Muchos analistas piensan que la debacle del mercado hipotecario en Estados
Unidos ha detonado una crisis peor que la de 1929. La idea central es que las
cosas se están poniendo realmente feas en muchos otros segmentos del sector
financiero.
Por Alejandro Nadal -
La Jornada, México
Los números y las ramificaciones así podrían indicarlo. Para
Nouriel Roubini –uno de los analistas más respetados de ese país–, la crisis
podría tener un costo total cercano a los 3 billones de dólares, algo como 20
por ciento de su gigantesco PIB. Eso sería un golpe brutal a la economía
estadounidense y del mundo.
A pesar de las señales de alarma, una de las razones por las cuales la
actual crisis no es todavía percibida en su justa dimensión se debe a que no
se ha producido algo similar al Martes Negro de 1929. Ese día, en
unas cuantas horas el espectacular ajuste de cuentas adquirió dimensiones de
cataclismo y fortunas enteras fueron borradas del mapa contable.
Es cierto que hoy presenciamos episodios como el del banco Bearn Stearns o
la amenaza de insolvencia de Fannie Mae y Freddie Mac, pero, hasta este
momento las quiebras han estado limitadas al sector financiero, bancario y no
bancario. Y aunque hay algunas empresas gigantes en las manufacturas que están
pasando apuros, la economía estadunidense todavía está lejos de una segunda
fase de la crisis, que sería equivalente a la Gran Depresión, con su secuela
de quiebras, desempleo y destrucción masiva de la capacidad productiva.
Sin embargo, las ramificaciones pueden llegar muy lejos y parece que cada
vez hay menos margen de maniobra para las autoridades económicas. Después de
todo, durante los últimos 20 años la economía estadounidense se ha nutrido de
dos burbujas que le han permitido crecer y mantener niveles de empleo
adecuados. Esos tiempos ya se acabaron.
La burbuja de los años 90 en el valor de títulos financieros dio una
ilusión de riqueza a mucha gente: podían jugar a ser corredores de bolsa,
comprando y vendiendo títulos por Internet. El ajuste destruyó esa ilusión a
finales de esa década, pero comenzó a inflarse otra nueva burbuja: la de los
bienes raíces. En los últimos 10 años, buena parte de la capacidad de
endeudamiento y consumo ha dependido directamente del valor garante de los
bienes raíces. Esta segunda burbuja sacó a la economía estadounidense del
agujero en que había caído allá por 1999, pero hoy también ha reventado.
Ambos episodios fueron ayudados por una política de laxitud monetaria pocas
veces presenciada y un frenesí de eliminación de reglas sobre las operaciones
del sistema financiero. Esa desregulación adoptó muchas formas, pero una de
sus peores manifestaciones consistió en eliminar las barreras entre la
actividad de los bancos y la del sector financiero no bancario. En teoría, los
bancos deben manejarse bajo reglas prudenciales estrictas, mientras las
corredurías, calificadoras y otros agentes, están más cercanas de la
especulación. La desregulación abolió la frontera y por eso el desastre
hipotecario alcanza hoy dimensiones gigantescas. Se pronostica que cientos de
pequeños bancos locales, y docenas de bancos regionales en Estados Unidos
tendrán que desaparecer debido a su extraordinaria exposición crediticia en el
sector hipotecario y altísimos niveles de cartera incobrable. En un par de
años el paisaje financiero de Estados Unidos va a sufrir cambios muy
importantes.
Lo único que está sacando a flote a Estados Unidos en este momento es la
gigantesca inyección de liquidez del resto del mundo. En lo que va del año,
varios bancos centrales han financiado el paquete de rescates de la Reserva
federal y del Tesoro. Este flujo de capitales es lo que ha permitido a la
economía estadounidense no irse a pique y evitar el destino fatal que tuvieron
las llamadas economías emergentes en las crisis financieras de los 90. No es
seguro que el déficit fiscal pueda seguir con este esquema de financiamiento.
Cualquier intervención nueva deberá tener el respaldo de los bancos
centrales de esos países. Pero, ¿qué va a pasar? China tiene sus propios
problemas y seguirá evitando la revaluación del renminbi y eso no le conviene
a Estados Unidos. El ajuste externo para reducir el déficit externo de éste
funciona por la contracción de las importaciones, pero el efecto de
destrucción de empleos en el resto del planeta es un obstáculo para seguir
recibiendo esos flujos de capital. La guerra devaluatoria podría recrudecerse.
Quizás lo más importante por el momento es que no hay perspectivas de otra
burbuja que pudiera rescatar a la economía estadounidense. De hecho, los únicos
precios que están inflándose son los de las mercancías básicas: energía y
alimentos. Evidentemente, eso no va a ayudar al consumo, el empleo y el
crecimiento. El fantasma de la Gran Depresión no se aleja, y sí, la crisis
puede ser mucho peor que la de 1929.