(IAR
Noticias)
26-Agosto-08
Las esperanzas del
gobierno de Estados Unidos de aprovechar su "guerra contra el
terrorismo" para imponer una "pax americana" en Europa y Asia
parecen haberse desvanecido en las últimas dos semanas.
Por Jim Lobe - IPS
L a "pax americana" es la fórmula con que la
coalición de neoconservadores, nacionalistas agresivos y cristianos
derechistas que dominó la política exterior en la primera
presidencia de George W. Bush (2001-2005) denominaba su ambición de
predominio y control unilateral de Estados Unidos en el mundo.
En las dos últimas dos semanas, Rusia reafirmó su influencia sobre
el Cáucaso del modo más enfático posible, invadiendo y ocupando
partes sustanciales de Georgia luego que el presidente Mijail
Saakashvili --líder favorito de Washington en la región-- lanzó una
infortunada ofensiva contra los secesionistas de Osetia del Sur.
Unos 1.000 kilómetros al este, sangrientos ataques en Afganistán y
Pakistán sirvieron de recordatorio de la seriedad de la insurgencia
del movimiento islamista Talibán, dominado por integrantes de la
etnia pashtún (patana) en ambos países, y las amenazas que plantean
para sus gobiernos, apoyados por Estados Unidos.
Mientras, los representantes de Estados Unidos en Iraq parecen haber
avanzado en la negociación de un acuerdo militar bilateral que
permita a las fuerzas de combate de su país permanecer ese país por
lo menos otro año y medio.
Sin embargo, las señales de que el gobierno del primer ministro
Nouri Al-Maliki, dominado por los chiitas, puede estar preparándose
para arremeter contra las sunitas Fuerzas del Despertar, respaldadas
por Estados Unidos, ha despertado el espectro de una renovada guerra
civil entre comunidades religiosas.
Al mismo tiempo, parece haberse desvanecido toda esperanza de
concluir un marco de trabajo hacia un acuerdo de paz entre Israel y
la Autoridad Nacional Palestina para cuando el presidente
estadounidense George W. Bush termine su mandato, el próximo 20 de
enero.
Además, las gestiones para movilizar una mayor presión diplomática y
económica internacional sobe Irán para que detenga su programa de
enriquecimiento de uranio --la gran prioridad de Washington antes de
la crisis de Georgia-- se estancaron indefinidamente, abrumados por
la marea de malas noticias procedentes de la región.
"La lista de fracasos de política exterior esta semana es
impresionante", señaló el viernes, en una declaración, la Red de
Seguridad Nacional, una organización de ex altos funcionarios
críticos de las políticas más agresivas del gobierno de Bush.
La ofensiva rusa en Georgia, en particular, señaló "el fin de la pax
americana, la era en la que Estados Unidos más o menos mantuvo un
monopolio sobre el uso de la fuerza militar", según el columnista
Paul Krugman, del diario The New York Times.
La intervención de Rusia en lo que solía llamar su "exterior
cercano" fue claramente el más espectacular de los acontecimientos
de la quincena.
Y esto, a causa de su uso sin precedentes de una abrumadora fuerza
militar contra un aliado de Estados Unidos, que lo promueve con
fuerza para integrarlo como miembro pleno de la Organización del
Tratado del Atlántico Norte (OTAN).
Pero también por las implicaciones geoestratégicas de su campaña
para la cada vez más problemática alianza atlántica. Y para las
esperanzas de Estados Unidos de que el mar Caspio y de Asia central
pueda ser transportado de modo seguro hacia Occidente, sin transitar
ni por territorio ruso ni iraní.
Aunque Rusia no tomó el control del gasoducto de Baku-Tbili-Ceyhan (BTC)
ni se acercó al área propuesta para el de Nabucco, más al sur, su
intervención dejó muy claro que podría haberlo hecho si lo hubiera
deseado. Seguramente ese mensaje reverberará por toda Europa,
sedienta de gas.
Ahora los inversores pueden demostrar mucho menos entusiasmo que
antes a la hora de financiar el proyecto de Nabucco, asestando otro
golpe a las ambiciones regionales de Washington.
La ofensiva de Rusia también planteó nuevas preguntas sobre su
disposición a tolerar el continuo uso de bases aéreas y otras
instalaciones militares clave de la región por parte de Estados
Unidos y otros países de la OTAN.
Esas bases están en la parte meridional de la ex Unión Soviética,
especialmente en Kirguizstán y Uzbekistán, sobre los cuales Moscú
mantiene una influencia sustancial.
