En esta era de desigualdad, la riqueza que
debería ser compartida por todos los americanos fluye caudalosa e
ininterrumpidamente hacia los ricos. Durante las tres últimas décadas, los
políticos adoradores del mercado y sus apoyos corporativos han ingeniado la más
colosal redistribución de la riqueza de la historia mundial moderna, una
redistribución de abajo arriba, de la población trabajadora a una minúscula
elite global.
Por John Cavanagh y Chuck Collins
(*) - Revista Sin Permiso
Este suplemento especial de The Nation describe los extensos costos de la
desigualdad creciente y ofrece un esbozo sobre cómo revertir la dinámica. Jamás
lograremos justicia económica y social para aquellos que están en la base de
nuestra pirámide económica, mientras no nos resolvamos a atacar de raíz el
problema de la concentración de riqueza en la cúspide.
Doug Henwood abre la serie ubicando nuestra extrema desigualdad actual en su
contexto histórico. Ahora vivimos, escribe, en una segunda Era de la Codicia.
Hoy, como en la época de los barones ladrones de hace un siglo, la distancia
entre los que están en la cúspide y el resto de mortales es sencillamente
asombrosa. El 1% de americanos más rico posee actualmente una riqueza por valor
de 16,8 billones de dólares, en torno a 2 billones más que el 90% de la base. Un
trabajador que cobra 10 dólares por hora tendría que trabajar durante más de
10.000 años para ganar lo que cualquiera de los 400 americanos más ricos se
embolsó en 2005.
¿Qué dimensiones ha llegado a alcanzar nuestro universo paralelo de ultrarricos?
The Wall Street Journal destina actualmente a un reportero beat a tiempo
completo, Robert Frank, a cubrir lo que él llama Richistán. Richistán no
apareció de repente en la escena americana. Esta era nuestra caracterizada por
una grávida cúspide ha ido desarrollándose merced a un tenaz esfuerzo financiado
por los conservadores y las corporaciones empresariales para inocular una fe
ciega en el mercado como elixir mágico para resolver cualquier problema. Esta
guerra de tres décadas de asedio a la plaza fuerte del sentido común se ha
sostenido sin embozo que los recortes tributarios a los ricos ayudan, en
realidad, a los pobres; que los sindicatos, en el fondo, impiden la prosperidad
de los trabajadores; y que las regulaciones protectoras de los consumidores son,
en substancia, hostiles a la libertad.
Debidamente inspirados, nuestros representantes electos han reescrito las normas
que gobiernan nuestra economía –en política tributaria, comercial, salarial, no
menos que en materia de gasto público—, a fin de beneficiar a los propietarios
ricos en recursos y a las corporaciones transnacionales.
Para revertir esa temeraria carrera, tenemos que cambiar la narrativa política
dominante de nuestra nación y restaurar la fe en el papel decisivo que el Estado
debe desempeñar en la protección del bien común. Pero no podemos detenernos ahí.
Tenemos que enfrentarnos directamente a la amenaza que plantea esta desigualdad.
No será fácil.
Demasiados norteamericanos ven la enorme concentración de riqueza de nuestra
nación como síntoma, no como causa, de una sociedad enferma. En efecto, la
mayoría de nuestros políticos y expertos niegan totalmente que esto sea un
problema que deba atacarse de raís. Algunas veces pueden lamentar como
particularmente indecorosos los sueldos de los ejecutivos; pueden parlotear
ocasionalmente sobre la última extravagancia milmillonaria; pero eso es todo. El
Senado ni siquiera pudo lograr eliminar los holgados resquicios fiscales legales
de los archimillonarios directivos de los fondos hedge el año pasado. Y ni
siquiera las listas progresistas de desiderata van más allá de exigir una vuelta
a los tipos impositivos anteriores a George W. Bush, medida que, de tomarse,
apenas si desharía una sexta parte del aumento de la desigualdad de la renta que
hemos experimentado desde finales de los setenta, según la Institución Brookings.
Los historiadores del futuro, no ofrece duda, verán en eso una cierta ironía.
Los "problemas reales" a que nos enfrentamos los norteamericanos deben su
intensidad –y a menudo, su origen— a cuestiones que tiene que ver con la
distribución del ingreso y la riqueza, cuestiones que nuestra sociedad se niega
sencillamente a tratar. Tomemos, por ejemplo, el cataclismo hipotecario: ni
siquiera los analistas más sobriamente recatados excluyen que pudiera terminar
desembocando en un desplome económico general. La concentración de recursos
financieros en la cúspide de la escala económica ha dejado a familias de clase
media con un ingreso demasiado escaso para mantener la economía "real" –la
producción y distribución de bienes de uso cotidiano— en condiciones mínimamente
robustas. Con la deuda hipotecaria en el mayor nivel desde 1933, las familias
sencillamente no pueden mantener sus anteriores niveles de capacidad
adquisitiva. Significativamente, los inversores ricos, incapaces de encontrar
tasas altas de retorno en la economía real, han convertido nuestros mercados
financieros en casinos especulativos sin ley ni norma. ¿Qué ha sucedido con las
normas? En todas las épocas, las mayores concentraciones de riqueza han traído
inexorablemente consigo mayores concentraciones de poder político en manos de
los ricos. En la nuestra, crecientemente desigual, esos ricos han desregulado el
mercado del préstamo y han creado una jungla en la que el rico puede convertirse
en indefinidamente rico con los medios que precise.
