|
 |
|
Jhon McCain, rival del demócratas Barak Obama
en las elecciones presidenciales de noviembre. |
Luego del fracaso de Bush, cada
vez más voces piden reformular el mensaje del partido derechista
norteamericano. La guerra en Irak y el fenómeno Obama han servido a los
demócratas para incrementar su base y arañar en la del oficialismo.
Por Marc Bassets
-
La Vanguardia /
The New York Times Syndicate
El ocaso de la Presidencia de George W. Bush ha
dejado maltrecho al movimiento conservador, hegemónico en Estados Unidos en los
últimos cuarenta años. Historiadores y estrategas políticos ven cercano el fin
de la era de dominio republicano, que empezó con la llegada al poder de Richard
Nixon en 1969 y, con los paréntesis de los demócratas Jimmy Carter y Bill
Clinton, se ha prolongado hasta ahora.
Faltando tres meses para las elecciones presidenciales, nada está decidido.
Los sondeos, aunque dan ventaja al demócrata Barack Obama sobre el republicano
John McCain, no son concluyentes. Pero el desánimo cunde en las filas
conservadoras.
Tras el fracaso de la Presidencia de Bush, con la que pocos quieren
identificarse ya, cada vez más voces piden reformular el mensaje y actualizar
las ideas. Por ejemplo, acentuado los tonos sociales y medioambientales.
En un artículo reciente en el diario conservador The Wall Street Journal, la
influyente Peggy Noonan, que trabajó en la Casa Blanca de Ronald Reagan, el
apóstol del movimiento, lamentaba que los republicanos hubiese "dilapidado"
cuatro décadas de liderazgo.
Crisis
"El Partido Republicano sufre una crisis de identidad, una explosión a la luz
del día, además de una angustia existencial adolescente", ha escrito el
estratega republicano Alex Castellanos en la National Review, órgano intelectual
de los conservadores.
Al desastre de Irak y una economía al borde de la recesión se añaden cambios
demográficos y sociales -entre otros, la inmigración y la pujanza del voto
joven- que pueden alterar las mayorías estables de las últimas décadas. La
guerra y el fenómeno Obama han servido a los demócratas para incrementar su base
y arañar en la republicana.
En cambio, "desde el 2004, el Partido Republicano ha perdido terreno en casi
todos los frentes demográficos y geográficos", constataban hace unos días, en un
artículo, Ross Douthat y Reihan Salam, autores del libro "Cómo los republicanos
pueden ganarse a la clase obrera y salvar el sueño americano".
Esta semana, en una librería cerca de la Universidad de Columbia, en Nueva
York, un grupo de intelectuales vinculados a la revista Dissent -órgano, desde
hace décadas, de la izquierda socialdemócrata estadounidense- debatieron sobre
la era conservadora y su ocaso. "Íbamos a titular el coloquio El fin de la era
conservadora, pero al final hemos añadido un interrogante. Hemos sufrido tantas
derrotas y decepciones...", dijo al comenzar el veterano filósofo Michael Walzer,
autor de "Guerras justas e injustas" y director de Dissent.
El nacimiento de la era conservadora va asociado a la lucha por los derechos
civiles en los años sesenta y a las turbulencias de esa década. Los demócratas
perdieron el sur blanco, que hasta entonces había sido un feudo demócrata
inexpugnable, después de aprobar las leyes antisegregación. Al mismo tiempo, los
disturbios raciales y estudiantiles alejaron a las clases trabajadoras blancas
del Partido Demócrata, lo que sentó las bases para la hegemonía republicana.
Cambios
"A mediados de los sesenta el movimiento conservador pasó de ser un
movimiento de elite a ser antielite", dijo, en el coloquio, el historiador
Joshua Freeman. En su opinión, la era conservadora no empezó realmente hasta
1980, cuando Reagan llegó al poder y desmanteló el Estado del bienestar heredado
del "New Deal" de Roosevelt.
"El movimiento conservador era una corriente social e intelectual. Que se
acabe dependerá de que haya un movimiento social e intelectual progresista. Y
creo que no tenemos ni uno ni otro", apuntó Walzer.
Lo cierto es que el movimiento conservador -una amalgama que incluye desde "neocons"
hasta fundamentalistas cristianos, pasando por los conservadores tradicionales-
ha transformado Estados Unidos, y, gane quien gane las elecciones de noviembre,
en muchos de estos cambios no hay marcha atrás. "Nunca volveremos a tener el
Estado del bienestar", lamentó el historiador David Greenberg, quien, sin
embargo, cree que algunas ideas progresistas, como el matrimonio gay, cuentan
hoy con un consenso social impensable hace unos años.
Dogmas conservadores -plenamente asumidos y desarrollados por los demócratas
en los años noventa- como el libre mercado también se tambalean. En los últimos
meses, el Gobierno de Estados Unidos y la Reserva Federal se han visto obligados
a rescatar entidades financieras en dificultades. "Esto es socialismo", se ha
quejado algún legislador republicano.
Tras años de desmadre en Wall Street, el debate para regular mejor los
mercados está a la orden del día. Paralelamente, la crisis económica y los
miedos a la globalización alimentan los discursos proteccionistas en materia
comercial.
Si la era conservadora se asocia a las divisiones -políticas y culturales-
que afloraron en los sesenta, su fin supondría también el fin de estas
divisiones enconadas. Y, precisamente, el demócrata Obama se presenta como el
candidato post-68, el único capaz de cerrar las heridas de los últimos cuarenta
años y de reconciliar a las dos Américas.
De momento, los republicanos han dejado de ser un referente en Europa, según
el conservador David Brooks, columnista del diario The New York Times.
Brooks menciona a los conservadores británicos de David Cameron, "que han
superado el thatcherismo", y "no sólo hablan de la guerra y el crecimiento
económico", sino también del medio ambiente. Pero podría referirse a los
españoles. También éstos han dejado de tener en Bush un referente, y parecen
mirar a otras latitudes.