|
 |
|
El jefe de los espías , Alex Allan |
Es paradójico que la política climática pretenda limitar las emisiones a la
atmósfera de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero primando
el instrumento del mercado.
Por Elmar Altvater -
Revista Sin Permiso
Cómo contener la emisión de gases de efecto
invernadero es una cuestión que pertenece al ámbito de las decisiones
políticas. En el acuerdo de Kyoto el acento se ha puesto sobre todo en el
sistema de estímulos del mercado; una vía falsa, según argumentan Elmar
Altvater y Achim Brunnengräber en el libro Ablasshandel gegen Klimawandel?
[¿Comercio de emisiones contra cambio climático?] por ellos compilado que
acaba de aparecer en Alemania y cuyo prólogo reproducimos a continuación.
El cambio climático nos amenaza a todos, aun si en distinta medida. Tenemos
que lograr muy pronto, mucho antes de lo que proponen los actuales acuerdos
sobre el clima, una reducción de la emisión de gases de efecto invernadero.
Y tenemos que lograrlo en unas proporciones que, según todos los pronósticos
de consumo de las energías fósiles, parecen casi imposibles. Se precisaría
un 50% menos de emisiones de CO2 de aquí al 2050, si queremos mantener la
concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera por debajo de
la frontera crítica de los 550 ppm (partes por millón). ¿Cómo conseguirlo?
Sólo hay cuatro vías.
La primera pasa por un aumento de la eficiencia energética: consumir
menos energía fósil por unidad de producto social. En la política energética
y climática esa vía se conoce como la "vía real", pues es la que menos
resistencia esperable genera. Porque, tal parece, de un incremento de
eficiencia en el uso de energía sólo pueden salir todos ganando.
La segunda vía nos conduce al Sur global. Allí se hallan, primero,
elementos de mitigación capaces de capturar CO2, por ejemplo, frondosas
selvas. Pero se invertiría en proyectos de muy otro tipo porque, segundo, la
protección del clima saldría allí más barata. Los proyectos desarrollados en
Asia o en Sudamérica, en contraste con Europa, minimizarían los costes de
evitación de las emisiones de CO2. Eso sería, a fin de cuentas, bueno para
la protección del clima, porque con el mismo gasto se darían allí mayores
reducciones de CO2. Eso piensan los partidarios de esta segunda vía.
La tercera vía procede a separar el CO2 emitido en la combustión, a
apresarlo y a almacenarlo en cavidades de la corteza terrestre (Carbon
Capturing and Storage, CCS).
Sólo la cuarta vía nos saca del régimen de energías fósiles para
llevarnos a un mundo de energías renovables y de estructuras capaces de
reducir duraderamente el consumo energético. Las reservas fósiles
subsistentes se quedarían en el subsuelo donde ahora están.
Qué vía termine emprendiéndose, es cuestión que concierne al ámbito de
las decisiones políticas. Éstas pueden apuntar a sistemas de estímulo y
motivación, a preceptos y prohibiciones, pero también a la ilustración y la
educación política. En el acuerdo de Kyoto ha dominado sobre todo el sistema
de estímulos de mercado.
El mercado, ¿tu auxilio, tu amigo?
Es paradójico que la política climática internacional pretenda desde hace
cerca de una década limitar las emisiones a la atmósfera de dióxido de
carbono y otros gases de efecto invernadero primando el instrumento del
mercado. Pues no existe nada semejante a un mercado de CO2. El CO2 no tiene
ningún valor de uso capaz de satisfacer necesidades; al contrario, es
dañino. Tampoco puede transformarse en una mercancía comerciable. El CO2 no
tiene un valor que pudiera expresarse como precio de mercado. Al contrario:
se trata de un disvalor del que todo el mundo querría librarse lo antes
posible, si fuera tan fácil hacerlo. Se diría, así pues, que lo natural es
represar las emisiones de CO2 jurídicamente, con preceptos y prohibiciones
legales, con valores máximos y expedientes técnicos, pero no con mecanismos
de un mercado que, por lo pronto, no existe.
Pero los instrumentos de mercado aplicados a la protección del clima
resultan muy elegantes. Cuadran bien con la imagen del mundo característica
de un orden liberal global, conforme al cual el mercado tiene primacía sobre
el plan, la economía, sobre la política, y el sector privado, sobre los
bienes públicos y el Estado. A su charme han sucumbido también muchos
activistas medioambientales, críticos de la globalización y dirigentes de
partidos verdes y de izquierda, así como la mayoría de los economistas del
medio ambiente.
Se dejan, todos, fascinar por la astucia promisoria una idea, y es a
saber: que las señales de los precios y los estímulos del beneficio han de
disponerse de modo tal, que la persecución de los intereses individuales
lleve a un resultado óptimo para todos, óptimo, sí, para la totalidad de los
seis mil millones de ciudadanos de la Tierra. En este caso, a una reducción
de las emisiones de gases de efecto invernadero hasta el porcentaje que
resulte climático-políticamente necesario; sin prescripciones ni
prohibiciones, sin burocracia estatal, con plena libertad de mercado.
