(IAR Noticias) 18-Junio-08
|
 |
|
Operador desaforado durante una sesión "a la
baja" en la Bolsa de Nueva York. |
Olvidaos
de Las Vegas. Los jugadores empecinados se hallan en Wall Street, y están
jugando con vuestro dinero, con vuestras pensiones y con vuestros medios de
vida.
Por Ralph Nader (*) -
Revista Sin Permiso
A diferencia de los casinos de Las Vegas, los grandes bancos de inversión, los
bancos comerciales y las empresas de intermediación bursátil se supone que
tienen una relación fiduciaria con vuestro dinero. Se supone que son agentes
fideicomisarios a los que les habéis dado vuestro dinero para que lo tengan a
buen recaudo y os alerten si hacéis inversiones arriesgadas.
Puesto que Washington, D.F., se ha convertido cada vez más en territorio ocupado
por las grandes corporaciones empresariales, los chicos de Wall Street se han
avilantado a correr más y más riesgos con vuestros dineros. Cuantos más ciclos
de fracaso financiero engendran, tanto más se remuneran a sí propios a través de
sus hombres de paja en los consejos de administración.
Con cada ciclo de fracaso, la carga de los salvamentos públicos se hace mayor;
lo que significa: deuda, déficit y dólares procedentes de vuestros impuestos. El
colapso de Savings and Loan a fines de los ochenta –que costó al menos 500 mil
millones de dólares, antes de que los instrumentos públicos de salvación
salieran al paso— parece ínfima por comparación con lo que está pasando ahora.
¿Por qué no aprenden nunca estos capos financieros? Porque nunca pagan el coste
de sus apuestas. Puede que sean despedidos, como ocurrió hace poco con los
ejecutivos de Merril Lynch y de Citigroup, pero se alejan de su nefasta gestión
empresarial cargados de compensaciones y finiquitos. Una parte, obvio es
decirlo, viene de dineros bajo cuerda procedentes de los colegas que dejan
atrás.
Ahora tenemos el último caso de gestión desastrosa que ha afectado a un
venerable banco de inversiones de Wall Street, Lehman Brothers. Desplomadas las
acciones del mismo por causa de un comportamiento codicioso de alto riesgo a
cuenta del dinero de otros, amalgamado, encima, con sus gigantescos emolumentos,
los empleados de Lehman Brothers dirigieron la mirada a su jefe, Richard S. Fuld.
Durante cierto tiempo, él y sus ejecutivos exudaban confianza respecto de su
capacidad para gestionar sus arriesgados instrumentos financieros, comparándose
jactanciosamente con sus competidores en el negocio.
Semanas pasadas , el Emperador de Lehman apareció desnudo. El señor Fuld reconoció
unas pérdidas de 2,8 mil millones de dólares en el segundo trimestre, muy por
encima de las más negras previsiones.
Hasta los setos de derivados financieros
de que se servía Lehman para mitigar las pérdidas derivadas de sus inversiones
hipotecarias se habían echado a perder, sumándose a las pérdidas.
Precisamente a fines de abril el señor Fuld había anunciado su convicción de que
“lo peor ya pasó” en los mercados. Por esta clase de gestión empresarial,
recibió el año pasado 40 millones de dólares, cerca de un millón de dólares a la
semana, si descontamos las vacaciones.
Los chicos de Wall Street, como los charlatanes, pergeñan palabras y sentencias
destinadas a disfrazar sus megaprácticas ludopáticas. Dicen estar tratando de
evitar una “crisis de confianza”, cuando lo que hacen estos pretendidos
capitalistas es correr bajo el Tío Sam en busca de una salación pública
socialista. El único resultado de lo cual es un aumento del “azar moral” –otro
eufemismo—, sentando las bases para otra ronda de Goliats desaprensivos en Wall
Street, “demasiado grandes para caer”.
Uno de los más agudos analistas de Wall Street –Henry Kaufman— cree que el
fenómeno “demasiado grande para caer” socava la disciplina del mercado y
estimula a las empresas más pequeñas a fusionarse con las compañías más grandes,
a fin de quedar cubiertas por los criterios de salvación usaderos en Washignton.
En un artículo publicado en el Wall Street Journal el pasado agosto, el señor
Kaufman describía con gran penetración el crecimiento de unos instrumentos
financieros cada vez más complejos y abstractos, desligados de sus substratos
empíricos en la economía y acelerados por la velocidad de la luz de las
transacciones computerizadas. Terminaba con un llamamiento a “una mayora
supervisión de las instituciones financieras y de los mercados”.
A la “supervisión” se la llamaba en otros tiempos “regulación”. Llámesela como
se quiera, lo cierto es que el señor Kaufman no espera nada parecido a corto
plazo. Escribe: “En los mercados de nuestros días, difícilmente se oirá un toque
de clarín a favor de esas medidas. Al contrario, los mercados se oponen a ellas,
y los políticos apenas manifiestan su apoyo, si es que lo hacen. Por su parte,
los bancos centrales [léase: la reserva federal] carecen de una visión clara en
relación con los procedimientos necesarios para una supervisión financiera más
efectiva”.
Aun si camuflado con un lenguaje educado, no normativo, se trata de una
alarmante requisitoria contra la intransigencia granempresarial y contra la
parálisis regulatoria. Desde agosto de 2007, la situación ha empeorado: los
chicos de Wall Street han generado más pérdidas gigantescas y más valoraciones
fraudulentas de activos.
Hace unas semanas, el antiguo presidente de la Reserva Federal, Paul Volcker,
dio una conferencia en Nueva York haciéndose eco de similares preocupaciones y
llamando a la “supervisión”, de manera parecida al señor Kaufman, aun cuando en
su propio e inimitable estilo.
Otros experimentados veteranos de Wall Street han hecho sonar la alarma respecto
de esta plaza del mercado de valores y derivados. Entre ellos, los antiguos
presidentes de la SEC [la agencia supervisora del mercado de valores] Arthur
Levitt y William Donaldson. Y mucho antes que cualquiera, lanzó una sabia voz de
prudente alarma John Bogle, el pionero de la indexación del mercado de valores y
creador del Vanguard Fund (véase su libro, The Little Book of Common Sense
Investing: The Only Way to Guarantee Your Fair Share of Stock Market Returns [El
librito de la inversión con sentido común. Por una participación equitativa en
los dividendos del mercado de valores]).
Con unos políticos en Washington que sonambulean mientras sus bolsillos de
campaña se llenan con efectivos de Wall Street, ¿no es hora de que el pueblo
norteamericano despierte cívica y políticamente? Hay que actuar antes de que el
sector financiero, sirviéndose de vuestros dineros, caiga hecho trizas bajo el
peso de su propia codicia y de su incorregible tendencia a una pésima gestión
empresarial.
Para principiantes: empezad por pedir más de vuestros políticos, ¡mucho más!
******
(*)Ralph Nader es un activista en materia de consumo; también es abogado y escritor. Su
último libro es The Seventeen Traditions. Concurre como independiente
a las elecciones a la presidencia de los EEUU.
|