En cuanto a Georgia, Estados Unidos aumentó significativamente su
presencia militar enviando, por encima de las protestas rusas, 200
efectivos para las Fuerzas Especiales a comienzos de 2002, en el
marco de su "guerra mundial contra el terrorismo".
Washington tenía la excusa de que esas tropas serían usadas en sus
operaciones posteriores en Afganistán, como efectivamente ocurrió.
Pero también fueron percibidas como ladrillos en la construcción de
una infraestructura militar permanente que pudiera contener una
Rusia renaciente o una China emergente, y ayudara a establecer la
hegemonía estadounidense sobre los recursos energéticos de Asia
central y la región del Caspio, en lo que sus arquitectos esperaban
fuera un "nuevo siglo estadounidense".
Washington y, en cierto grado, la OTAN detrás suyo, "se entrometió
en los espacios geopolíticos" controlados por "otros países
aletargados", y esos países "ya no están aletargados…", dijo esta
semana el ex diplomático de Singapur Kishore Mahbubani.
De hecho, Estados Unidos y sus aliados de la OTAN todavía están muy
empantanados en Iraq, donde, a pesar de la reducción de la violencia
entre comunidades religiosas, la reconciliación política sigue
siendo difícil de alcanzar.
Y ahora enfrentan desafíos sin precedentes en Afganistán, que
recuerdan los que enfrentaron los soviéticos cuando invadieron ese
país hace 20 años. "Las noticias procedentes de Afganistán son
verdaderamente alarmantes", advirtió el jueves The New York Times en
su editorial.
El diario observó que el asesinato de 10 paracaidistas franceses
cerca de Kabul en una emboscada a principios de la semana y el
atentado coordinado por parte de atacantes suicidas contra una de
las mayores bases militares estadounidenses fueron señales de una
situación cada vez más nefasta.
En los últimos tres meses, fueron asesinados más soldados
estadounidenses en Afganistán que en Iraq.
"Afganistán necesita desesperadamente un programa serio de
infraestructura y desarrollo económico", escribió esta semana en su
blog el coronel retirado Pat Lang, experto en Medio Oriente y Asia
austral en la Agencia de Inteligencia de Defensa.
Por supuesto, el resurgimiento del Talibán, que dominó la mayor
parte del territorio afgano entre 1996 y 2001, cuando fue expulsado
por una coalición internacional conducida por Estados Unidos, se
debió, en buena medida, al refugio seguro que le brindaron las Áreas
Tribales Federalmente Administradas (FATA) de Pakistán.
El brazo pakistaní del Talibán no sólo intensificó su dominio sobre
la región en los últimos meses, sino que lo extendió a la Provincia
de la Frontera Noroccidental.
La semana pasada, las milicias talibanas se vengaron de un modo
espectacular de los ataques aéreos del ejército, respaldado por
Estados Unidos, en Bajaur, cerca del Paso de Khyber, la principal
ruta de suministro para fuerzas de la OTAN en Afganistán.
La represalia consistió en atentados suicidas en una fábrica de
municiones fuertemente custodiada, cerca de Islamabad. Murieron casi
70 personas.
Algunos analistas en Washington se muestran especialmente
preocupados de que el nuevo gobierno civil en Islamabad quede
dividido por la crisis económica y por sucesión del dictador militar
apoyado por Estados Unidos, Pervez Musharraf (1999-2008), apoyado
por Estados Unidos, quien renunció el día 18.
El temor es que las autoridades pakistaníes demuestren ser
ineficaces en la lucha contra el Talibán, una prioridad del gobierno
de Bush para la cual el ejército, durante mucho tiempo concentrado
en la amenaza convencional planteada por India, no ha mostrado
absolutamente ningún interés.
El actual vacío de poder en Islamabad exacerba la preocupación en
Washington. Para colmo, también cree posible que el servicio de
inteligencia del ejército pakistaní --al cual Estados Unidos cree
involucrado en el mortal atentado cometido el mes pasado por el
Talibán contra la embajada india en Kabul-- pueda escalar en sus
esfuerzos anti-indios.
Esto es especialmente atemorizante en momentos en que recrudece el
conflicto en la Cahemira india, garantizando una aguda escalada en
la rivalidad entre los dos países vecinos, que se remonta a la
independencia de ambos en 1947. India y Pakistán poseen armas
nucleares, y también amenazan la "pax americana" posterior a la
Guerra Fría.
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