El mercado, amigo del clima: cuadra bien con la imagen del mundo
dimanante del orden liberal
Mas, puesto que no existe mercado alguno para derechos de polución, tiene
que crearse. Hay que convertir en mercancía de comercio algo que no es
propiamente comerciable. En el mundo mental neoliberal esto es una
categorización artificialmente política que, sin embargo, da a las cosas su
verdadera naturaleza, a saber: convertirse en objeto de comercio entre
privados. "Hacer" un mercado mediante la "manipulación del contexto", es
desde luego una cosa cargada de supuestos. Es verdad que la atmósfera en la
que se depositan los gases de efecto invernadero no está privatizada, y que
el CO2 no es en un valor patrimonial privado.
Pero lo que se hace es construir políticamente a través del Estado
derechos de contaminación de la atmósfera ("allowances"). Esos derechos se
conceden entonces a emitentes de CO2, de acuerdo con un plan nacional de
asignación: casi gratuitamente, como hasta ahora en la UE, o a cambio de un
precio fijado por subasta, como posiblemente ocurra en la UE partir de 2012,
si los intereses defendidos por los lobbies no lo impiden. También la
escasez de las mercancías cobra un sesgo de artificialidad con los derechos
de contaminación: queda políticamente fijada mediante límites máximos de
emisiones ("cap"). La charme del "capitalismo verde" deriva de eso y sólo de
eso: cada vez está más politizado.
Quienes generan CO2 disponen, pues, de un derecho económico individual a
la contaminación de la atmósfera. Poseen una mercancía políticamente
certificada con la que pueden comerciar como si se tratara de tocino, de
barriles de petróleo, de adornos de navidad o de opciones sobre acciones.
Ese modo de resolver problemas arraiga muy profundamente en el sistema
social capitalista y en la imagen de la dominación de la naturaleza. Pero
los mercados de certificados no funcionan como mercados semanales de aldea,
a los que uno no sólo va a comprar y vender ,sino a pasar también un rato
agradable de plática y charleta.
Tienen alcance global, son generados por legación, están sujetos a la
dura competencia global entre los distintos emplazamientos productivos y se
ven arrastrados a las maquinaciones e intrigas propias de los mercados
financieros y metidos de lleno en las crisis de éstos. Los movimientos de
precios en un mercado artificialmente creado como el de los certificados de
emisión son erráticos y extremadamente volátiles. El valor de mercado de los
certificados no tiene nada que ver con los costes en trabajo y capital, y
puesto que no hay costes tangibles, la formación de precios en el mercado de
certificados acontece fuera del espacio y del tiempo. En un mercado sin
historia, los precios de los certificados oscilan como caña al viento. De
aquí que nadie se sorprenda de su volatilidad.
El patrono de los proyectos de solución en términos de mercado es la
escuela neoliberal de los derechos de propiedad, que se propone constituir
nuevos mercados por la vía de ensanchar el ámbito de los derechos privados a
disponer de las cosas. No es el menos importante de sus designios provocar
el retroceso del sector público. La naturaleza –en este caso, la atmósfera—
es entendida como medio receptor de materiales de desecho y de emisiones.
Y como tal, en la economía fundada en los combustibles sólidos, resulta
físicamente necesaria. Pueden, entonces, mediante un acto político, crearse
derechos de contaminación comercializables para distribuirlos entre un grupo
de actores, o gratuitamente o previo pago. Se tiene entonces un "derecho",
titularizado en certificados comercializables, a una determinada cantidad de
emisiones. En esto puede haber grandes diferencias tanto en la configuración
como en el modo de funcionamiento y en los tipos de efectos.
La artificial categorización del comercio de emisiones es, desde luego,
fascinante. Pero la certeza de poder lograr la reducción de la emisión de
gases de efecto invernadero con instrumentos basados en el mercado está
sembrada de dudas. Porque las experiencias empíricas con el comercio de
emisiones (sobre todo, con el sistema europeo del cap-and-trade-system)
son decepcionantes. Los instrumentos basados en el mercado tendrían (por la
primera de las cuatro antedichas vías) que reducir las emisiones mediante un
incremento de la eficiencia en el uso de la energía, y procurar, por la
segunda vía –con la contribución del Clean Development Mechanism (CDM)
y de la Joint Implementation—, primero, que la protección del clima
resulte más barata, y segundo, que se usen los fijadores de carbono para
detraer CO2 de la atmósfera. Los proyectos CDM desarrollados hasta ahora son
de todo punto insuficientes en ambos puntos.
Si el mecanismo de mercado no resulta confiable, tanto la regulación del
medio ambiente como la normativa jurídica son, en cambio, un medio bien
probado. Además, por la cuarta vía, hay que hacer de la reestructuración
socioecológica orientada a una sociedad solar –menos proclive a servirse de
instrumentos de mercado en la medida en que utiliza energías renovables— el
objetivo político-ambiental más importante. (...)
******
Freitag, 27 junio 2008. Traducción para sinpermiso.info: Amaranta Süss