Un acuerdo de última hora entre la cúpula de dirigentes oficialistas de la
Central Obrera y el presidente Evo Morales hizo abortar la huelga general y
el bloqueo de caminos.
Por
Adam Turl (*) -
Revista Sin Permiso
Ha vuelto la clase obrera. O al menos
el término "clase obrera". Hace décadas que un ejército de expertos y de
académicos viene argumentado que la mayoría de la población en Estados Unidos
comprende a una clase media en expansión, saciada y de movilidad social
ascendente, y que la idea de una clase obrera pertenece a un pasado industrial
lejano. Parecía que el término "clase obrera" se había escurrido por el coladero
de la historia y no podía ser traído de vuelta -incluso mediante circunloquios-
sin que en la política dominante se conjurase el espectro de la "guerra de
clases". Como escribió Leon Frink, profesor de la Universidad de
Illinois-Chicago, en e lChicago Tribune:
«Cuando Al Gore dio a conocer una
modesta llamada a las "familias trabajadoras" en la Convención Nacional
Demócrata del 2000... su oponente republicano, George W. Bush, contraatacó
inmediatamente acusándole de desatar una "guerra de clases" en el país. El
término preferido para dirigirse a este electorado ha sido durante mucho tiempo
el de "clase media", e incluso la AFL-CIO [American Federation of Labor and
Congress of Industrial Organizations, principal sindicato del país, N.T.] evitó
la mayor parte de la retórica de clase en un intento de co-optar la agenda de
los valores familiares y conservadores.»
Aún hoy, prácticamente todos los
comentaristas, desde William Kristol a Paul Krugman, emplean sin pestañear la
vieja y temible terminología cuando sugieren que el senador Barack Obama no
puede, como dice el director del Quinnipiac University Polling, «llegar a los
votantes de clase obrera.» Si "clase obrera" vuelve a ser un término común en el
habla, puede que sea porque haya una crisis afectando a la mayoría de la
población obrera -quienes trabajan por un salario- en los EE.UU. -El salario por
hora, ajustado a la inflación, ha decaído las últimas tres décadas, mientras que
el tamaño del Producto Interior Bruto (PIB) casi se ha triplicado, un
crecimiento de la riqueza que se ha acumulado, casi exclusivamente, en manos la
gran empresa. Pero si la "clase obrera" -y su muy discutidos "remordimientos" y
quejas- está al frente de la elección presidencial del 2008, este
"redescubrimiento" ha venido acompañado de la recuperación de viejos mitos, a
saber: que la clase obrera está compuesta, en general, por patriotas amantes de
la bandera, conservadores, fanáticos religiosos, tradicionalistas y que es,
mayoritariamente, blanca. Como continúa Fink en su artículo:
«Hoy a la "clase obrera" le han sido
arrancados los colmillos que emplear en cualquier intentona radical, e incluso
subversivo. De hecho, la clase obrera actual se parece menos a la fuerza
modernizadora y racional proyectada por Marx que a un bastión de la tradición,
aquel inamovible "saco de patatas" que identificara con el campesinado.
Explícitamente o no, cada vez que se habla de clase obrera se la acompaña de la
palabra "blanca". Y el constructo resultante -hombre y mujeres blancos que no
han ido a la universidad- se presenta con regularidad como el bloque más
conservador... La clase obrera a la que Obama no consigue llegar parece poblada
de Archie Bunkers (1) y sus descendientes.»
* * * * *
Esto es un estereotipo, por supuesto,
y uno con una larga historia. Fink trae a colación una visión distorsionada de
la clase obrera -«Archie Bunkers y sus descendientes»-, que fue una invención de
la clase dominante y los medios de comunicación cuando apareció en los sesenta
como parte de un contrapeso ideológico a la creciente influencia de los
movimientos sociales de los sesenta. El colaborador de International Socialist
Review Joe Allen ha escrito que «a finales de los sesenta, los medios de
comunicación estadounidenses y el establishment político "redescubrieron" la
clase obrera, aunque no la verdadera clase obrera, que entonces estaba formada
por un contingente creciente de blancos, negros, latinos y mujeres... La clase
trabajadora que decían haber descubierto era en realidad el estereotipo de clase
media que pintaba a la clase trabajadora como blancos en rebelión constante
contra los derechos civiles, los movimientos anti-guerra y el izquierdismo en
general.»
