de enganche en créditos
hipotecarios y al consumo. Esos controles reducían el riesgo de burbujas
especulativas en los mercados de crédito, al impedir a los bancos multiplicar
irresponsablemente el volumen de préstamos de alto riesgo. Desgraciadamente,
al ganar fuerza la ideología de las bondades de los mercados, estas
herramientas fueron consideradas demasiado restrictivas.
Un resultado es que para 1995 el mercado hipotecario subprime ya
había alcanzado 90 mil millones de dólares (mmdd) y ese monto se duplicó para
1998. El número de prestamistas hipotecarios en este nicho de mala se
multiplicó y algunos de los más grandes estaban afiliados a bancos registrados
en la Fed, lo que hubiera permitido controlarlos. Pero Greenspan no estaba
interesado en cortar las alas al naciente buitre financiero.
La Reserva Federal mantuvo durante décadas las reglas G, T y U para frenar
la especulación en los mercados bursátiles. Esos controles impidieron la
creación de burbujas en muchos segmentos del mercado de servicios bancarios y
en las operaciones financieras. El análisis de Canova demuestra cómo con
Clinton y Rubin las regulaciones y controles fueron remplazados por los
“novedosos” sistemas de manejo de riesgos. Esos sistemas tienden a subestimar
los riesgos en el contexto de una burbuja especulativa, lo que promueve los
préstamos imprudentes. Y el agravante es que, al crecer la burbuja
inmobiliaria, los reguladores de la Fed prefirieron no exigir mayores reservas
y capitalización a los bancos.
La desregulación clintoniana culmina con la ley de modernización de
servicios financieros (1999). Esta nueva legislación revocó partes de la Ley
Glass-Steagall de 1933, que establecía restricciones a los bancos comerciales
para evitar que se enredaran con aseguradoras, corredurías y bancos de
inversiones. De esta forma se evitaba mezclar actividades que requieren una
gestión prudencial con las que están más cercanas al riesgo especulativo. La
derogación de la Glass-Steagall permitió a los bancos mezclar operaciones,
siempre y cuando lo hicieran a través de empresas afiliadas al grupo
corporativo.
De pronto los bancos pudieron combinar operaciones y lanzar paquetes de
créditos hipotecarios al mercado financiero mundial mediante la
bursatilización. Los paquetes burzatilizados eran difíciles de evaluar, aun
por los “expertos”. Y el riesgo del mercado hipotecario de mala calidad se
desparramó, literalmente, por todo el mundo. La burbuja nació con Clinton,
pero le explotó en la cara a George Bush.
La puntilla fue la ley de modernización de los mercados de futuros (2000).
Con esta pieza financiera los mercados de derivados quedaron fuera de la
pantalla de radar de los reguladores de la Fed. El camino para especulación
rampante estaba despejado.
Canova demuestra cómo Wall Street había buscado desde décadas atrás la
revocación de la Glass-Steagall. Uno de los que tenía interés personal en
eliminar esa legislación es precisamente Rubin. Ahora que Obama lo tiene como
uno de sus principales asesores económicos, sus promesas de cambio han
recibido un cubetazo de agua fría. Es como si la campaña ya hubiera sido
confiscada por el aparato del Partido Demócrata y sus amigos en Wall Street.