En su libro 'The Audacity of Hope', Barack Obama escribe: "Sirvo como una
pantalla en blanco en la que la gente de muy diferentes ideologías políticas
proyectan sus visiones".
Por Ricard González - El Mundo, España
La frase no podría ser más certera a la hora de
explicar cómo Obama se hizo con la nominación demócrata ante ese animal político
que es Hillary Clinton. Sin embargo, la frase esconde una falsa ingenuidad por
parte del político afroamericano: él es también responsable de ese fenómeno, él
ha pintado de blanco esa pantalla.
El nominado demócrata tiene muchas cualidades aptas en estos tiempos que
corren -una oratoria visionaria, sonrisa franca, y un carácter afable-, pero sin
duda, la más destacada es su capacidad para alternar, con toda naturalidad y sin
despeinarse, discursos idealistas -en línea con los postulados tradicionales de
la izquierda americana-, y promesas de un renacimiento político en
Washington, con una práctica política de lo más pragmática y
convencional, en la que no falta el oportunismo y el olvido de pasadas promesas.
Y lo más increíble de todo es que sus piruetas políticas apenas provocan
chirridos entre sus seguidores más progresistas, o los más moderados.
Algunos días, Obama aparece ante los medios con el ropaje ideológico
de Doctor Izquierdista, y proclama su oposición a la guerra de Irak, su
apoyo a que los inmigrantes ilegales puedan sacarse el carné de conducir, o su
disposición a reunirse con los presidentes de países como Cuba e Irán. Esos
días, sus adversarios le acusan de ser "inocente" e "inexperto", y de ser el
miembro más progresista del Senado.
En cambio, otros días, tras tomarse una pócima secreta que algunos en
la península hace años que buscan y no encuentran, Obama se convierte
en Mr. Centrista. Con su carita angelical, que el brebaje mágico deja intacta,
nos justifica la ruptura de su promesa de situarse bajo el paragüas de la
financiación pública en la necesidad de neutralizar las campañas de intoxicación
republicanas.
O nos dice que sufrió una especie de lapsus en aquella entrevista del mes de
febrero en la que aseguró apoyar la ley de control de armas de Washington DC. En
el fondo, él siempre ha estado a favor de que se respete el derecho a la
posesión de armas, para tranquilidad de los amigos del difunto Heston.
Estos días, los detractores de Obama le acusan de no tener otro
principio que no sea ganar a cualquier precio, y otro objetivo que no
sea llegar a la Casa Blanca. ¿Alguien comprometido con las causas de la
izquierda? Sólo mientras debía responder ante la progresía de Illinois.
Si hasta ahora la estrategia le ha funcionado a Obama, es posible que la cosa
no cambie antes de las elecciones. Los republicanos desengañados con
Bush ven en Obama un hombre de talante moderado, y actitudes
bipartidistas, y muchos de ellos lo votarán en noviembre. La omnipresencia de Mr.
Centrist calmará sus miedos y dudas.
A la vez, Los sectores más izquierdistas de los EEUU también se movilizarán
para elegir, quizás por primera vez en la historia, a alguien que perciben como
uno de ellos. Cuando escuchan a Mr. Centrista argumentan que es sólo una
inteligente estrategia para hacerse con los resortes del Estado, y entonces
proceder a transformar la cultura política del país, como
Reagan hizo en los años 80.
Para estos grupos, la prueba irrefutable del pedigrí progresista de
Obama es su oposición a la guerra de Irak. Tiene su lógica. No hay que
olvidar que en este país quienes se opusieron a la guerra de Irak en plena
fiebre patriótica, en 2003, fueron los de siempre. Los mismos que se opusieron a
la I Guerra Mundial, y la del Vietnam: la izquierda transformadora, los
pacifistas, y las sectas cristianas cuáquera y menonita.
Seguramente, sólo conoceremos al verdadero Obama si gana las próximas
elecciones. Será entonces cuando algunos de sus seguidores, a derecha o
izquierda, tendrán una gran decepción. O quizás no. No se puede descartar que
sea capaz de mantener su esquizofrenia ideológica en la Casa Blanca,
aunque será mucho más difícil que ahora. Requerirá un verdadero ejercicio de
presitidigitación. De conseguirlo, habrá que reconocer una cosa: la astucia de
Obama y su intuición política habrán demostrado ser algo fuera de lo común.