Se emitieron imágenes de obreros con
cascos de trabajo atacando a activistas en un intento de msotrar que los "recios
trabajadores" americanos rechazaban a los estudiantes "desagradecidos" y
"privilegiados" que se manifestaban contra la guerra. Pero los estudios
realizados a finales de los sesenta y principios de los setenta mostraron que
los obreros manuales se oponían a la Guerra de Vietnam en número similar que los
jóvenes que montaron el movimiento estudiantil contra la guerra y los soldados
que se manifestaron contra ella. En la ciudad de clase trabajadora de Dearborn,
Michigan, por ejemplo, un referéndum celebrado en 1968 que pedía la retirada
inmediata de las tropas fue aprobado con el 57 por ciento de los votos. En 1971
los hogares con miembros de un sindicato, junto con los hogares de minorías (los
cuales en gran parte coincidían), se encontraban entre los más firmes opositores
a la guerra en las encuestas nacionales.
Aunque el racismo continuó dominando
en todos los aspectos la vida diaria estadounidense -como se demostró cuando un
grupo de blancos atacó a Martin Luther King Jr. cuando éste trató de llevar la
lucha por los derechos civiles a la clase obrera de Chicago- , la clase obrera y
los llamados "pobres blancos" (poor whites) por lo común simpatizaban más con
los trabajadores negros que la gente "de bien". Un estudio de 1966 mostró que
eran «la pertenencia da una clase más alta, el origen de clase o el destino de
clase los argumentos preferidos por los residentes para excluir a los negros de
su vecindario.» Como resultado del continuo impacto del movimiento de
liberación negro en la conciencia del norteamericano medio, en 1970, una mayoría
de los americanos blancos apoyó la discriminación positiva, incluyendo el
establecimiento de cuotas, para reparar los efectos de todas las injusticias
racistas pasadas y presentes. Esto no quiere decir que el racismo no tuviera su
influencia entre los trabajadores blancos. La tuvo, como evidencia el apoyo de
algunos sectores de la clase obrera -incluyendo del norte- a la campaña
presidencial de George Wallace en 1968 por los "derechos del estado" y en las
luchas por el busing (2) a lo largo de la década de
los setenta. Sea como fuere la clase obrera nunca fue, como se la presenta hoy,
un bastión homogéneo del racismo y la reacción.
* * * * *
La clase obrera que los medios de
comunicación dominantes han "redescubierto" hoy también incluye a las mujeres,
pero aún es vista como blanca, y presentada como partidaria de puntos de vista
mayoritariamente conservadores. Como en los sesenta, esta radiografía tiene muy
poco que ver con al realidad. La mayoría de las encuestas muestran que la
población estadounidense en su conjunto -y la clase obrera en particular- es más
progresista en la mayoría de asuntos sociales y económicos. En ningún lugar es
más claro que en la cuestión del racismo. En 1954 sólo el 4 por ciento de los
encuestados respondió que aprobaría el matrimonio entre "blancos y gente de
color." En el 2007, el 79 por ciento respondió a una encuesta de Gallup
afirmando que aprobaba los matrimonios interraciales. De hecho, a diferencia de
buena parte del establishment de los medios de comunicación, mucha gente cree
que el racismo es un problema actual, no una cosa del pasado. En una encuesta de
la revista CNN/Essence la mayoría -incluyendo los blancos- dijo creer que el
racismo era "un serio problema." El ochenta y cinco por ciento de los americanos
respondieron que se sentirían "completamente cómodos" a la hora de votar por un
candidato presidencial negro.
Entendámonos: todavía hay muchísima
gente que tiene ideas racistas (que no se siente "cómoda" votando por un
candidato negro, que desaprueba el matrimonio interracial o que no cree que el
racismo sea un problema). Y también hay contradicciones en el pensamiento de la
población acerca de la presencia cotidiana y los efectos del racismo. Por
ejemplo, en la encuesta de CNN/Essence la mayoría de encuestados, tanto blancos
como negros, dijo que no creía que la discriminación racial fuera la razón por
la que los negros acostumbran a tener salarios más bajos y peores hogares. Sin
embargo, puede decirse, contra el estereotipo de los medios de comunicación, que
la clase obrera -que, por cierto, además de blancos incluye a diez millones de
negros y latinos, así com a decenas de millones de personas que sí que
asistieron a la universidad- acostumbra a tener en ideas más progresistas que
las clases medias y altas en muchas de las cuestiones políticas. Las encuestas
actuales muestran, por ejemplo, que el 51% de los americanos -el porcentaje más
alto desde la Gran Depresión, en los años 30- apoya la vieja demanda socialista
de tasar las rentas más elevadas con el objetivo específico de redistribuir la
riqueza. Una encuesta del 2006 mostró que el 59% de la población apoya a los
sindicatos, un apoyo que alcanza el 68% entre aquellos que ganan menos de 30.000
dólares al año.
