|
 |
|
Si Barack Obama es elegido, Michelle se convertirá en la primera dama más
joven desde Jackie Kennedy. |
Criada en un barrio negro del
sur de Chicago, la esposa del candidato demócrata a la Presidencia de
Estados Unidos carga con todas las raíces políticas y raciales de las que
Barack Obama no dispone. Una mujer de carácter, que podría ser la primera
dama más joven desde Jackie Kennedy.
Por Por Corine Lesnes -
Le Monde /
The New York Times Syndicate
En ese tiempo, Cecilia todavía estaba en la escena. Ocho meses antes de las
elecciones presidenciales en Francia, Nicolas Sarkozy llegó a Estados Unidos a
presentarse con su esposa. Entre sus interlocutores, la Embajada francesa en
Washington seleccionó a un joven senador lleno de promesas, Barack Obama. En el
menú de las discusiones había temas como la discriminación positiva, la
situación en Darfur... y entonces Obama habló un poco con Cecilia. "Yo sé hasta
qué punto es difícil ser la esposa de un político", le dijo a ella.
El senador por Illinois no había leído "Paris Match", y no estaba al
corriente de los altercados de los Sarkozy. Cuando habló, él pensaba más bien en
Michelle, su propia esposa, que no había aceptado fácilmente que él se dedicara
a la política. "¡No piensas más que en ti!", le decía ella. La misma Michelle
que, en ocasiones, se ponía furiosa y "enrollaba el periódico y lo lanzaba a un
rincón de la habitación", cuando leía algo que le parecía "injusto".
Michelle, de 44 años, tenía reticencias cuando se marido se lanzó a la
competencia por la investidura presidencial del Partido Demócrata. Ella quería
preservar su vida de familia. Quería saber también si Barack tenía oportunidades
ante la "maquinaria" de los Clinton o si sólo iban a perder el tiempo. Y sólo
dijo que sí después de imponer sus condiciones: que Malia, de 9 años, y Sasha,
de 6 años, vieran a su padre una vez por semana. Y que él dejara de fumar.
Michelle, como Hillary
La temporada de las primarias ha demostrado que Michelle Obama se ha sabido
adaptar. Aun más: parece amar el estrado. Nacida en una familia modesta de
Chicago, titulada en Harvard como su marido, de 46 años de edad , ahora ella se
dirige sin problemas a públicos de varios miles de personas. Les dice que se
equivocarían al no confiar en que su marido arreglará los problemas de Estados
Unidos. "Yo estoy casada con la solución", afirma. La joven mujer no interviene
en la estrategia, pero se ha convertido en uno de los pilares de la campaña. Ha
concedido cientos de entrevistas, desde el programa de Larry King hasta "Glamour
Magazine". "Da la impresión de que quiere la Casa Blanca tanto como él", afirmó
el semanario "Newsweek". "Me recuerda a Hillary en sus primeros tiempos", dice
un funcionario de Washington, cuya esposa estudió derecho en la misma generación
que Michelle.
Michelle mide 1,82 metros. Su familia no recuerda haberla visto llorar. En el
colegio, ella no quería hacer deportes precisamente porque es "alta, negra y
atlética", según explicó uno de sus ex profesores al "New Yorker". Y nada de
deportes colectivos: competitiva a más no poder, se pone enferma si no gana. En
Princeton, su hermano Craig, actualmente entrenador de básquetbol, contó que
ella ponía en su lugar a los profesores de francés porque no le encargaban
suficientes tareas. "Haz como si no supieras", le aconsejaba la mamá.
A veces, un problema
En la ruta de campaña, Michelle ha tenido que aprender a medir su
espontaneidad. No todos aprecian su sentido del humor ni la manera en que ha
hecho saber que ella no está impresionada por el candidato que el mundo entero
adula. "Él ronca y tiene mal aliento en la mañana", o "es incapaz de poner sus
calcetines en la ropa sucia", ha dicho. La cronista Maureen Dowd, árbitro de la
elegancia, le ha reprochado por romper el sueño. "Si lo único que Obama tiene
que ofrecer es la mitología Kennedy, ¿por qué desinflar el mito?". También se le
critica por su actitud: es "castrante". Pero Michelle bromea con eso. "Me gusta
molestar a mi marido. Él es totalmente capaz de manejar a una mujer fuerte y esa
es una de las razones por las que es capaz de ser Presidente".
Michelle también ha tenido meteduras de pata políticas, como en febrero,
cuando declaró que "por primera vez" estaba orgullosa de su país. O cuando puso
mala cara al preguntarle si votaría por Hillary Clinton. Algunos consejeros de
campaña encontraron que estaba ayudando a los republicanos a salir de apuros,
así que, durante algunas semanas, se le vio aparecer con menos frecuencia. Pero
David Axelrod, el maestro de las imágenes, "la volvió a sacar" con motivo de las
primarias de Indiana. Michelle fue mostrada sistemáticamente al lado de Barack,
en pequeñas reuniones íntimas con los electores, lejos de las grandes
aglomeraciones que acabaron dándole una imagen de político-espectáculo y de
candidato estrella de rock. "Somos una pareja joven con hijas pequeñas",
aprovecha ella de decir. "Seguimos llevando la misma vida que la mayoría de los
estadounidenses".