No podremos enfrentarnos adecuadamente a la crisis hipotecaria, ni a ningún otro
problema significativo, mientras nuestro país tolere las grandes concentraciones
de riqueza privada. En abril de 2007, por ejemplo, una coalición nacional de
organizaciones bajo el paraguas de Half in Ten (www.halfinten.org) dio a conocer
un amplio conjunto de propuestas para reducir la pobreza a la mitad durante la
próxima década. Pero este esfuerzo será probablemente baldío, mientras la
riqueza concentrada siga con capacidad para definir las prioridades políticas de
nuestra nación. Y mientras no nos resolvamos a gravar fiscalmente de forma seria
a los detentadores de riqueza concentrada, careceremos de recursos financieros
para cualquier iniciativa audaz contra la pobreza.
Así pues, ¿han ganado los plutócratas? ¿Nos ha legado la generación gobernante
Regan/Bush/Clinton/Bush una política que privilegiará descaradamente a las
grandes fortunas en el futuro? ¿Debemos aceptar la desigualdad extrema como un
hecho inexorable de la vida? ¿O debería la ciudadanía preocupada por la
democracia considerar las grandes concentraciones de fortunas privadas como el
obstáculo central para la justicia social –según hicieran nuestros antepasados
en la Era Progresista que sucedió a la de la Codicia— y comprometerse en la
batalla por un América bastante más igualitaria?
Tenemos que atender a la lección impartida por quienes, va ya para un siglo,
lograron revertir la primera Era de la Codicia: durante la primera mitad del
siglo XX, el movimiento obrero y otros movimientos populares y progresistas
avanzaron en un programa dirigido explícitamente a reducir la concentración de
riqueza y poder. Ellos y sus sucesores lucharon duro por hacer levantar la base
de la pirámide y bajar su cúspide, y lo lograron con medidas tan variadas y
originales como el proyecto de ley de los veteranos de la Segunda Guerra Mundial
o los tipos impositivos altos sobre los ingresos altos. Gracias a sus esfuerzos,
nuestra nación pasó de los tiempos áureos de mansiones en Newport a una era
posbélica que contó con una próspera clase media, con familias económicamente
seguras, poseedoras de sus propios hogares y capaces de escolarizar a sus hijos.
Sarah Anderson y Sam Pizzigati, en su contribución a esta sensible cuestión, nos
han mostrado cómo podemos lograrlo de nuevo. Han elaborado una guía práctica
sobre cómo reducir nuestras innobles concentraciones de riqueza, un conjunto de
pasos necesario para canalizar político-económicamente los afanes de reducir la
pobreza, invertir en sistemas de energía verde, reconstruir nuestra
infraestructura y expandir las oportunidades educativas y económicas para todos.
Cualquier movilización exitosa contra la plutocracia debe, por lo pronto,
iluminar vívidamente el alto precio que la concentración de riqueza descarga
sobre del resto de nosotros. En su contribución, Barbara Ehrenreich lamenta una
de las consecuencias de la extrema desigualdad que pocos de nosotros hemos
sabido reconocer adecuadamente: la monopolización plutocrática de los más
hermosos parajes de nuestra nación. Gabriel Thompson cuenta la historia de la
extrema desigualdad en un barrio, comparando los titanes de los fondos hedge que
ocupan los pisos altos de dos edificios de oficinas en Manhattan con los
trabajadores de salario bajo que vigilan sus entradas y reparten sus almuerzos.
Las elecciones de 2008 podrían ayudar a abrir la puerta que permita enfrentarse
a la desigualdad. Mientras los principales candidatos a la presidencia
anteriores habían eludido la cuestión, Barack Obama y Hillary Clinton han
llamado la atención sobre problemas como las asombrosas distancias salariales
entre trabajadores y ejecutivos y las resquicios legales de evasión de que
disfrutan los directivos de los fondos hedge. Y ya ningún presidente puede
adoptar una agenda audaz sobre la desigualdad sin la fuerte presión de
sindicatos, grupos religiosos, pequeñas empresas, ecologistas y demás
activistas. La acción ciudadana concertada contribuyó a acabar con la primera
Era de la Codicia y a abrir el camino a un período de bienestar económico
ampliamente compartido después de la Segunda Guerra Mundial. Hoy tenemos la
oportunidad, y la obligación, de hacerlo otra vez.
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(*)John Cavanagh y Chuck Collins: investigadores del Institute for Policy
Studies en la John Hopkins University, Baltimore, EEUU