Pero no se trata meramente de una
cuestión económica. La mayoría de los ciudadanos y residentes permanentes
respondieron en una encuesta del 2006 que creían que la inmigración era "algo
bueno". Cerca del 90% de los americanos dijo que creía que los gays y lesbianas
deberían tener los mismos derechos en el trabajo. El apoyo al matrimonio
homosexual ha crecido un 19% desde 1996, y la oposición al mismo ha declinado un
15%. Incluso en el aborto -una de las pocas áreas donde la derecha ha ganado
terreno ideológicamente- la mayoría de la población se mantiene favorable a la
postura del caso Roe contra Wade (3). Además, en contraste con la imagen de un
interior fundamentalista entre ambas costas, las encuestas muestran que los
americanos son cada vez menos religiosos, que los religiosos son cada vez menos
asiduos a la iglesia, e incluso que la generación más joven de cristianos
fundamentalistas es en cierto modo más de izquierdas en algunos temas relativos
a la justicia social.
* * * * *
Entonces, ¿por qué persiste la
mitología de una clase obrera reaccionaria? Hay dos razones, relacionadas la una
con la otra. Por una parte, esta idea es útil a la hora de dividir y conquistar
a los trabajadores sirviéndose de líneas de separación religiosas, raciales, de
género, nacionales y de orientación sexual, presentando estas barreras como
inamovibles e infranqueables. Por el otro, la debilidad política de la izquierda
y del movimiendo obrero en los Estados Unidos se traduce en que la lucha de
clases y la solidaridad no tienen eco en la política dominante. Tomad, por
ejemplo, a los así llamados "demócratas de Reagan". El término ha sido
resucitado en la elección del 2008, pero fue acuñado originalmente en los
ochenta por los medios de comunicación para identificar a los votantes de clase
obrera que cambiaron su voto, tradicionalmente leal a los demócratas, por los
republicanos. El telón de fondo de este cambio fue la oleada de huelgas que
tuvieron lugar a finales de los sesenta y principios de los setenta en los
sectores del transporte, el automóvil, el textil, la minería, el servicio de
correos y otras industrias. Algunas de éstas fueron huelgas salvajes organizadas
completamente al margen de los sindicatos, lideradas por radicales blancos y
negros. Estas luchas esbozaron todo el potencial de un movimiento obrero
vigorizado y multirracial que crecía a partir de los movimientos sociales de los
sesenta. Sin embargo, a finales de los setenta la clase dominante se inclinó
hacia el neoliberalismo y empezó un contraataque contra el movimiento obrero y
la izquierda. Hizo presión para obtener de los sindicatos reducciones en los
contratos, dobles escalas salariales, privatización de empresas, desregulación
laboral y espectaculares beneficios.
Esta ofensiva de los empresarios
empezó bajo la administración demócrata de Jimmy Carter y fue intensificada con
Reagan. En vez de oponerse a esta ofensiva contra los trabajadores, el partido
que supuestamente representa a la clase obrera -los demócratas- fue quien impuso
los primeros recortes. Hacia 1984, una parte de fieles demócratas terminó
votando a Reagan, los así llamados "demócratas de Reagan". Los republicanos
lograron este desplazamiento del voto introduciendo una hueste de "temas cuña"
que hiciera saltar por los aires el voto demócrata: avivaron el racismo,
pidieron una declaración de guerra contra el crimen y las drogas, atacaron los
avances en el derechos de la mujer. Pero la otra razón que explica este
desplazamiento fue la incapacidad de los demócratas para ofrecer una respuesta
eficaz a este desplazamiento de los votantes hacia la derecha. Al contrario, los
demócratas llegaron a la conclusión de que necesitaban seguir el camino de los
republicanos para atraerse de nuevo a los votantes oscilantes. Incluso después
de que la Revolución reaganiana empezara a decaer a principios de los noventa,
los demócratas permanecieron en sintonía con la política de los conservadores,
un estilo simbolizado, por ejemplo, en la "triangulación" de la administración
Clinton.