Una extraña en la élite
Michelle Obama creció en Chicago, en un hogar muy unido del South Side, los
barrios negros del sur de la ciudad. Padres e hijos vivían en un pequeño
departamento. Su padre, Frazer Robinson, empleado de la alcaldía, trabajó toda
su vida, a pesar de sufrir esclerosis. Marian, la madre, crió a los hijos.
Michelle no era la primera de su grupo, pero logró entrar en la Universidad de
Princeton en 1981. No tanto por la "acción afirmativa", piensa ella, como por su
hermano Craig, que obtuvo ahí una beca y se había convertido en la estrella del
equipo de básquetbol.
Por entonces, el paisaje en Princeton era todavía muy monocromático. Ella se
sentía "como una visitante". Su tesis de sociología habla justamente de la
división racial: los estudiantes negros se impregnan de la "estructura social y
cultural blanca" al paso de sus años de estudio y se identifican cada vez menos
con su comunidad de origen.
En un principio, los Obama pidieron a Princeton que mantuviera la tesis fuera
del acceso público hasta después de las elecciones presidenciales de noviembre
de 2008. Pero ante la insistencia de la prensa, Michelle tuvo que publicar el
texto. En él se siente cierto escepticismo, casi una amargura, a diferencia de
la experiencia de Obama. Su conclusión es que su título de Princeton le
permitiría, cuando mucho, instalarse en la "periferia de la sociedad", nunca
"convertirse en participante de tiempo completo".
La señora Obama
De su primera universidad, Michelle pasó a la Facultad de Derecho de Harvard.
Y de ahí siguió el camino trazado por la "elite blanca" y entró a trabajar de
abogada en un estudio de negocios de Chicago. Allí se encargaba de los casos de
propiedad intelectual. Nada muy emocionante, hasta ese día de 1989 en que la
dirección le encargó que se ocupara de un pasante que llegaba de Harvard, un tal
Barack Obama. La pareja ha contado en detalle su encuentro. Ella se resistió al
principio hasta que una tarde, por fin, él la llevó al cine a ver una cinta de
Spike Lee.
Barack Obama no tenía ataduras. Sus referencias eran los horizontes lejanos
de Hawai y de Indonesia. No conoció a la generación que luchó contra la
segregación. Michelle le aportó raíces sólidas en el South Side. Le dio una
familia, pero también una familia política, un clan. Después de conocer a Barack,
ella dejó el sector privado para entrar a trabajar en la Alcaldía de Chicago y
después al Hospital Universitario, donde actualmente es vicepresidenta a cargo
de las relaciones exteriores.
Michelle ha tenido que acostumbrarse a las miradas críticas. Los periódicos
de Chicago informaron que su salario había aumentado al ritmo del ascenso
político de su marido, pasando de 121 mil dólares en 2004 a 317 mil en 2005,
después de que Barack entró en el Senado. Se han preguntado por qué dos abogados
formados en Harvard no vieron el posible conflicto de intereses en el hecho de
comprar un terreno adyacente al que ese mismo día compró uno de los financieros
de su campaña, Tony Rezko. Cuando Michelle habla acerca de los créditos
estudiantiles que la pareja acaba de liquidar, los críticos señalan que desde
hace tres años los Obama viven en una casa de 1,6 millones de dólares, la que
pudieron costear gracias al éxito de ventas de los libros que escribió el ahora
candidato.
Pensando en la Casa Blanca
Como su marido, Michelle está en vías de adquirir una notoriedad
considerable. Ella sigue el juego, pero en el fondo no está segura de creer en
él. Se sigue considerando la niña del South Side que se levantaba a las cinco de
la mañana para hacer sus tareas. Como su marido, ella "vende" su improbable
historia. "Soy una singularidad estadística. Una chica negra, criada en el South
Side de Chicago... Definitivamente no se suponía que yo estuviera aquí". En sus
discursos, ella no habla de programas, sino que elabora una crítica sociológica.
"Nosotros no nos hablamos. Estamos divididos y somos cínicos. Como nación, somos
los malos. Malos los unos con los otros. Y el problema es que les pasamos eso a
nuestros hijos".
Hace algunos días, Michelle Obama habló en la capilla de la Universidad
Benedictina de Columbia, en Carolina del Sur. Trataba de convencer a los
asistentes de que en el curso de su vida podía ocurrir lo impensable: la
elección de un Presidente negro. "Barack está listo. La cuestión es si nosotros
estamos listos", dijo, e invitó al auditorio a "exigir su lugar en la mesa de la
democracia". A tener confianza en sí mismos. "Siempre hay alguien que nos empuja
hacia abajo, que le pone límites a nuestro lugar, que nos dice que no estamos
listos, que no somos capaces, que somos demasiado altos...".
Si Barack Obama es elegido, Michelle se convertirá en la primera dama más
joven desde Jackie Kennedy. Y ella ya está pensando en eso. Si Malia y Sasha se
adaptan bien a Washington y le dejan tiempo, Michelle considera hacer "muchas
cosas". Llevar niños "de todos los orígenes" a la Casa Blanca, por ejemplo.
******