Que nadie lo subestime. Barack Obama ha ganado en grande. Ha ganado no sólo
la nominación demócrata a la presidencia. Va a barrer en las elecciones con una
gran mayoría del Colegio Electoral y un incremento considerable en la fuerza
demócrata en ambas cámaras del Congreso. Antes de que analicemos qué tan lejos
llegará, o podrá llegar –es decir, qué tanto cambio significa esto–, debemos
mostrar qué tan real es su triunfo electoral.
Por Immanuel Wallerstein -
La Jornada, México
En la demasiado prolongada competencia entre él y Hillary Clinton, tanto las
encuestas como los resultados mostraron que cada uno de ellos era más fuerte en
ciertas categorías de votantes. Obama tenía mayor fuerza entre los más jóvenes,
los más educados, por supuesto entre los afroestadunidenses, y entre los
situados políticamente más a la izquierda. Pero también le resultó más atractivo
a los votantes independientes o a los republicanos que prefirieron votar por un
demócrata. Clinton tuvo más fuerza con los más viejos, con los de menor
educación, con las mujeres por supuesto, con los latinos y con los situados en
lo político más en el centro.
Sin embargo, la decisión real fue la de los superdelegados. Y ellos votaron
sobre una base muy diferente. Parecen haber estado convencidos de que sería un
candidato más fuerte y que podría ganar aun en algunas áreas tradicionalmente
republicanas. O aún si no ganara en la mayoría de esos estados, podría ayudar a
ganar a los candidatos demócratas al Congreso. Es bastante sorprendente que,
justo en esos estados, haya obtenido gran respaldo de los superdelegados, muchos
de los cuales, individualmente, estaban entre los líderes demócratas más
centristas, menos orientados hacia la izquierda. Dado que estos superdelegados
estaban anclados a sus situaciones locales, algo nos dicen de las realidades
políticas estadunidenses de 2008.
Acabo de terminar un análisis comparando de la fuerza de John McCain estado
por estado en las encuestas más recientes, con la proporción de votos reales de
Bush en 2004. En 45 de 50 estados, McCain es más débil, con frecuencia mucho más
débil, de lo que era Bush. Por supuesto, si Bush ganó un estado por amplio
margen, McCain podría ganar con un margen menor. Pero en los estados donde la
competencia fue cerrada en 2004, la ola está en favor de Obama.
Es más, debemos percatarnos de que McCain se encuentra ahora en el clímax de
su fuerza. El Partido Demócrata se reunifica y está hambriento de triunfo. Obama
no perderá casi ninguno de los porcentajes demócratas tradicionales entre las
mujeres y los judíos. Incrementará el porcentaje nacional entre los latinos y
logrará incluir a un gran número de jóvenes y afroestadunidenses que de otro
modo no habrían votado. Conseguirá también los votos de un número considerable
de independientes y de republicanos desilusionados con Bush. La gente que votará
contra Obama porque es afroestadunidense ya desde antes iba a sufragar por los
republicanos. Este punto ya quedó atrás, no está frente a él.
Los republicanos, por otro lado, están profundamente divididos y son bastante
morosos. La derecha cristiana no confía en McCain, y hasta ahora va con pies de
plomo. Y olvidamos muy fácilmente la defección de los libertarios. Ron Paul
planea una lucha en la convención. Y aunque por supuesto la perderá, sus
simpatizantes están ya descontentos. Como Bob Barr compite por el partido
libertario, muchos de los simpatizantes de Paul votarán por él. Barr puede ser
para McCain en 2008 lo que Nader fue para Gore en 2000 –lo suficientemente
fuerte como para negarle algunos cuantos estados. Y en general, la línea de
McCain respecto de la economía estadunidense que se hunde es algo que le va a
hacer perder mucho del respaldo que supone obtener entre los llamados demócratas
reaganianos.
Si uno analiza la situación en detalle, estado por estado, el único que votó
por los demócratas en 2004 en el cual McCain parece ser competitivo hoy es
Michigan. Los estados que Bush ganó en 2004 en los cuales Obama es competitivo
son numerosos –Ohio, Indiana, Iowa, Misuri, Nuevo México, Colorado, Virginia y
tal vez Nevada, Carolina del Norte y Montana. Está haciéndola tan bien en
Misisipi que los republicanos tendrán que invertir dinero y tiempo en hacer
campañas ahí. Si Obama ganara en todos los estados competitivos excepto en
Michigan, tendría entre 310 y 333 votos electorales. Y necesita 270.
El cuadro se ve mejor en las competencias para el Senado, donde los
demócratas podrían ganar en algunos estados en los que Obama puede no lograrlo
–por ejemplo en Kentucky, donde el líder de la minoría republicana en el Senado
está en serios problemas pese a ser un estado muy republicano.
Entonces, ¿qué significa todo esto? Obama no está planeando ningún vuelco
revolucionario de la política estadunidense. Está rodeado de muchos políticos y
asesores demócratas convencionales. Pero será impulsado al poder por una ola de
entusiasmo por el cambio que Estados Unidos no había visto desde la elección de
Kennedy. Es cierto que no podrá hacer mucho en la escena mundial, pese al hecho
de que será vitoreado por el resto del mundo. Hoy, la anarquía geopolítica
global está mucho más allá del control de cualquier presidente estadunidense.
Pero será empujado a realizar importantes cambios dentro de Estados Unidos.
Por supuesto, la mera elección de un afroestadunidense representará un notable
cambio cultural, y no dejará de tener gran impacto. Sus electores esperan que
internamente, Obama lance el equivalente de otro Nuevo Trato —cobertura de
atención a la salud, restructuración fiscal, creación de empleos, salvamento de
las pensiones. Qué tanto pueda hacer dependerá en parte de la recesión global,
que está en gran medida más allá de su control, pero aun un liderazgo tan fuerte
puede jugar un papel importante, solamente hasta cierto punto. El ejemplo de
Roosevelt nos muestra eso.
La gran interrogante es qué tan lejos llegará para desmantelar las
estructuras estatales cuasi policiacas que el régimen de Bush instituyó bajo la
cobertura de una guerra contra el terrorismo. Esto implica mucho más que nombrar
mejores jueces. Significa una revisión radical de la legislación y de las
políticas ejecutivas, y sacar a la luz del día las reglas y prácticas
ultrasecretas. Mucho puede hacerse, como sabemos, a partir de lo que se logró en
los 70 respecto de los ámbitos de la CIA y la FBI. Pero la situación es mucho
peor ahora y requiere más. La historia puede muy bien juzgar a Obama, sobre todo
en relación a lo que logre en este terreno. Hasta ahora ha permanecido bastante
en silencio al respecto.
Obama ha ganado en grande. Su elección marcará –marcará, no causará– el fin
de la contrarrevolución de la derecha mundial de los 80. Él ha rencendido la
esperanza y ha creado el espacio para un mundo más progresista pero dicho
espacio se encuentra estructuralmente constreñido por las limitantes de un
sistema-mundo más anárquico que nunca. La cuestión básica no es si podrá
transformar el mundo o restaurar el liderazgo estadounidense en el sistema-mundo
–no hará ni lo uno ni lo otro–, sino si hará todo lo posible para permitirnos a
todos impulsar nuestra vía hacia delante. Aun si esto es menos de lo que el
mundo desearía que hiciera.
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Traducción: Ramón Vera Herrera
© Immanuel Wallerstein