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George W. Bush |
La Corte Suprema norteamericana restituye la primacía de los valores
constitucionales frente a las concepciones neoconservadoras que justificaron la
mentira y la tortura.
Por Marcelo Cantelmi - Clarín
La historia se construye con símbolos. O, de modo más
preciso, también con ellos. La cárcel de Guantánamo que este 2008 cumple 110
años de existencia como base naval norteamericana en Cuba, resume quizá mejor
que cualquier otro ejemplo, el estilo de la administración de George W. Bush. En
el ocaso actual de ese gobierno se simboliza en ella, y en el reciente fallo
histórico de la Corte Suprema norteamericana que le otorgó identidad legal a sus
prisioneros, el final concluyente de una época: de una forma de ver y hacer las
cosas que excedió los límites de ese presidio. Y esos son los símbolos
justamente, mucho más de lo que parecen expresar.
Por Guantánamo pasaron más de 700 prisioneros, supuestos agentes terroristas, y
270 permanecen aún en sus calabozos. A todos ellos se les aplicaron distintos
niveles de tormentos y se les negó cualquier tipo de apropiada asistencia legal.
El fallo dividido 5 a 4 de la Corte Suprema que esta semana conmocionó a
Washington dictaminó al revés del qui dictat de la Casa Blanca que esos
prisioneros tienen, como cualquier otro ser humano, derecho a apelar a
tribunales civiles en Estados Unidos.
Pero definió, además, cómo deben ser las reglas del juego. Vale detenerse en
algunos de los párrafos del planteo de la mayoría que sobrevuelan mucho más que
este contencioso y darían letra aún para el devenir de muchos otros conflictos
en el mundo: "Sostener que los poderes políticos pueden activar o desactivar la
Constitución llevaría a un régimen en el que ellos, no esta Corte, diría qué es
ley y qué no", escribió el juez Anthony Kennedy en sus argumentos. "Las leyes y
la Constitución están diseñadas para sobrevivir y continuar vigentes en tiempos
extraordinarios", concluyó, desarmando la posición de que todo es admisible y
tolerable en aras de un supuesto fin superior.
Este fallo se produce hoy porque sólo hoy es posible. Esta Corte acompañó la
experiencia de Bush y sus acólitos cuando el poder que habían concentrado
tumbaba cualquier límite y eso lo refleja claramente la cerrada posición de la
minoría. Lo que el Tribunal resume ahora es la noción de que se terminó el
tiempo en que aquellos excesos reinaban, pero a la vez, denuncia exactamente lo
que ha sido esta época tremenda. Apena, es cierto, esta mirada tardía porque era
demasiado conocido cómo eran realmente las cosas.
Observemos apenas un poco hacia atrás. Después de ganar la reelección y cuando
todo parecía aún mantenerse bajo su control, en un reportaje a la página web de
la revista National Review, Bush justificó sin cuestionar su accionar en la
ofensiva antiterrorista del siguiente modo: "Mucha gente en EE.UU. incluido yo,
ve esta guerra como una confrontación entre el bien y el mal". Son conocidos los
impulsos místicos en el presidente norteamericano, pero la cita es interesante
porque recoge de modo turbio la visión de intelectuales como Carl Schmitt de que
toda acción política debe estar basada linealmente en el combate de amigo contra
enemigo.
A Schmitt lo citaba naturalmente Leo Strauss, el filósofo que le dio letra al
grupo neoconservador que amasó esta visión del mundo a partir de la victoria de
Bush sobre Al Gore, antes aún de los atentados del 11 de setiembre de 2001. Un
punto sustancial del pensamiento de este pensador de origen alemán que alimentó
de ideas a individuos como William Kristol, Dick Cheney, Donald Rumsfeld,
Richard Perle o Richard Armitage, por citar solo unos pocos del nutrido elenco
de los colaboradores principales de Bush, fue su fidelidad a la noción de la
manipulación. "Las mentiras podían ser útiles y debían usarse si servían para
que la mayoría, que necesita ser dirigida, siga el camino correcto", resume la
historiadora Shaida Drury en su Leo Strauss and the American Right.
Hay otra perla en este laberinto: valores como religión, patriotismo o moral que
esgrimen como banderas únicas y propias los neoconservadores "sólo son válidos
para las masas, no para quienes saben elevarse por encima de ellas".
La mentira como concepto estratégico ha recorrido estos años como un ácido,
diluyendo la institucionalidad y la juricidad. El valor del fallo de la Corte
Suprema se advierte en la restauración de lo que se ha perdido. Guantánamo está
terminado. Tanto John McCain como Barack Obama, con más énfasis en su caso, han
prometido que eliminarán ese presidio y todo lo que representa. El republicano
sostiene que los prisioneros deberían ser trasladados a la base militar de Fort
Leavenworth, en Kansas, mientras que su rival demócrata demanda juicios en
cortes federales o militares ordinarias sin reglas especiales.
Pero nuevamente este giro jurídico desborda esa cuestión. Refleja los coletazos
de una mudanza que se advierte claramente ya en EE.UU. pero que se extiende por
el mundo, y ése es su aspecto más importante. Se trata de un proceso que se hace
cada vez más notable al ceder la presión ideológica de esta etapa del hegemón
norteamericano y que coincide con otras mutaciones con las que no necesariamente
esta ligado. La rotura de esta válvula sucede cuando por ejemplo, y para tomar
solo dos ejemplos en nuestra región, en Cuba se inicia un ambicioso programa de
cambios que anticipa también una nueva era para ese país, o en momentos que en
Venezuela la propia realidad lleva a modificaciones que serán más radicales de
lo que se supone actualmente.
Es la misma época que crece la idea de la negociación como salida a las
tensiones en el Golfo y Oriente Medio aún desde las usinas más conservadoras
norteamericanas. Es, en fin, un escenario donde se estrecha el espacio para el
agobiante mundo de ciegos de Strauss y sus seguidores. No se debe exagerar con
la expectativa de lo que venga, pero si por lo menos es claro que aparecen bases
para discutir en otros términos y de otras cuestiones. No es una mala noticia.
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