La actual crisis en la economía de Estados Unidos será peor que la de 1929.
Veamos tres parámetros de comparación.
Por Alejandro Nadal -
La Jornada, México
Primero, la dimensión financiera. El ajuste en el mercado hipotecario está
lejos de tocar fondo. El inventario de residencias no vendidas deprimirá más los
precios de bienes raíces (hasta en 30 por ciento adicional). Eso tiene profundas
ramificaciones en todo el sistema financiero, bancario y no bancario. El ajuste
en cuentas de bancos ya alcanza los 300 mil millones de dólares (mmdd) pero
tendrá que rebasar el billón y medio de dólares. La reducción de precios de
casas implicará pérdidas patrimoniales de alrededor de 6.5 billones de dólares,
lo que aumenta el riesgo de una crisis sistémica en el sector bancario
estadounidense. Todo esto se acompañará de una fuerte contracción en el crédito
para nuevas inversiones y consumo, lo que profundizará la recesión.
Si la recesión es profunda y larga, las pérdidas en la bolsa de valores
alcanzarán dimensiones astronómicas. Típicamente, las pérdidas en Wall Street
para una recesión de doce meses implicarán una caída de 30 por ciento en el
valor de las acciones: en números absolutos, eso corresponde a borrar del mapa
financiero otros 7 billones de dólares. Para una economía con un PIB de 14
billones de dólares, todo esto es catastrófico. Ese castigo no lo ha soportado
la economía estadounidense desde 1929.
El segundo parámetro concierne la economía real. ¿Cómo afecta la crisis
financiera a la economía real? Del total de 51 millones de familias con una
residencia, 8 millones están retrasados en sus pagos hipotecarios y están
perdiendo sus casas. Pero una reducción de precios de 30 por ciento en activos
residenciales elevará a 21 millones el número de propietarios que caerán en
insolvencia (¡el valor de sus casas será inferior al de su hipoteca!) El 40 por
ciento de los propietarios en ese país estarán en problemas, algo inédito en una
economía en la que el 65 por ciento de las familias son dueñas de su casa.
En Estados Unidos el consumo privado rebasa el 73 por ciento de la demanda
total de bienes y servicios. Los precios altos de las casas mantuvieron el
consumo durante los últimos 10 años mientras el ahorro estuvo en el piso. Hoy,
la caída en los precios de activos residenciales recortará la demanda agregada y
conducirá a un mayor desempleo (que ya alcanza niveles muy altos). El ajuste ya
comenzó y está siendo doloroso: en este año la industria de la construcción ya
acusa una caída del 50 por ciento. Estos números son suficientes para recordar
la Gran Depresión con su secuela de quiebras, desempleo y destrucción
patrimonial a una escala gigantesca.
Un problema grave es que el margen de maniobra es cada vez más estrecho. La
Reserva federal ha relajado la política monetaria, recortando la tasa de interés
líder (de 5.5 por ciento a 2.5por ciento) y todo indica que esta postura de gran
flexibilidad se va a mantener. La oferta monetaria (incluyendo el agregado M3)
sigue creciendo porque los bancos requieren liquidez. Pero mantener la oferta
monetaria en los niveles actuales equivale a aplicar como medicina lo que
originalmente hizo que el paciente se enfermara. El frenesí de política
monetaria flexible de los años de Greenspan no puede continuar en las
condiciones actuales.
Por su parte, la política fiscal tendrá que respirar hondo para diseñar un
mecanismo de ayuda directa para los propietarios de casas que están en
dificultades. Pero para unas finanzas públicas que acusan un déficit (real)
cercano a los 600 mmdd, el nuevo paquete que implicaría absorber el costo de
quitas significativas en el valor nominal de las hipotecas podría resultar
difícil de deglutir.
El tercer parámetro de comparación con la crisis de 1929 tiene que ver con
las relaciones económicas internacionales. Todo esto está sucediendo en una
economía lastrada por los dos gigantescos déficit, en lo fiscal y en la cuenta
corriente. La política cambiaria ha conducido a una pérdida en el valor del
dólar, lo que ayuda al ajuste externo de EU pero afecta negativamente a las
exportaciones del resto del mundo hacia Estados Unidos. Esto en el contexto de
una sobre inversión en casi todas las ramas de las manufacturas a escala
mundial, desde electrodomésticos y automóviles, no anuncia nada bueno.
La tendencia a utilizar otras divisas como unidad de reserva se ha
intensificado, lo que explica la apreciación del euro, del yen y otras monedas.
No cabe duda, para cuando pase la recesión que ya afecta a Estados Unidos, el
rol del dólar en la economía global habrá cambiado para siempre. La debacle del
dólar no es algo que se pueda evitar a estas alturas y las repercusiones
globales serán profundas. Sólo habrá que ver si el proceso de des-dolarización
relativa se hace con un mínimo de estabilidad, o si se produce en el marco de
comportamientos de pánico y de manada. Definitivamente, la actual crisis no
tiene paralelo en la historia económica de Estados Unidos.