on gordas esas listas. En
septiembre de 2007, el inspector general del Departamento de Justicia
informó que el TSC tenía registrados 700.000 nombres en su base de datos y
que ese número crecía a razón de más de 20.000 asientos cada mes. Dicho de
otra manera: habría actualmente más de un millón de presuntos terroristas en
suelo estadounidense o con la pretensión de entrar en él. Bastantes, muchos.
El Centro proporciona a las compañías aéreas los nombres de tales
sospechosos, que pasan a integrar una llamada “No-Fly List” con ciertas
consecuencias. En los vuelos internos no los dejan subir al avión o los
bajan del avión y algo más: los agentes del FBI estacionados en el
aeropuerto suelen detenerlos, interrogarlos durante horas, revisar su
persona y su equipaje, someterlos a ninguneos varios. Al menos doce Robert
Johnson han padecido y aún padecen esos problemas por mera portación de
nombre: ése fue el alias de un afroamericano de 62 años condenado por
planear la voladura de un templo hindú y de un teatro en Toronto, pero
figura en la lista negra sin mayores especificaciones. El periodista Steve
Kroft, de CBS News, entrevistó a los doce homónimos, entre otros un
empresario, un político, un entrenador de fútbol, incluso un militar. A
todos les espera lo mismo (www.cbsnews.com, 10-6-07).
“Casi siempre tengo dificultades para abordar un avión, me ha pasado por
lo menos 15 o 20 veces”, contó uno de los Robert Johnson. Otro declaró que,
para él, lo peor era la humillación sufrida: “Tuve que sacarme los
pantalones, tuve que sacarme los zapatos, después tuve que sacarme las
medias. Me trataron como a un criminal”. Nadie ofrece disculpas, la
seguridad antiterrorista ante todo. Pero los Robert Johnson no están solos:
los acompañan viajeros de prestigio nacional e internacional, como el
senador Edward Kennedy. Su caso fue el primero en adquirir notoriedad.
No era para menos: el hermano del ex presidente asesinado, miembro de una
familia de abolengo y senador desde 1962, fue detenido e interrogado cinco
veces en aeropuertos de la costa este de EE.UU. en marzo del 2004. Le costó
tres semanas que quitaran su nombre de la lista de sospechados de terrorismo
merced a la intervención de la Casa Blanca. (The Washington Post, 21-8-04).
Al más que famoso músico británico Cat Stevens le fue peor: convertido al
islamismo, adoptó el nombre de Yusuf Islam y el vuelo a Washington que lo
traía de Londres fue desviado a Maine. Seis robustos agentes federales lo
esperaban y lo sometieron a un curioso interrogatorio. Viajaba con su hija
para grabar un disco y finalmente fue expulsado (ABC News, 1-10-04).
No es la única figura extranjera de relieve que padece cuestiones
semejantes. El ex presidente de Sudáfrica y Premio Nobel de la Paz Nelson
Mandela figura en el padrón de presuntos terroristas y debe pedir un permiso
especial para entrar a EE.UU. (USA Today, 30-4-08). Nahib Berri, vocero del
Parlamento libanés y ex abogado de la General Motors, suele reunirse con
Condoleezza Rice, pero eso no lo saca de la lista. También está incluido el
presidente boliviano Evo Morales, al que han registrado con tres nombres:
Evo Morales, Juan Evo Morales Aima y Evo Morales Ayma. Los tres nacieron el
26 de octubre de 1959 y tal abundancia –se supone– es por las dudas.
A la monja McPhee, que supervisa todos los niveles de la educación
católica en el marco del Departamento de Educación estadounidense, le fue
peor que a Ted Kennedy: tuvo que luchar nueve meses para que la borraran de
la “No-fly list” y cesaran de apartarla de la fila de pasajeros para
revisarla de arriba abajo. Nada diferente le ha sucedido al mayor general
(R) Vernon Lewis, condecorado con la Medalla de Servicios Distinguidos, la
más alta distinción que otorga el ejército de EE.UU., ni a Jim Robison, ex
asistente del fiscal general de la nación (AP, 14-7-08). Pero no todas son
celebridades: se estima que más de 30.000 pasajeros han presentado protestas
por tratos semejantes.
La Casa Blanca afirma que esa lista negra es la herramienta más eficaz
para la lucha “antiterrorista” en EE.UU. Quién sabe si lo mismo piensa
Ingrid Sanders: iba a tomar un vuelo de Phoenix a Washington cuando le
anunciaron que su hija de un año de edad estaba registrada como sospechosa
de actividades terroristas. Es apenas una de los catorce infantes de menos
de dos años que el TSC considera posibles terroristas (AP, 10-7-08). No está
claro contra quién combate realmente W. Bush. ¿Contra los terroristas?
¿Contra los norteamericanos?.