Así pues, en los últimos quince años
-con la excepción del período inmediatammente posterior a los ataques del 11 de
septiembre- la clase obrera estadounidense ha tendido a ser más progresista y de
izquierdas que la línea política oficial del sistema bipartidista. Lo que
muestra hasta qué punto resulta erróneo asumir que la situación descrita por
Thomas Frank en su libro What's the Matter with Kansas? [¿Cuál es el
problema de Kansas?] -que ciertos obreros votan contra sus intereses económicos
confiando en los republicanos porque éstos le han ganado terreno a los
demócratas en materia social- es algo permanente. Hay, en cambio, un grave
problema a la hora de organizar el sentimiento de grandes masas de obreros en
torno a temas tanto económicos como sociales en una fuerza política que tenga un
verdadero impacto político.
A medida que las elecciones del 2008
han ido avanzando, hemos visto como el término "clase" ha salido a palestra, con
Hillary Clinton -por encima del resto de candidatos- autoerigiéndose, en
palabras del New York Times, en una "campeona de la clase obrera" preparada para
luchar contra todo tipo de "injusticias", desde los precios del combustible a
los desalojos motivados por la crisis hipotecaria. ¿Cómo es posible que Clinton
-una senadora y ex primera dama que, conn su marido, reúne / posee [is worth more
than] más de 100 millones de dólares- haya sido capaz de presentarse a sí misma
como la hija predilecta de la clase obrera? Una explicación es la efectividad de
unos crédulos medios de comunicación, que han repetido una y otra vez su rémora
política de campaña. La otra es el racismo. Todo el revuelo mediático causado
por los discursos de Jeremiah Wright, antiguo reverendo de Obama -sacados a la
luz tanto en la campaña de John McCain como en la de Hillary Clinton- minaron la
estrategia electoral "post-racial" de Obama (a pesar de que debe señalarse que
millones de obreros blancos han votado por Obama). Pero también debe decirse que
si Clinton y los medios de comunicación han sido capaces de presentar a Obama
como un "elitista" es porque él lo ha permitido. Obama pudo haberse atraído a
los obreros -negros, blancos y latinos- si hubiera preparado una campaña que les
hablara de sus problemas, con propuestas firmes de ayudar a la gente de clase
obrera con las consecuencias de la recesión que tan duramente les ha golpeado.
Pero Obama no quiere una campaña hecha a partir de estos principios. Quiere
asegurarse de que Wall Street y la América corporativa (Corporate America) -que
muy astutamente han desplazado su apoyo de los republicanos a los demócratas- no
lo consideren una amenaza. Con ello Obama se inclina hacia la derecha -de un
modo muy similar a la triangulación de Bill Clinton- tratando de ganarse a los
"votantes indecisos." Los cimientos de la solidaridad existen en cada lugar de
trabajo y en cada comunidad de clase obrera en todo el país. Organizarlos en
movimientos que desafíen al racismo, al sexismo, al nacionalismo, a la homofobia
y al dominio corporativo puede forzar a los políticos "oficiales" a inclinarse
hacia la izquierda y a extraer de ellos verdaderas concesiones. Porque es una
clase dominante reaccionaria la que propaga el mito de la clase obrera
reaccionaria.
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(*)Adam Turl
es un analista político norteamericano que escribe regularmente en el semanario
de izquierda británico Socialist Worker.
Traducción para Sin Permiso de Àngel Ferrero
Notas T: (1)
Archie Bunker, personaje de All in the family, una popular sitcom
estadounidense, interpretado por Carroll O'Connor. Este personaje, un trabajador
de cuello azul estadounidense reaccionario e intolerante, llegó a ser tan famoso
que su nombre llegó a emplearse para denominar al sector social que
representaba. (2) Busing es el nombre de la
medida institucional estadounidense de asignar estudiantes negros a escuelas
blancas con el fin de evitar la segregación racial en los centros educativos,
que se seguía produciendo de facto por la segregación racial entre barrios. Los
estudiantes negros acudían a las escuelas en autobuses -de ahí el nombre- que
fueron objeto de reiterados ataques. (3) El caso Roe contra Wade (1973), uno de
los casos más controvertidos de toda la historia de la jurisprudencia
estadounidense, permitió la legalización del aborto en los 50 estados de la
Unión, convirtiéndolo en un "derecho fundamental" (Wikipedia:
http://en.wikipedia.org/wiki/Roe_v._Wade)