La Asamblea General de la ONU ratificó a la juez sudafricana Navanethem Pillay como Alta Comisionada de Derechos Humanos, cargo que comenzará
a desempeñar en próximo mes de septiembre.
Por Andrei Fediashin - RIA Novosti
De ascendencia tamil, y de 57 años, Pillay desempeñará uno de los cargos más
difíciles y menos codiciados de la ONU, porque la labor del alto comisionado de
Derechos Humanos siempre ha sido objeto de valoraciones antagónicas, reclamos,
críticas, y protestas por parte de gobiernos, partidos políticos, medios de
prensa y hasta la población.
Ataques inevitables para un funcionario dedicado a denunciar las violaciones
contra las garantías individuales, libertad de expresión, reunión o confesión
religiosa a nivel global.
El comisionado de derechos humanos de la ONU no puede pasar por alto el más
mínimo atropello contra los desprotegidos, mujeres, niños, ancianos, inválidos,
entidades sociales, políticas y hasta la prensa, en un conglomerado integrado
por 191 países.
Hasta ahora, ningún alto comisionado de derechos humanos de la ONU ha podido
abandonar la sede de la entidad en Ginebra sin reproches y objeciones por su
trabajo realizado.
La excepción, posiblemente fue el portugués Sergio Vieira de Mello, quién
murió a consecuencia de una explosión en Bagdad en 2003, pocos meses después de
ser nombrado en el cargo.
Según observan los expertos, la mayoría de los comisarios de DDHH de la ONU
abandonan el cargo a consecuencia de presiones e intrigas políticas y en estado
de profunda depresión.
Como la comisionada saliente, la canadiense Louise Arbour quien abandonó su
cargo sin recibir siquiera el agradecimiento protocolario del Gobierno de su
país.
Lo que pasó fue que los gobiernos de Estados Unidos y Canadá estaban más que
incómodos por la postura adoptada por Albour frente a situaciones de derechos
humanos en varios países del mundo.
Washington y Ottawa no podían soportar más las agudas críticas de la alta
comisionada a la política de Israel en los territorios palestinos ocupados.
Precisamente la postura de EEUU y Canadá, que no apoyaron a Arbour para
renovar su mandato, promovió el nombramiento de la nueva alta comisionada,
Pillay, que fue jueza del Tribunal Internacional para Rwanda, establecido para
juzgar a los responsables del genocidio cometido en el país africano en 1994.
Pillay llega a Ginebra en momentos cuando toda la estructura de la ONU
destinada a la defensa de los derechos humano es objeto de una profunda y
reciente transformación cuyos resultados todavía están por verse.
Teniendo en cuenta las agrias disputas y debates que protagonizan los países
al momento de pactar las condiciones para arbitrar la observancia de los
derechos humanos, es muy probable que la situación siga igual o peor que antes.
En 2006 la ONU puso fin a la Comisión de Derechos Humanos de la ONU fundada
en 1946, y en su lugar, estableció el Consejo de Derechos Humanos.
El nuevo Consejo de Derechos Humanos está integrado por 47 países en lugar de
los 53 que formaban parte de la abolida comisión.
Los países que integran el Consejo son elegidos por mayoría de votos en la
Asamblea General de la ONU, lo que supone cierto progreso, porque antes, la
Comisión de Derechos Humanos de la ONU se formaba por resoluciones del Consejo
Económico y Social (ECOSOC) de la ONU.
Cabe resaltar que el nuevo consejo comienza a funcionar con muchas
dificultades, porque EEUU, Israel, las Islas Marshall y Palau, se manifestaron
en contra de la creación de la entidad.
Por ahora, Washington ha impuesto un boicot a la nueva organización, y sin
la participación estadounidense, las posibilidades de la nueva estructura de la
ONU son muy limitadas.
Al justificar su postura, el Gobierno estadounidense estimó que el consejo
puede perder autoridad si ingresan países que regularmente violan los derechos
humanos.
En realidad, el motivo de la negativa estadounidense es otro.
Por todos los medios, Washington evita adquirir compromisos ante una entidad
que en primer lugar, condenará las torturas en las cárceles secretas de la CIA,
la detención ilegal de los presos en Guantánamo y otras violaciones que tienen
lugar en otras partes del mundo donde EEUU combate el terrorismo pisoteando los
derechos humanos.
Por su parte, Rusia forma parte de ese consejo porque obtuvo el respaldo de
137 países que votaron a favor de su candidatura.
Entre los países del espacio postsoviético, que también formarán parte del
consejo figuran Armenia, Georgia, Kirguizistán, Letonia y Lituania.
Al exponer sus planes, Moscú declaró que en el Consejo de la ONU denunciará
la violación de los derechos civiles de la población ruso-hablante que
desprovistos de los derechos civiles fundamentales, residen en los Estados
bálticos, especialmente en Letonia y Estonia, países miembros de la Unión
Europea y la OTAN.
Rusia también denunciará las recientes campañas desplegadas en países de
Europa Oriental para procesar a los civiles que participaron en las brigadas de
resistencia durante la II Guerra Mundial, y las campañas para convertir en
héroes a los policías y colaboracionistas de las tropas alemanas nazis
involucrados en el exterminio de civiles en los territorios ocupados en Europa
durante la guerra.
Al mismo tiempo, los diplomáticos rusos advirtieron que en el consejo
impedirán a toda costa cualquier intento para cuestionar la observancia de los
derechos humanos en Chechenia, una advertencia a todas luces improcedente, si se
consideran ciertas las aseveraciones del Gobierno ruso de que esa región ha
vuelto a la normalidad.
Aquí, con Rusia, pasa lo que ocurre con todos los países miembros de la ONU,
que están dispuestos a discutir el tema de la violación de los derechos humanos
en cualquier parte del planeta, pero bajo ninguna circunstancia en su propio
país.